24 Abr

Capítulo 196: El concierto de los Red Hot

Año 1998. A mis viejos les quedaba poco tiempo de casados, y yo no tenía idea. Se supone que ellos sabían que el fin de su relación era algo inminente, así que, para que la eventual noticia no me pegara tan fuerte, comenzaron a tratarme como a un rey y a consentirme en todo, aunque cada uno por su cuenta: mi vieja me dejó de hueviar por mi gusto de vestir como mendigo, me permitió ver tele hasta la madrugada cuando quisiera y, de paso, me compró todos los discos originales de los Red Hot Chili Peppers, mi banda favorita en aquella época; por su parte, a mi viejo le dio por hacer todas las cosas que con anterioridad hacía mi vieja, para así darme a entender, implícitamente, que en poco tiempo él estaría cumpliendo con los dos roles, a saber: me cocinaba lo que yo quería (aunque se le quemaba el arroz a cada rato, hay que decirlo), me leía cuentos antes de dormir (no sé si las historias que publicaban en la revista “Vida Afectiva y Sexual” de La Cuarta se podrían considerar cuentos, pero digamos que sí) y se preocupaba de todos los detalles domésticos necesarios para hacer mi vida más cómoda, ¡Si hasta la ropa me lavaba! Y la verdad es que le ponía bueno en esa labor, me la dejaba limpiecita, olorosita, planchadita, quizás debido a que la única hueá que hacía en su infancia era fregar sus calzoncillos cagados como castigo por portarse mal, y puta que aprendió a hacerlo bien el viejo, ¡Si lavaba la ropa como los dioses! Quitaba hasta las extrañas manchas transparentes que mágicamente comenzaban a aparecer en mis sábanas por aquellos años, y eso para mí era una suerte de don mágico.

Con el tiempo, el regalonearme y hacerme la pata se convirtió en una especie de competencia para ellos: si mi papá me regalaba un Chocolito, mi mamá me daba un Danky; si mi mamá me llevaba a los columpios de la plaza, mi papá me invitaba a Fantasilandia, y si mi mamá no me decía nada por llegar con rojos a la casa, mi papá me incitaba a flojear de lo lindo, “¡Sácate puros dos no más si querí Mati hueón!”, me gritaba, “¡Juega Nintendo tranquilo, qué tanta hueá, si las notas no sirven pa’ na’!”. De a poco me fueron convirtiendo en un cabro culiao’ que lo tuvo todo, y muy fácil, y me malcriaron a más no poder, aunque la prueba de fuego llegó cuando, durante una once familiar, les comenté que los Red Hot venían a tocar a Chile, y así como que no quiere la cosa, les tiré el palo de que quería ir.

– ¡Yo te compro la entrada! – chilló mi viejo, siendo que yo recién estaba pensando en rogarles para que me dieran permiso.
– ¡No, yo la compro! – Reclamó mi mamá – Aparte Matías, yo te he regalado todas las leseras que me has pedido de ese grupito, y ni si quiera te he retado por andar escuchando bandas que tocan con el pirulo al aire, así que déjame eso a mí no más.
– Puta, entonces… ¡Entonces yo te llevo! – Replicó mi papá, desesperado por caer bien.
– ¿Y en qué lo vai a llevar, saco e’ huea’, si voh no tení ni auto!
– Yo me las arreglaré po’, así que déjame eso a mí, ¿Cuándo es el concierto Mati? Ah… el sábado… ya… justo tenía un asado donde el Lucho para ese día… ¡Pero no importa hijo! ¡Todo por ti, todo por ti! ¿Y a qué hora es? Ah… a las diez… ¿En punto? Chucha… complicado ah… la mejor hora pa’ empezar a chupar… ¿Y querí que te vaya a buscar también? ¡Chuta, no querí na’! ¿Y durará una media hora, más o menos? Mierda, a esa hora planeaba estar curao’ ya… ¡Pero da lo mismo hijo, cuenta conmigo para ese día! ¡Confía en mí, yo estaré en todas contigo hijo, confía en mí!

Llegó el día del recital, y mi viejo no apareció por ninguna parte. Es más, la noche anterior ni siquiera llegó a dormir, así que las posibilidades de que se apareciera a última hora para salvar la situación eran mínimas. Mi vieja, previendo que algo así sucedería, me dejó sufrir un poco y, luego de que me dijera mil veces “puta que es como el pico tu papá Matías, ah”, me invitó hasta su auto, porque ella me llevaría a la Estación Mapocho, espacio donde los Red Hot se presentarían en pocos minutos más, a toda velocidad.

Lo que sucedió después fue confuso. Mi vieja, mala pal’ volante, se estacionó a la chucha del mundo, así que me tuvo que llevar corriendo hasta la puerta del recinto, lugar donde, pa’ variar, se encontró con un antiguo amigo, un gorilón que trabajaba como guardia de seguridad en todo tipo de eventos musicales, y quien, en la buena onda, le dijo algo así como “¿Así que este es tu mocoso? ¡La cagó la carita de pajero oye! ¿Y viene a ver a estos volaos’ que van a tocar ahora? ¡Las hueás que escucha! Oye, ¿Y no quiere conocerlos en persona mejor? Si son unos hueones feos que están instalados allá atrás haciendo la hora, y yo lo puedo hacer pasar po’”. En ese momento me meé y me cagué de la emoción (metafóricamente, claro… claro…), mi vieja me dijo que fuera con su amigo a saludar a la banda no más, que ella me estaría esperando a la salida, así que le hice caso sin dudarlo. El amigo de mi vieja me tomó del brazo, me dijo “vamos, cara e’ paja, hagámosla cortita”, y, sin ningún inconveniente, me coló tras bambalinas, donde, muy a la rápida, saludé a mis ídolos, y logré que todos ellos, John, Anthony, Flea y Chad, me autografiaran la polera blanca con la portada del Californication estampada que me había comprado especialmente para ese día. No recuerdo si me dijeron algo o si yo intenté pronunciar algunas palabras de admiración en el inglés tarzánico que manejaba en esa época, sólo sé que, cuando reaccioné, estaba en la cancha mirando el concierto con los ojos brillantes, luciendo mi polera recién autografiada, y saltando y cantando y hueviando como el cabro chico feliz que era en ese momento.

Al otro día, mi viejo llegó temprano a la casa, se sacó los zapatos en el antejardín y entró evitando meter boche para que nadie lo retara. Dándose cuenta que la había cagado al dejarme plantado, fue hasta mi pieza para disculparse, pero me pillo durmiendo raja, aún con un cintillo que decía “Red Hot Chili Peppers” amarrado en mi enorme cabeza, y mi polera estiradita a los pies de la cama, lista para, según mis planes, llevarla a enmarcar durante la tarde… pero no, eso no fue necesario, porque mi viejo, con tal de enmendar su error, se dijo para sus adentros “voy a darle una sorpresa a mi hijo, ¿Qué podrá ser? ¡Ya sé! Le lavaré esta polerita que se compró para que quede blanquita otra vez, ¡Si está toda hedionda y llena de manchas y rayas culiás’ feas que ni se entienden! La voy a dejar como nueva, va a estar feliz cuando despierte, de seguro se va a poner feliz…”.

Sí viejo, caleta.

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