18 Abr

Capítulo 194: El bloguero más rancio de Chile

Recuerdo cierta noche en la cual me junté con un lector porque éste, así como tantos otros, quería comprar una copia de mi libro… aunque miento, este lector en particular no era como tantos otros, no señor, porque él no admiraba mi prosa, tampoco alucinaba mis historias, no se sentía identificado con algún personaje y ni siquiera quería realizarme las típicas preguntas que todos me realizan (“¿Tus historias son ciertas? ¿Tu papá en serio existe? ¿Es verdad que el flaco Lucho te metió un condón con leche condensada por el culo?”). Este lector, único en su tipo, admiraba mi ranciedad, nada más que eso, mi ranciedad, y aunque le expliqué que yo en realidad no era tan rancio, sino que mi entorno lo era y me obligaba a serlo, insistió en que no reuniéramos en un bar de mala muerte y que le llevara su libro hasta allá, no sin antes pedirme encarecidamente que me hiciera un tiempo para emborracharme junto a él y conversar un poco de la vida.

– ¿Y? ¿No vas a hablar nada? – Le pregunté luego de haber bajado media botella de pisco. Llevábamos casi una hora en un sucucho obscuro y maloliente, y él sólo se limitaba a mirarme con sus ojos inmensos.
– No, disculpa, la verdad es que estoy esperando a que te cures y que hagas algo rancio – respondió sonriente, emocionado, como un niño aguardando por el regalo que pidió para la navidad.
– Chuta amigo, es que la cosa no funciona así, ¿No quieres que te entregue tu copia de mi libro, te lo firme y listo? Igual tengo hartas cosas que hacer, cachái, ya me debería ir incluso…
– Te pago el triple por tu libro en ese caso, y te paso las lucas de inmediato.
– Bueno, igual me puedo quedar un ratito más, mis compromisos pueden esperar… Y entonces, ¿Cómo me dijiste que te llamabas? Para hacerte la dedicatoria, mientras tanto.
– Marcos, me llamo Marcos – respondió, sacando su billetera y entregándome el dinero acordado.
– Perfecto, déjame sacar mi bolígrafo y comenzar – acoté, abriendo su copia nuevecita, bonita, limpiecita, en la primera página – “Para Marcos”, ¿Está bien? “Espero que este libro te llene de risas y alegría. Con cariño, Hijo de Tigre”. Listo compadre, ahí tienes, que lo disfrutes.
– Pero… pero Mati… ¿Qué significa esto? – Consultó confundido, mirando con una mueca lunática las palabras recién escritas.
– ¿Qué onda amigo? ¿No te gustó lo que puse?
– No po, esto está mal… no, no… ¡No, no, no! ¡Esto está mal! ¡Esto está mal!
– Ya viejo, qué onda, cálmate.
– ¿Qué significa esta mierda, Matías? ¿Qué es esta mamonería? ¿Dónde está lo cochino? ¿Dónde está lo rancio?
– Puta, ya, disculpa, pasa pa’ acá, deja ver si lo puedo arreglar – le dije, aguantándome las ganas de salir arrancando de ahí – ¿Quieres que le ponga algo en especial? ¿Se te ocurre alguna idea?
– ¡Sí!
– Ya, cuéntame.
– ¡Hácele un asomao’!
– ¿Un asomao’? Bueno, está bien, ahí está, un asomao’, ¿Ahora sí?
– ¡No, aún le falta ranciedad! Dibújale picos, picos por todos lados, picos grandes, picos chicos, picos goteando, picos venosos, picos con bigotes, picos con tu cara…
– No soy muy bueno para el dibujo, pero veamos… Listo, ya está, ¿Alguna otra hueaita?
– ¡Sí! ¡Mánchalo con copete!
– ¿Cómo? ¿Querí que le deje una medalla? Pero se va a estropear po…
– ¡No importa, tiene que ser rancio, si es un libro tuyo, y tú eres rancio!
– Amigo, estás equivocado, si yo soy un tipo normal, no hago nada fuera de lo común.
– ¡No mientas, no mientas!
– Bueno, como quieras – respondí ya molesto, al mismo tiempo que tomaba mi piscola y, con la base del vaso, dejaba una vistosa medalla en la esquina inferior derecha de la primera hoja – ¿Ahí está bien? ¿No? ¿Quieres más? Puta, ya – continué vertiendo pequeños chorritos de mi trago sobre la hoja ya bastante hecha mierda – ¿Aún quieres más? ¿Seguro? Bueno, tú lo pediste – finalicé, dando vuelta todo el contenido de vaso, con hielos incluidos, donde antes había firmado.
– Ahí está un poco mejor, creo que me está gustando más… ahora, mánchalo con un poquito de vómito.
– ¿Qué? ¿Dijiste vómito?
