31 Mar

Capítulo 187: FlacoLuchoPalooza

El día del joven combatiente fue el martes, mi viejo se encerró en el clandestino del flaco Lucho el sábado pasado para evitar los desmanes y, según me aseguró, no saldrá de ahí hasta sentirse completamente a salvo y seguro de volver a las calles, “¡No vaya a ser que me pille con una barricada Mati hueón!”, Me dijo aferrándose a un chimbombo, como si éste lo protegiera de todo mal, “¿Y pa’ qué me mirái así, ah? ¡Si te molesta tanto, anda decirle a la señora Bacheleh’ que haga algo po! O si erí más precavido, corre a tu departamento a buscar plata y volví a enciérrate aquí conmigo, el flaco Lucho tiene copete para abastecernos durante meses en el caso de que comience la quinta guerra mundial, ¡Así que apúrate chuchetumare, corre por esa billetera y luego corre por tu vida! ¡Pero corre po’ chancho e’ mierda, o si no vamo’ a morir! ¡Vamo’ a morir!”.

Igual tenía razón mi viejo… y cómo no iba a tenerla si, mal que mal, él era el único que estaba preocupado de nuestro bienestar físico y sicológico… Por lo mismo, le hice caso y, en menos de una hora, estaba refugiado a su lado, racionando el charqui y preparándome sendas piscolas para aplacar los nervios. Dos horas pasaron y ya no sabíamos qué mierda estábamos haciendo ahí dentro, la falsa excusa para aquella pantagruélica tomatera se nos olvidó por completo y, para peor, las pilas de la vieja radio con que el flaco Lucho amenizaba los jolgorios se agotaron por completo. A esa hora el local se iba llenando de parroquianos, así que algo había que inventar pronto para meterle un poco de boche al asunto.

– ¡Oye Mati! – Me dijo mi viejo, con cara de que se la había iluminado la ampolleta – ¿Voh no tení un equipo de música en tu departamento? ¡Esa hueá que te costó re cara, pero que no tiene ni pa cassette!
– ¿Cuál papá? ¿No te estarás refiriendo al amplificador de mi guitarra eléctrica?
– ¿Tiene pa’ cassettes esa hueá?
– No po viejo, o sea…
– ¡Ya po, de esa hueá te estoy hablando! No sé cómo la harí sonar voh, pero podríai traerla pa’ acá y vemos que hacemos, ¡El flaco Lucho tiene unos vinilos de Los Ángeles Negros más buenos que las rechuchas!
– ¡Calma, se me acaba de ocurrir una idea mucho más pulenta! ¿Y si traigo mi guitarra mejor? Así nos pegamos unas canturreadas entre todos y…
– ¡No, ni cagando! ¡Voh escuchái pura música metallica no más, y voh sabí que andar meneando la cabeza con esos tarros me parece de colipatos!
– Oye viejo… – le dije sonriendo, sabiendo que de mi boca no saldría nada más que una genialidad – ¿Y si hacemos un festival acá mismo, ahora y con todos los cantantes del barrio que podamos conseguir?
– A ver, ¿Cómo es eso Mati?
– Fácil po: aprovechemos que el flaco Lucho está durmiendo debajo de la mesa, vamos a buscar mi amplificador, unas guitarras, micrófonos y unos tarros de leche Nido que funcionen como batería, instalamos todo en el patio de acá, que es bien amplio, y armamos el festival de música más grande de la pobla.
– ¿Un festival de música?
– Sí, un festival de música…
– Algo así como… ¿Un “FlacoLuchoPalooza”?
– Así tal cual, “FlacoLuchoPalooza”, una fiesta para destacar a lo mejor de lo nuestro y, como no, la excusa perfecta para curarse con ganas… ¿Qué dices viejo? ¿Upa?
– ¡Chalupa Mati culiao! ¡Chalupa! – Respondió en un alarido de felicidad, tomándose una última caña de vino al seco y tirando el cristal al suelo como gesto de celebración.

