09 May

Capítulo 20: El sumiso.

– Hijo, tenemos que hablar…

Creo que nunca había escuchado a mi viejo con un tono tan serio. Me dijo que fuera a su casa y que llevara algún trago fuerte, porque la conversación que se venía era realmente trascendental. Y claro que al principio me espanté, temí lo peor, imaginé a mi padre con una enfermedad venérea incurable o, peor aún, creí que me pediría alojamiento de por vida debido a sus deudas incalculables. Llegué a la hora pactada, mi viejo me recibió con los ojos brillosos, pero no era un brillo común, sino que se trataba de esa luminosidad que proyecta una madre cuando ve a su bebé por primera vez, esa luminosidad de la alegría plena, del gozo máximo, del equilibrio espiritual. Mi padre había encontrado su nirvana, y quería que yo fuese partícipe de su dicha.

– Matías – comenzó, luego dio un suspiro, y retomó – este año voy a culiar como nunca.
– Mentira que para eso me llamaste…
– ¡Los dioses me han escuchado, Mati hueón! ¡El mundo se ha vuelto a favor de nosotros nuevamente! ¡Luego de años de espera, nosotros volvemos a tener el control!
– Perdón, pero… ¿”Nosotros”? ¿Quiénes serían ese “nosotros”?
– Los hueones como yo po Mati hueón, los hueones calientes, brutos, dominantes… El machismo está de vuelta en su forma más troglodita, y aquí estoy yo para enorgullecer a mi gremio.
– Sabí viejo, no te cacho na´… – le acoté con sincera confusión.
– Lo sé hijo, ni siquiera yo comprendo del todo qué sucede, pero intentaré resumirte mi estudio.
– ¿Qué onda? ¿Hiciste un estudio?
– ¡Por mucho tiempo! Y la conclusión ya te la dije: este año voy a culiar como nunca.
– Sé que me arrepentiré de decir esto, pero… dale, te escucho…
– Todo comenzó hace un par de años, cuando el flaco Lucho me pidió que lo acompañara a hacer un trámite urgente: teníamos que ir a recoger a su señora a un galpón piñufla que hay en el pasaje, porque ahí se juntaba con un grupo de viejas dos veces por semana a hacer zumba, y la hueá es que quedaba tan reventada y sopeada que había que llevarla a la rastra hasta su casa. Cuando llegamos al galpón hijo, ni te imaginas…
– Sí, me imagino… me imagino a puras viejas transpiradas hasta el hoyo.
– ¡Puras viejas transpiradas, Mati hueón! ¡El paraíso! ¡Si a mí me calienta esa hueá! Era una oportunidad que no podía desaprovechar, así que mandé al flaco Lucho a la cresta y me fui a meterle cháchara a las damiselas sudorosas. Muchas ni siquiera me miraron, pero había una más califa que la chucha, ¡Puta la vieja caliente Mati hueón! No alcancé a decirle ni un piropo cuando me pescó de la corneta, me subió a su auto y me llevó hasta su casa.
– Qué miedo la hueá.
– Igual me dio miedo, pero eso no fue nada… Llegamos, la vieja me empelotó, comenzamos a afilar… ¡Y me empieza a sacar la chucha, Mati hueón!
– ¿Cómo es eso?
– ¡Eso po! ¡Me empezó a sacar la chucha! Pero de caliente, no te confundas. Después de un rato fue a la cocina y volvió con un cucharón, ¡Y quería que le pegara en la raja con esa hueá!
– ¿Y qué hiciste viejo?
– Puta, ¡Le pegué po! Si igual me empezó a gustar la tontera. El punto es que mientras más fuerte afilábamos, a la vieja más le daba la locura, que le diera palmazos, que la rasguñara, que le diera unos correazos con mi cinturón, que le tirara un pollo en la cara ¡Pura locura hijo! Hasta que me arranqué.
– ¿Por qué te arrancaste? Pensé que te estaba gustando.
– No si íbamos bien, pero en una sentí una hueá rara que, debido a tanto movimiento, no sabía que era… y después me di cuenta que esta vieja chancha me había metido el dedo en el poto. Ahí me paré y me fui.
– Bueno viejo, una mierda de historia, pero… ¿Qué tiene que ver con todo lo que me dijiste al principio?
– ¡Allá voy, hueón impaciente! Después fui donde el flaco Lucho a contarle la aventura tomándome una pilsoca, y su señora, que estaba parando la oreja, me comentó que esa vieja andaba obsesionada con esa onda de las “50 sombras de Grey”, y de pasó me tiró el dato de que todas las minas andaban en la misma. Al otro día me levanté tempranito, fui a San Diego y me compré todas esas cagás de novelas.
– ¿Y las leíste?
– Pero claro, un buen cazador estudia a su presa… Me demoré sí, porque me aburrí caleta, y así fueron pasando los meses hasta que me llegó un nuevo refuerzo… O sea, a la sociedad no le bastó con hacernos el favor de volver moralmente correcto un libro de esa calaña, ¡No! ¡Además, nos traen las teleseries turcas!
– No me digai que también viste “Las mil y una noches”.
– ¡Vi todas esas hueás! Oye, a las minas les encanta, ¡Y son producciones más machistas que la chucha! Ahora todas quieren ser sumisas, todas quieren a un macho dominante sin sentimientos, todas quieren a un hueón que las trate mal ¿Y sabes dónde pueden encontrarlo? ¡Acá mismo! ¡Ja! ¡Ahora no tendré que fingir más que soy un caballero!
– ¿Cuándo fingiste ser un caballero, perdón?
– El punto, hijo, es que tienes que acompañarme, necesito un copiloto en este viaje.
– ¿Dónde quieres que te acompañe?
– Al cine, dónde más, en estos momentos las salas están repletas de minas de todo tipo viendo la película del hueco del Grey.
– No estoy ni ahí con ver esa película viejo.
– ¿Y quién ha dicho que entremos Mati hueón? Sólo es cosa de ponernos un terno y pararnos a la salida del cine con un par de esposas en la mano, ¡Nos van a llover las minas! Hay que llevar botas de agua eso sí…

“A este viejo una feminista le sacaría la chucha”, pensé, pero qué importaba, total eso era lo que él quería ahora, que le sacaran la chucha. Igual la idea no era tan mala, quién sabe… en una de esas podría recopilar todas las cochinadas que me cuenta y escribir “Las 50 sombras de mi viejo”… Ese libro causaría más vómitos que lubricación, eso sí.

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