– Sí, ¿Qué tiene? Si en tus historias te la pasas vomitando po, ¿Qué te cuesta? Si tengo tu libro, quiero que, como mínimo, tenga algo de tu vómito seco, si mal que mal eres el bloguero más rancio de Chile, ¿O no?
– ¡Si yo no soy rancio hueón oh! – Repliqué, totalmente enfadado – ¡Esas hueás son historias, son ficción, en realidad no me comporto así, soy un hueón educado, correcto y responsable! – Terminé de gritar, haciéndome otra piscola y tomándomela al seco de inmediato para pasar el mal rato.
– Matías, sólo pido que hagas lo tuyo… vomita el libro, ¿Qué te cuesta? Quiero ese recuerdo, ¿Qué me dices?
– ¡No hueón, no, no pienso! Estoy cansado de que todos me traten de rancio, de decadente, de borracho, de reventado, ¡Estoy cansado! Que “Mati, vomita”, que “Mati, déjame dibujarte un corazón con mi sangre menstrual”, que “Mati, déjame chupártelo mientras cagas”, ¡No más hueón, no más!
– Pero Matías, cálmate, yo sólo quería…
– ¡Cállate, me da lo mismo lo que querías! ¿Se pregunta alguien lo que quiero yo? ¿Ah? Yo, loco, acepté juntarme contigo sólo porque tenía ganas de conversar un rato, distraerme, pasarlo bien, ¡Nada más!
– Ya Mati, disculpa…
– ¿Y qué hací voh? ¿Qué hacen todos ustedes? Me ponen de inmediato un cartel de “Hueón rancio” sin siquiera darse el tiempo de conocerme, ¿Sabí qué se siente eso? ¿Lo sabí acaso?
– Mati, amigo – me dijo Marcos calmando la voz, poniéndose de pie y extendiendo su mano como un signo de perdón – me equivoqué al prejuzgarte, tienes razón, no lo volveré a hacer… Es que igual entiéndeme: uno se hace una imagen de tuya, por tus historias, por lo que demuestras, y por eso terminé estereotipándote y mal interpretando todo, cachái… ¿Me disculpas?
– Ya hueón, está bien, te disculpo.
– ¿Te parece que ahora conversemos como gente adulta? Pidamos algo para comer, tomémonos otro copete, ¿Te parece?
– Bueno, me parece… ¿Pero me vai a volver a tratar de rancio?
– No Mati, nunca más.
– ¿Me volverás a pedir que haga hueás de borracho en decadencia?
– No Mati, lo juro.
– Está bien, hagamos borrón y cuenta nueva, comencemos desde cero, aquí no ha pasado nada, conversemos un rato y pasémosla bien… sólo quiero conversar y pasarlo bien… no quiero que me juzguen mal nunca más… nunca más…
A eso de las 4 de la madrugada, Marco se quedó dormido sobre la mesa, y yo, para no ayudarlo a pagar la cuenta, no lo desperté. Tomé su libro, pensando en revendérselo a otro Marcos que lo quisiera y así, borrachísimo, comencé mi retirada. Antes de salir, pasé al baño a pegarme la última meada de la noche, pero como había chupado y comido en demasía, la guata me hizo una mala jugada y me fue imposible no ponerme a cagar de inmediato, aguantándome el asco que me produjo ese wáter increíblemente desaseado. Obviamente, no había papel higiénico, pero sinceramente ni siquiera me preocupé de eso, porque le saqué unas pocas hojas al libro recién robado y me limpié la zanja con ellas como si fuesen la más suave de las sedas. Al salir, reconsideré lo hecho y le dejé a Marcos su copia en el mismo desde el cual la había sacado, aunque con varias hojas arrancadas, arrugadas y cagadas eso sí. Marcos se veía tan tranquilo durmiendo, tan cómodo, tan inocente, que no pude evitar tomar una de las páginas manchadas y, cuidadosamente, esparcirle un poco de mierda por el bigote, para que al otro día oliera a caca adonde fuera y se preguntara incansablemente de dónde venía esa putrefacción. No mentiré, me arrepiento un poco de lo que hice, sobre todo porque, cuando estaba terminando la broma, no me pude aguantar el asco y solté un pequeño chorro de vómito que le cayó justo en la oreja, entrándole, de seguro, una que otra presa de lo expulsado por el hoyito de su paila.

Nunca más supe de Marcos, al otro día le quitó el Me Gusta a mi fan page y jamás respondió las decenas de mensajes que le envié preguntándole si le había gustado el libro. Mala onda el hueón, jamás me esperé eso de él, pero ahí es donde se ve que uno nunca termina de conocer a las personas po, ¿O no? Así es cómo la verdadera cara de la gente queda al descubierto…

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