Lo más sencillo fue acarrear los instrumentos musicales. Mi viejo aprovechó de pasar a la iglesia sectaria a la cual pertenecía junto a la hermana Luna, la más rancia de sus ex, y se robó un bajo eléctrico más unos cuantos panderos, y así, con toda la perso, partimos puerta por puerta invitando a los artistas más connotados del sector, ofreciéndoles trago y charqui gratis a cambio de que nos acompañaran en una velada cultural inolvidable: partimos por don Juan Pico de Oro, quien fue un destacado cantante de rancheras en los años 80’, famoso en el barrio porque una vez apareció en “Sábado Gigante” y el Chacal de la Trompeta lo pescó pal’ hueveo firme; seguimos por el Tuerto Camilo, un punky que perdió su ojo izquierdo en un mosh y que es conocido por hacer covers de “Los Miserables” en las micros, aunque nadie le da plata porque es más desafinado que la callampa; después visitamos a la Clarita Pirula, una vieja gorda y  risueña que le canta al amor y a la traición mientras vende verduras en su local. Según se comenta, en su juventud se afilaba a Luis Dimas, y este viejo le prometió una vida de fama y lujos a cambio de que le prestara el chico. Finalmente, Luchito Dimas se la hizo, se lavó la puntita y arrancó para siempre sin cumplir con su promesa; luego encontramos a doña Lourdes Concha, ancianita mañosa que se la pasa sentada bajo un arbolito que está justo afuera de su casa y ahí, mientras sapea lo que pasa a su alrededor, entona clásicos de la Chavela Vargas y Violeta Parra. No tiene mucho brillo la señora, pero tiene una sobrina rica, y teníamos la esperanza de que la llevara; después fuimos a la cancha a buscar al Choro Jhony, un pendejo flaite y pastero que hiphopea en el metro, y que lo único que sabe improvisar es algo así como “aquí estoy cantando, aquí te voy rapeando, aquí improvisando, con los cabros vacilando”, o sea, vale callampa el hueón; y, como no, fuimos en búsqueda de nuestro invitado estelar: el Payaso Chispita, mi gran amigo picao’ a artista que, cuando lo encontramos macheteando afuera del súper haciéndose el mechoneado, se comprometió a hacer un show de al menos una hora, en el cual repetirá una y otra vez el éxito “Bailando con tu sombra Alelí”, la única canción que se sabe en guitarra y que tan popular lo hizo en su momento.

Todos los artistas aceptaron participar del “FlacoLuchoPalooza” sin ningún problema… aunque me imagino que fue más por el copete que por amor a la música… ¡Pero daba igual! Ya teníamos el escenario instalado en el patio del clandestino y a don Juan Pico de Oro, el primer artista, cantando unas rancheras de corazón, curao’ como pico y meado hasta los zapatos. El patio del flaco Lucho se llenó de inmediato, mi viejo se encerró en el baño para enseñarle a la Clarita Pirula unos ejercicios vocales con su corneta (le juró que algo saladito le haría bien para la garganta) y yo me quedé hueviando junto al Choro Jhony y al Payaso Chispita, quienes intentaban batirse a un duelo de hip-hop que terminó con el Chispita apuñalado en un brazo debido a que sus rimas siempre terminaban haciendo alusión a que se culeaba a la mamá del Jhony, siendo que esa pobre vieja había muerto recién hace dos meses. Nada grave en todo caso, lo único malo es que no pudo tocar guitarra, pero, a cambio, se puso a hacer malabares con fuego sobre el escenario sin que nadie se lo pidiera, con la mala cuea’ de que la cadena de una de las bolas encendidas se le enredó y se le quedó amarrada en el brazo bueno, provocándole una quemadura que nos incentivó a cantarle “¡Hueón hueón! ¡Hueón hueón!” Por poco más de 10 minutos. El mejor show de la noche, por lejos.

El “FlacoLuchoPalooza” fue todo un éxito… aunque la verdad es que no vi mucho, porque se me apagó la tele en el tercer artista, pero, según me contaron, hasta la señora del flaco Lucho se subió el escenario a interpretar unos clásicos de Cecilia cuando cachó el tremendo hueveo que teníamos. A eso de las once de la mañana, cuando abrí los ojos y descubrí que estaba arriba del techo quién sabe por qué, desperté a mi viejo, quien dormía en el baño junto a la Clarita Pirula, y aún con su corneta, ahora flácida y arrugada, dentro de la boca de la cantante, quien seguramente se durmió haciendo la correspondiente prueba de micrófono. “¿Vámonos viejo? Ya está bueno de hueviar ya, te invito a comer algo al mercado”, le dije mientras lo ayudaba a vestirse, “está bien Mati, vamos, pero dime algo antes… ¿Estaremos a salvo ahí afuera?”, “Claro que sí, papá, estaremos mejor que nunca, hemos hecho algo bueno por la humanidad, y ahora el destino nos devolverá la mano”. Mi viejo me sonrió, se plantó a mi lado y juntos, como padre e hijo que pasean por un parque, comenzamos a caminar entre botellas vacías, condones usados y borrachos durmiendo desparramados por todos lados.

Un paso alcanzamos a dar por la vereda cuando de pronto, como si fuese una mala broma, pasó un encapuchado corriendo con una molotov en la mano, quien nos puso un empujón para abrirse camino que nos tiró a la chucha, y, detrás de él, un carabinero con evidente sobrepeso, quien, al no poder alcanzar al manifestante, se desquitó con nosotros y nos pasó un parte por estar en estado de ebriedad en la vía pública. Volvimos a entrar donde el flaco Lucho mejor, total… ahí estaríamos más seguros…

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