13 Abr

Capítulo 192: Y2K

El veinticinco de diciembre de 1999 me regalaron mi primer computador (de hecho, me lo trajo el mismísimo viejito pascuero), pero mis viejos me dijeron que no podía encenderlo hasta el primero de enero del 2000, y todo porque escucharon en la tele que un virus informático (o alguna hueá así), conocido como el Y2K, haría que todos los equipos electrónicos pensaran que el “00” del año 2000 era, en realidad, el “00” de año 1900 y que, por lo mismo, quedaría la pura zorra en el mundo entero: las máquinas matarían a los seres humanos, los cajeros automáticos se quedarían con el sueldo de los pobres trabajadores y los computadores, independiente de la marca o el modelo, nos abrirían las patas y nos meterían el mouse por el hoyo hasta hacernos morir desangrados.

Ante ese desalentador panorama, mi viejo ideó una solución a su pinta para dejarme ocupar el computador antes de la fecha prevista, solución me llenó de ilusión y esperanza en su momento… mal que mal, moría por encender la hueá cuanto antes, alucinaba con ingresar a elchat.com (la página favorita de los lolos de aquella época) y, por sobre todo, soñaba con conocer en la red a alguna cibernauta caliente dispuesta a decirme palabras cochinas desde el otro lado de la pantalla, tal como mis amigos con computador propio me juraban que les sucedía a cada rato.

 

– ¡No te preocuí, Mati hueón, ya sé lo que hacer para que a tu tarro no le pase nada! – Clamó mi viejo, luego de leer un poco sobre virus en un libro de biología – ¡Tráelo pal’ patio al tiro! Luego vai a la cocina, buscái detergente, lavalozas, virutilla, jabón, algún desinfectante y mucho, pero mucho cloro; después traí todo pa’ acá, y yo le limpiaré todos los bichos con estas manitos lindas que dios me dio, ¿Qué te parece hijo? ¿Soy el mejor Jocker del mundo, o no? ¿Qué? ¿Se dice hacker? ¡Da lo mismo hueón, de las hueás que te preocupái, mal agradecido!

Igual no lo culpo de lo que hizo, algo debí decirle cuando lo vi abriendo mi PC con un desatornillador todo oxidado, tirarlo al lavatorio de su patio trasero, pescar una manguera y comenzar, con una delicadeza ridícula, a esparcir Quix, Omo y jabón Popeye por cada centímetro de mi malogrado regalo navideño, gritando orgulloso “¡Mira como le elimino los virus, Mati hueón, mira como mato a estos bichos culiaos para que no extingan a la raza humana! ¡Soy John Connor, soy John Connor!” Justo antes de dirigirse hasta su cuarto, traer una caja de condones y, cuidadosamente, forrar el mouse y el teclado con los forritos de látex estirados al máximo, “¡Para que no le vaya a entrar ningún tipo de virus po! Mira que a mí… ¡Uf! Mejor ni te cuento, si hasta considero un milagro divino el hecho de que aún no se me haya caído la corneta a pedazos, ¡Ja!”, Concluyó con el pecho inflado, entregándome en mis manos tiritonas un computador que jamás pude encender, y que estuvimos ocupando como mesa de centro hasta que, recién dos años después, me compraron uno nuevo… esos fueron los dos años más largos de mi vida, no conocí a ninguna cibernauta caliente que me dijera cosas cochinas desde el otro lado de la pantalla, pero después… ¡Uf! Mejor ni les cuento, si hasta considero un milagro divino el hecho de que no se me haya caído la corneta a pedazos, ¡Ja!

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