07 Abr

Capítulo 190: La picazón

Odio andar en micro, de veras lo odio… aunque bueno, para ser completamente sincero, lo que odio no es a la micro en sí, sino que me odio a mí, a mí y a lo borracho que me pongo como para terminar arriba a una micro repleta una mañana cualquiera de cualquier día de la semana, y todo porque ningún taxista me quiso llevar del clandestino a mi departamento por andar, como dije anteriormente, hecho mierda, hediondo a copete añejo y con una que otra mancha de vómito sobre la polera.

“Pobre de esta gente, de seguro van a sus trabajos con el peor de los ánimos y, pa’, variar, tienen que soportarme”, pensé mientras iba de pie al medio de la 201, aferrado a una manilla para no sacarme la chucha e imaginando que, de seguro, tenía los ojos rojos, la boca seca y la piel escamosa. “Debo oler a mierda”, seguí pensando, “¿A ver? Sí, definitivamente huelo a mierda, ¿Hace cuánto que no me baño? ¿Dos, tres días? ¡Por la cresta, no puedo creer que sea tan cochino! De seguro estoy todo contaminado con bacterias y hueás raras que me están carcomiendo el cuerpo… ¡Si me pica todo por la chucha! ¡Qué molesto! Sabía que no tenía que colocarme estos slips de nylon, ¿Desde cuándo no me los cambio? Siento como si tuviese moscas lengüeteándome la punta de la corneta, y como sí, además de pasarme la lengüita, bajaran un poco y revolotearan alrededor de mis bolas, ¡Quiero rascarme! ¡Tengo que rascarme, sí o sí! Pero hay tanta gente a mi lado… y parece que todos me están mirando… ¿Qué hago? Debo pasar inadvertido, tengo que ser un ninja, ¡Sí! Me sobajearé en el borde de uno de estos asientos, nadie cachará nada, será una pasadita nada más, sólo pondré la punta da diuca aquí y comenzaré a… oh, qué rico, qué alivio, sí, eso, de arriba hacia abajo, de arriba hacia abajo, y ahora para los lados, muy bien, dale Mati, dale, si nadie te está mirando, ráscate, ráscate, que estái pasando más que piola”, seguí pensando con la mirada fija en el techo, haciéndome el hueón de lo lindo mientras sobajeaba mis presas a un ritmo cada vez más potente y frenético, “¡Qué bien se siente por la mierda! Bendito sea el que inventó estos asientos, si hasta me tinca que su textura está diseñada especialmente para rascarse la coronta, ¿O no? Sí, demás que sí, por eso son como asperitos, ¡Qué bacán! Por eso tienen como pequeños relieves que hacen la experiencia del rascado mucho más placentera, si incluso puedo moverme más y más rápido y… esperen, ¿Relieves? Pero qué mierda…”, terminé de pensar, justo antes de dirigir mi vista hacia abajo para descubrir, con espanto, que una tierna ancianita, de unos 80 años, estaba sentada muy tranquilita medio metro hacia mi derecha, y que, para sostenerse mejor, llevaba su mano aferrada al asiento sobre el cual me había estado sobajeando desde hace ya varios minutos. No alcancé a decirle nada, ni siquiera unas disculpas por haber frotado tan enérgicamente mi pirulo contra sus nudillos, porque ella, muy atenta ante todo, me miró con rostro compasivo, sonrió tiernamente y me dijo con su voz suave: “joven, ¿Puedo sacar mi manito no más? Es que la tengo algo cansadita ya, ¿O todavía no ha terminado de pajearse con ella?”.

Comentarios

Comentarios