03 May

Capítulo 199: El cumpleaños de mi viejo, 2016 (parte 2)

Lunes 25 de abril.
Celebración del cumpleaños de mi taita
8:00 a.m.

– Ya viejo, ahora sí que sí, última piscola y nos vamos.
– Me estái diciendo eso desde hace como tres horas, Mati hueón borracho, erí terrible de mala junta.
– Es que papá, tú no me entiendes, estoy desde ayer encerrado en el clandestino, ahora tengo que ir a trabajar, entro a las… ah, no, ya cagué, ya no llegué, pásame tres hielos y la de pisco por fa…
– ¿Viste que erí hueón, Mati hueón? Lloraste toda la noche con eso de que teníai que ser un buen trabajador, que debíai que ser responsable, que llegar curao’ a la pega era algo malo, ¡Y nada que ver po! Mira el caso del flaco Lucho, él siempre se copetea, ahora mismo está durmiendo en el baño a raja pelá’ porque se vomitó entero, ¿Y cuál es que se ha quedado sin trabajo?
– Pero papá, el caso del flaco es distinto, él es dueño de un clandestino, se podría decir que emborracharse es parte de su trabajo.
– ¿Y qué me decí de esa cabrita que viene recién llegando con una garrafa al hombro? Cacha, son las ocho de la madrugada, y no sé tú, pero yo no la veo ni urgida por ir a trabajar.
– ¿Qué cabrita? Momento… ¿Ésa es la Oye?

Efectivamente, cuando ya casi todos los invitados a la celebración estaban durmiendo desparramados debajo de las mesas, o en el patio o, en el mejor de los casos, arriba del techo, hacía su ingreso al clandestino la Oye, la misteriosa Oye, vestida con ropa de fiesta y acompañada de un tipo, aparentemente de su misma edad, al cual nunca antes habíamos visto.

– ¿Oye? ¿Qué hací acá? – Le pregunté extrañado, sacando mi celular para mirar la hora.
– Vine al cumpleaños de tu papá po hueón, si tú me invitaste, ¿Qué onda?
– Sí, sí sé, ¿Pero tan tarde? Ya no queda ni torta.
– ¿Cómo que tarde? Me dijiste que llegara tipín ocho, ¿Y qué hora es? Las ocho en punto po, ¿Viste que soy puntual?
– ¡Era a las ocho de la tarde! Qué chucha, ¿No era obvio eso?
– Ay Mati, relájate, eso de juntarse a carretear temprano es tan de viejo culiao’… aparte, estaba haciendo la previa y, por si no lo sabes, ahora las previas son más largas que antes, eso es todo.
– Y estabas haciendo la previa… ¿Con él? – Pregunté, observando con cierta desconfianza al tipo que la acompañaba.
– ¡Ay, qué tonta, no te he presentado al Mauro! Mauro, él es el Matías, el amigo que te conté que era más hueón que perro recién nacido; Matías, él es Mauro, un amigo… digamos que muy especial… muy, muy especial…

El Mauro, con su boca entreabierta y ceño fruncido, extendió la mano hacia adelante sin siquiera dirigirme la mirada. Como pude, uní mi mano con la suya, ya que no dejaba de moverla de un lado para otro, como si quisiera esquivar mi saludo.

– Es bien… bien raro tu amigo ah… – le dije a la Oye, sin dejar de observar por ningún segundo el extraño comportamiento de su invitado – ¿Le pasa algo? Parece que no quiere estar aquí…

La Oye, poniendo cara de “¡Cállate Mati saco e’ hueas!” Tomó mi mano y me llevó hasta donde estaba mi viejo, me tinca que porque, aparte de ellos, éramos los únicos en pie a esa hora. “Con ustedes dos tengo que hablar”, nos dijo simplemente, dejando a su amigo solo en la entrada del clandestino, mirando hacia el techo con toda la jeta abierta.

– ¿Qué pasa mijita? – Le preguntó mi viejo – ¿Sacó a pasear al perro acaso?
– Sí Oye – agregué, con el mismo tono molesto utilizado por mi viejo – ¿Qué onda? ¿Quién es ese loco? ¿Por qué lo trajiste?
– Escuchen, par de hueones, esto se los diré una vez, y sólo una vez, ¿Está claro? – Susurró furiosa la Oye, apuntándonos con el dedo en todo momento – él, el Mauro, es un chico que conocí hace poco y que le estoy enseñando a ver el mundo de otra forma… él es muy tierno y sensible, así que quiero pedirles que por favor, ¡Pero por favor! No lo molesten… no le digan nada, no se fijen en sus defectos, no se rían si hace algo extraño, y en fin… no se burlen de él, nada más. Yo los conozco, por eso se los digo, así que, esta vez, contrólense.
– ¿Especial? ¿Y qué tiene de especial ese colipato? Yo lo veo como un hueón común y corriente – sentenció mi viejo, pasándose por la raja la solicitud de mi amiga.
– ¿Acaso no lo notan? El Mauro tiene… digamos… tiene capacidades diferentes.
– ¿Cómo es eso? – Preguntó mi viejo – ¿Tiene súper poderes? ¿Una hueá así?
– ¡No po tío, cómo se le ocurre! El Mauro… puta, el Mauro… ¡El Mauro es simplemente especial! ¿Ya?
– Ya, ¿Y? – Respondimos al unísono.
– ¡Puta, ustedes no cachan nada! Lo que pasa es que a él… a él como que le cuesta, tiene una discapacidad, ¿Me captan? No es que él en su interior sea especial, sino que sus necesidades son las especiales, a eso voy, ¡Así que no lo hueveen!
– Ahhh, ya entendimos – dijimos con mi viejo, sintiéndonos el par de hueones más hueones del universo.
– Y entonces, ¿Lo podrán ayudar a adaptarse a su carrete? Igual es bueno que el Mauro se relacione con otras personas, su mamá no lo deja salir mucho por su… por su tema… pero a mí me gustaría que se integrara más, ¿Me entienden? Así no le dará miedo, en un futuro no muy lejano, salir a buscar pega o algo así.
– Si, si entendimos perfecto Oye, no te preocupes, confía en nosotros – le dije, sonriéndole con cara de “quédate tranquila, trae al cabro pa’ acá, confía en nuestro tino”.

