28 Mar

Capítulo 186: El Pichula

Hoy me reencontré con un antiguo amigo del barrio, al cual muchos años atrás, y en un ataque de creatividad sin precedentes, lo apodamos cariñosamente como el Pichula. Básicamente, al Pichula le pusimos así por su genio cambiante y sus actitudes sorpresivas: la mayoría del tiempo se mostraba como un cabro humilde y apocado, era usual verlo con la cabeza enterrada entre sus hombros y, a simple vista, parecía más flacuchento y enano de lo que realmente era… pero cuando se prendía con cualquier cosa (desde una simple discusión hasta un manotazo que le propinábamos por ser tan pollo) se paraba rápidamente, dejando al descubierto su verdadero tamaño, y comenzaba a lanzar escupos a su rival directamente hacia los ojos. Sorpresivamente, me lo topé a eso de las dos de la tarde comprando mariscos en un almacén cercano a mi departamento, “¡Buena po Pichulita!”, Le grité con sincera alegría, “¡Puta que hay cambiado hombre! ¿Es idea mía, o estái más chico?”, Le consulté, así como para ir rompiendo el hielo, “No Mati, no me molestí’, si estoy igual…. lo que pasa es que tengo frío”, me respondió tímidamente, como si se avergonzara de su postura escuálida, de su cuello arrugado y de su cabeza calva. Sin dudarlo, lo invité a salir un día de estos, y él, de la pura emoción, irguió su cuerpo hasta quedar a la misma altura mía, diciéndome “sí, encantado” mientras expulsaba de su boca un pequeño chorro de baba que supo limpiarse ágilmente con la manga de su polerón. “Discúlpame”, me dijo tiritando, “me pasa cuando me agito mucho… creo debería ir al doctor a verme eso”, “No te preocupí Pichula, a todos nos ha pasado”, le dije para calmarlo, haciéndole ver que lo suyo no era más que una llamativa manera de demostrar su excitación por recobrar una antigua amistad que creía perdida.

Buena onda el Pichula, nada que decir de él… es más, es tan buena onda que, al despedirme, y en un gesto de confianza absoluta, le agarré la cabeza y le di un pequeño beso en la punta de la pelada: una forma como cualquier otra de demostrarle mi cariño y aprecio, al mismo tiempo que él, y sin poder controlarlo, soltaba otro chorro de baba, el cual cayó justo el centro de mi polera, dejando en ella una marca similar al camino que va dejando tras su paso un caracol.

Comentarios

Comentarios