06 Abr

Capítulo 189: La bola derecha

El recién pasado fin de semana fui a un bar con el Pichula, un antiguo amigo de la juventud. Para mi sorpresa, el Pichula seguía siendo tan humilde como lo recordaba: hablaba escondiendo la cabeza entre medio de los hombros, tendía a babear cuando abría mucho la boca y, producto de la edad, estaba comenzando a desarrollar diversas enfermedades y problemas en su organismo que lo mandaban al quirófano de vez en cuando. Pero él no se complicaba, con toda su sencillez y simpatía organizaba rifas y bingos bailables “a beneficio del Pichulita”, como lo decían cariñosamente en el barrio, donde buscaba reunir los fondos necesarios para cubrir sus tratamientos médicos, ¡Y puta que le iba bien! ¿Y cómo no iba a ser así? Si sus vecinos lo amaban y, es más, los niños de la cuadra, como signo de respeto y cordialidad, lo llamaban educadamente “Don Pene”, y dibujaban su rostro en los paraderos de micro para demostrar la inmensa admiración que sentían por su vida sacrificada y sufrida.

– A mí también me operaron hace poco po’ Pichula – le dije en cierto momento de la noche, intentando empatizar con su dolor haciéndole creer que yo era tan quemado como él – el año pasado fue, lo recuerdo muy bien: mi testículo izquierdo se llenó de líquido, hidrocele creo que se llama eso, y me lo tuvieron que abrir para luego drenarlo y después volver a cerrarlo sanito… ¡Me quedó el tremendo tajo! ¡Fea la hueá! Fue entonces cuando mi viejo bautizó a mis huevas como “la bonita” y “la de la cicatriz”, ¿Qué te parece? Igual la he sufrido po’ amigo, así como tú, igual lo he pasado mal.
– ¿Ah sí? Qué simpático – respondió el Pichula irónicamente, como si lo mío no fuese nada al lado de lo suyo – fíjate que yo, Matías, una noche salí a carretear sin las llaves de la casa, ¿Y qué hice cuando llegué? Puta, me tiré a saltar la reja po’, ¿Qué malo me podría pasar? Pero bueno, estamos hablando de mí, ¡De mí! Y yo estoy meado de perro po’ compadre Mati, si yo tengo una nube negra que me acompaña para todos lados, y eso lo terminé de comprobar cuando estaba saltando la cagá’ de reja y, justo cuando tenía todas las patas abiertas, di un paso en falso, perdí el equilibrio y me enterré un fierro puntudo en todo el coco derecho.
– ¡Ah conchesumare!
– Sí… lo mismo dije yo…
– ¡Pero Pichula, no me vayái a decir que te falta un coco po’ hueón!
– Sí, me falta un coco, me lo corté de raíz esa misma noche, así como cuando te sacái una muela… Pero no importa, después me intervinieron y me pusieron un lindo coquito postizo, al cual amo y cuido como si fuese sangre de mi sangre.
– Así como… ¿Un coco de silicona?
– Sí, eso mismo… ¿Querí verlo?
– Puta, ¡Ya po! – Respondí, envalentonado gracias a todas las piscolas demás que tenía en el cuerpo.
– Mira, cáchalo bien, si ni se nota que es de mentira – me dijo el Pichula, mientras abría el cierre de su pantalón y ahí mismo, bajo la mesa del bar, dejaba salir su testículo de plástico.
– Oh Pichula, la hueá bonita, la cagó, es como una obra de arte con pelitos colgando.
– Sí, es precioso – me dijo tiernamente, mirándolo como quien mira a un gatito recién nacido – a veces le hablo y le hago cariñito para que no se sienta tan distinto a su hermano, ¡Si yo los quiero a los dos por igual! Además, en el fondo, no son tan distintos… ¿Lo querí tocar?
– ¿Cómo? ¿Yo?
– Sí, ¡Quién más iba a ser! ¿Querí darle un apretoncito?
– ¡Ya po’! – Respondí emocionado, pasando mi mano por debajo de la mesa hasta llegar a su presa expuesta – ¡Oh, tení razón, es como blandito!
– No Mati, ésa es mi corneta, mi coco es el que está al lado.
– ¡Ah, perdón! A ver, ¿Ahora sí? Creo que éste es… ¡Oh, qué increíble! – Exclamé, borrachísimo – ¡Lo que son los milagros de la ciencia, alabado sea dios, salud por tu coco amigo, aleluya, hagamos un salud po!
– Parece que te gustó ah – me dijo orgulloso, como sacándome pica, enrostrándome que él tenía un coco perfecto y yo no – ¿Y entonces? ¿No gustaría apretarlo? Vamos, pégale un zamarreo fuerte, con ganas, ¡Eso! ¿Viste que no me duele? ¿Te dai cuenta que es lo más bacán del mundo?
– ¡Puta que te envidio Pichula! – Grité sin soltarle el coco, e impresionado de la infinita resistencia al dolor que tenía gracias a esa bolita de plástico – ¡Si este coco fuese mío, puta que ganaría plata hueón oh!
– A ver, a ver Mati, chanta la moto – dijo de pronto, cambiando su tono de voz a uno mucho más serio – ¿Cómo es eso de que “ganarías plata” si tuvieses mi coco?
– No… no compadre, yo sólo decía…
– Recientemente estoy con muchos problemas económicos, Matías, necesito un montón de chauchas para las operaciones que me tengo que hacer, así que, si sabes algo que yo no sé, te agradecería la información.
– Nada amigo, no me pesquí’, en serio, estaba hueviando.
– ¡Matías, dime! – Reclamó sobreexcitado, erectando su cuerpo de pronto, volviéndose, mágicamente, mucho más grande de lo que se veía en estado pasivo.
– Ya Pichula, tranquilo – le respondí acariciando su brazo de arriba a abajo, todo con tal de que se calmara – lo que pasa es que mi papá suele juntarse con unos viejos chicheros en un clandestino cercano a su casa, y en ese lugar… puta, en ese lugar pasa de todo, ¡De todo! Y a veces a los curagüillas les da por hacer apuestas y hueás así, y corre cualquier plata ahí…
– ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? ¿O con mi coco?
– Que yo, si fuera tú, les diría “¡Ya viejos culiaos! ¡Les apuesto 50 lucas a que puedo soportar un apretón de cocos sin decir ni pío!” o “¡Les apuesto cien lucas a que aguanto que me claven un alfiler en la hueva derecha sin siquiera arrugarme” … pero bueno, son tonteras que se me ocurren en volá de hueveo no más, no me tomes en serio, sigamos toman… ¡Oye! ¿Pa dónde vai? ¿Por qué te estái parando, Pichula?
– Llévame a ese clandestino ahora mismo Matías – me dijo desafiante – mi futuro está a punto de cambiar, no más rifas de mentira, no más bingos culiaos con premios que no entregaré nunca… tengo un par de apuestas que ganar, y tú, amigo mío, tú me vas a tener que ayudar…