La Oye, aún algo temerosa, se acercó al Mauro, quien todavía estaba de pie en un rincón mirando hacia ningún lado y acomodándose sus lentes enormes de vez en cuando, lo tomó de la mano y lo llevó hasta la mesa donde estábamos nosotros.

– Mauro – le dijo, hablándole de cerca y sin soltarle el brazo – él es el Mati, ya te lo presenté hace un rato, y el caballero que está a su lado es su papá, el cumpleañero.
– Hoooolaaaa Mauroooo – dijo mi viejo, modulando como si estuviera en cámara lenta – yooo, amiiiigo, yooo no haceeer daaaño, yo daaar amistaaad.
– ¡Pero tío! – Se metió la Oye, algo avergonzada – ¡No es necesario que le hable así! O sea…
– ¡No me interrumpa reina, déjeme hablar tranquilo con mi nuevo amigo! – Gritó mi viejo, poniéndose de pie y abrazando cariñosamente al Mauro sin motivo alguno – Maurooo, Mauritoooo, ¿Quieeeres seer mi socioooo? Yo, amiiiiigo; Mati, hueóoon, y tú, Mauro, especiaaaal, muy especiaaaal.
– Papá, no tienes para qué hablarle tan lento – me metí – sólo tienes que integrarlo, y listo, mira como se hace: Hola Mauro, yo ser Matías, yo ser amigo, ¿Quieres un refresco? Toma, ahí está, gaseosa con bombilla, rica, rica, toma de a poco, lentito, eso, ahora ven, te secaré la boquita, no te resistas, no te… ¡Pero Mauro, cálmate, no te pongas violento! ¡Oye, dale las pastillas, dale las pastillas!
– ¡Ya, basta! ¡Suéltame chuchetumadre! – Gritó de pronto el Mauro, rompiendo su silencio y alejándose de nosotros torpemente – ¿Y qué le pasa a este par de hueones? ¡Me habíai dicho que tus amigos eran raros, pero nunca tanto po loca!
– ¿Qué mierda tienen en la cabeza ustedes dos? – Preguntó la Oye, roja de rabia – Sí, el Mauro es discapacitado, lo sé, yo se los dije, ¡Pero tiene una discapacidad visual, sacos de huevas! ¡Visual!

Y, junto con eso, la Oye tomó la garrafa con la que había llegado para echársela al hombro y, moviendo el poto con furia, agarró al Mauro del brazo y se marchó del clandestino tirando todo a su paso, no sin antes decirnos que nos fuéramos a la chucha y que nos olvidáramos de ella para siempre. Con mi viejo, borrachos y arrepentidos a más no poder, salimos corriendo tras ella y su amigo piti, pero no los encontramos por ninguna parte. Luego de un rato, mi viejo me dijo que volvería al clandestino antes de que se le derritieran todos los hielos, así que opté por seguir buscando a la Oye solo, metiéndome en todos los negocios del barrio para consultar por ella, y acercándome a cada persona que veía para preguntarle si habían visto a alguien con sus características echando puteadas contra un tal Mati por ahí. A eso de las diez de la mañana me rendí al fin, tomé el camino de retorno al clandestino y, al cruzar la puerta de aquel antro de la ranciedad, quedé con la boca abierta al descubrir a mi viejo chupando animadamente junto al Mauro, quien se encontraba sentado a su lado, sin lentes y, cómo no, borrachísimo.

– ¡Buena po Mati hueón! ¡Mira a quien me encontré en el camino! – Me dijo mi viejo tomando al Mauro por los hombros y zamarreándolo de un lado a otro, como si estuviese enseñándome un trofeo.
– ¿Y la Oye? ¿Dónde está la Oye?
– Puta, no tenemos idea hueón – me respondió el Mauro, dirigiendo la mirada a la chucha del mundo – yo me devolví porque se me cayeron los lentes en el camino, pero me perdí y me fui para un lado nada que ver. Tu papá me encontró a punto de atravesar la calle con luz roja. Ahora es mi héroe, me salvó la vida.
– Y ahora se la voy a salvar de nuevo, ¿O no Maurito? ¿O no?
– ¡Sí po tío! – Respondió el Mauro, animosamente – Tu papá, Mati, me contó que hay una mina en el baño que va a todas, ¿O no tío? Que le gusta que se la afilen cuando está durmiendo, incluso en este momento la fui a ver y está en pelotita con el potito parado, y la encontré bien rica fíjate… bueno, yo no veo ni una hueá, pero entre lo borroso pude distinguir su silueta delgadita, tal como me gustan… ¿Cómo me dijo que se llamaba la mina, tío?
– Lucha… la flaca Lucha…
– La Luchita, esa misma, ¿Y en serio no se enoja si se lo pongo así no más, cara e’ palo?
– No hueón, tranquilo – le dijo mi papá – si esa hueá le gusta, hacerse la dormida y dejarse querer… es como su placer culpable, su fantasía favorita, ¿O no Mati? ¿Cierto que esa hueá le gusta?
– Sí – respondí desinteresado – supongo que sí, voh dale no más, si total… alguien tenía que aprovechar de pasarlo bien hoy día po, ¿O no?

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