Como estaba curao’, encontré que la idea del Pichula estaba la raja, así que pagué la cuenta y lo llevé al clandestino del flaco Lucho dispuesto a ser su palo blanco hasta que se cansara de ganar y ganar lucas. En el lugar estaban los borrachos de siempre: el flaco Lucho, haciendo esfuerzos sobrehumanos por no quedarse dormido como siempre solía hacerlo, mi viejo, esperando a que el Lucho se quedara raja para hacerle alguna broma grotesca, don Julio Chicha, el chico Maicol y otros connotados más del sector.

– ¡Buena po Mati hueón! – Me saludó amablemente mi padre cuando me vio cruzar la puerta – ¿Qué hueá? ¿Trajiste a tu pololo?
– No viejo, él es el Pichula, ¿Te acordái de él? Fuimos compañeros en la media.
– ¡Ah, sí po! Me acuerdo que tu mamá siempre decía “Mati y Pichula se aman”, para molestarte, y yo, para seguir con la broma, escribí lo mismo con spray rojo afuera del liceo, ¿Te acordái? ¡Puta que nos reímos! O sea, no sé si ustedes se habrán reído, igual cachamos que los hueviaron harto, pero yo con mis amigos nos llegábamos a mear de tantas carcajadas, y eso es lo que importa… ¡Pero bueno! ¿En qué andan cabros? ¿Con qué se van a rajar?
– Con nada viejo, sólo andábamos de pasadita… justo el Pichula me estaba contando que esta mañana despertó con una sensación extraña – comencé a mentir – algo así como… como si tuviese un súper poder, como si fuese inmune al dolor, ¿Cierto Pichula, cierto que es verdad?
– ¡Sí, sí tío, es cierto! – Respondió el Pichula, mintiendo como la pichula.
– Y entonces – continué – asegura que nada le duele, ¡Nada! Yo, como no le creí, le pegué una patá en la raja, le quemé un dedo con un fósforo y le metí un dedo en el ojo, ¡Y cero dolor! ¡Cero cero! ¿O estoy mintiendo Pichula?
– No, si es verdad tío, cero dolor, cero cero.
– ¿Ah sí? – Se metió el flaco Lucho, quien estaba escuchando atentamente la conversación desde su rincón – ¿Y un chirlito en las huevas? ¿Lo soportái?
– ¡Claro que lo soporta po! – Respondí, pensando en lo fácil que fue lograr que alguien ofreciera un golpe en los cocos tan rápido, tal como lo queríamos.
– ¡Ya, yo apuesto 5 lucas a que no lo aguanta na’! – Clamó mi viejo – ¡Mati, préstame 10 lucas ahora mismo! 5 para apostar, y el resto pa’ un chimbombo…
– Yo pongo 20 lucas – dijo el chico Maicol – ¡Pero el chirlito tiene que ser bueno sí po!
– Está bien – finalizó el flaco Lucho – yo te apuesto 30 mil… y el chirlito lo pego yo, ¡Bájate los pantalones al tiro, vamos a ver de qué estái hecho!

El Pichula hizo caso de inmediato, se quitó todo de la cintura para abajo y le dijo al flaco Lucho “¡Pégueme no más! Pero en el derecho, que ése es el más sensible, ¡Pa’ que vea que lo que le digo es cierto!”. El flaco Lucho se mojó los dedos, tomó un poco de vuelo y, tal como pronosticamos, le puso un chirlito en el coco derecho que le dejó la bolita moviéndose de arriba abajo por un buen rato, pero que no le causó ningún dolor. Sorprendidos, los viejos abrieron las billeteras y le entregaron al Pichula el dinero acordado, no sin antes felicitarlo por su increíble don y tomarse unas fotos para la posteridad junto el coco invencible.

– ¿Y qué le pareció tío? – Le preguntó el Pichula a mi viejo, quien estaba derrotado por haber perdido parte de la plata que recién me había quitado – ¿Cómo le quedó el ojo?
– ¡Eso no es nada po’ Pichula! – Respondió mi taita, desafiante – Un chirlito lo aguanta cualquiera… si hubiese sido un mordisco, te creo.

El Pichula me miró sonriendo, luego observó como el resto de los viejujos guardaba silencio para escuchar la curiosa conversación que se estaba llevando a cabo y, finalmente, tomó un poco de aire y se lanzó con todo.

– ¡Le apuesto eso entonces po! ¡Pónganme a prueba, muérdanme el coco ahora mismo! Pero suban sus apuestas eso sí… y súbanlas harto.
– ¡Se armó mierda! – Gritó mi viejo, y de inmediato, tal como si hubiese sido una arenga divina, todos los borrachines comenzaron a lanzar billetes como locos a la mesa de centro del clandestino – ¡Trae ese coco para acá Pichula, que ahora no va a ser el debilucho del flaco Lucho el encargado de hacerte sentir dolor, ahora seré yo!
– ¡Pero papá! – Alcancé a decir simplemente, pero ya era demasiado tarde, el Pichula estaba de pie agarrándose las bolas con la mano, mientras mi viejo, arrodillado frente a él, abría la boca lo preciso para que la gónada le entrara sin mayores complicaciones.
– ¡Ya Pichula, elige! – Le dijo mi viejo, tomándose una pequeña pausa antes de continuar – ¡Cuál hueva querí que te haga cagar! ¿La izquierda o la derecha?
– ¡La derecha tío, la derecha!
– Está bien, ahí voy, uno, dos y…

Todo lo que vino después fue demasiado confuso… recuerdo un chillido desgarrador, sangre, gritos de espanto de los borrachines, un llanto desconsolado y la cara de terror de mi viejo, quien, con una enorme mancha roja colgando de su boca,se arrastraba a abrazarme como si hubiese cometido el peor error de su vida… del Pichula no escuché ni una sola palabra más esa noche, fue como si algo le hubiese arrebatado la voz desde dentro, y sólo se limitó a gemir “era mi derecha, no la suya, mi derecha, viejo reculiao, no la suya” cuando lo estaban subiendo a la ambulancia, prácticamente en estado de shock y, según juran los viejos que lo vieron, con el coco recién cortado guardadito bajo la almohada de la camilla.

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