05 May

Capítulo 200: El cumpleaños de mi viejo, 2016 (parte 3)

Lunes 25 de abril.
Celebración del cumpleaños de mi taita
12 del día.

– Mati… Mati hueón, despierta…
– ¿Ah? ¿Viejo? ¿Qué pasa? ¿Qué hora es? – Pronuncié dificultosamente, levantándome a duras penas de la mesa que aquella mañana escogí por cama.
– No sé, da lo mismo eso… mi cumpleaños aún no termina.
– Puta viejo, no hueí, no hemos descansado nada, vámonos para la casa será mejor, mira que, si nos quedamos dormidos los dos aquí, puta, capaz que el flaco Lucho nos haga alguna hueá.
– No te preocupí por el Lucho oh, si su señora lo tuvo que llevar a él y al Mauro al hospital pa’ que los descorcharan, ¡Así que esta tarde somos los dueños del clandestino chuchetumare! ¡Tírame una pilsen al toque, hijo, que llegó la hora de abrir los regalos?
– Ehhh… ¿Qué regalos?
– Los regalos po, si estoy de cumpleaños, y en los cumpleaños hay regalos, ¿En serio tengo que explicarte esa hueá?
– Pero papá, no te compré nada, mi obsequio para ti fue este carrete… además, ya estái harto viejo como para andar pidiendo regalitos po, ¿O no? Confórmate con lo que te tocó no más.
– Pero… pero Mati – balbuceó mi viejo, haciendo pucheros y cubriéndose el rostro de forma lastimera – tampoco quería algo tan grande, me hubiese conformado sólo con algún detallito, una cosita poca no más…
– ¿Ah sí? ¿Y algo como qué, así por ser?
– No sé po, cuando me dijiste que celebráramos mi cumpleaños me imaginé despertando hoy rodeado de muchos billetes, mujeres, copete y drogas para volarse por todos los lados del cuerpo.
– ¡Ja! Papá, para que una hueá así suceda tendrías que ser famoso… o algo por el estilo…
– ¿Ser famoso?
– Claro, o algo por el estilo.
– Mati…
– Viejo…
– ¡Ése quiero que sea mi regalo! ¡Quiero ser famoso! ¡Hazme famoso ahora, ya!
– Papá, no hablí hueás, eso es imposible.
– ¿Cómo que imposible? Se nota que no cachái na’ de la fama voh, ¡Si hoy en día cualquier pelagato puede ser una celebridad po Mati! ¿No hay visto tele últimamente?
– Bueno, sí, quizás tengas razón…
– ¡Ya po! Entonces llama a tu amigo picao’ a artista, ése que tiene una cámara pulenta que no sabe usar, y pídele que me grabe haciendo alguna hueá fuera de lo común, algo llamativo: siendo un héroe o aforrándole una patá en la raja a un ladrón, como esos videos que muestran de los “caza noticias” o de los “reporteros ciudadanos”. Después mandamos el VHS a todos los canales, decimos que lo filmado es un hecho súper importante, y listoco. Te lo aseguro, de aquí al fin de semana me estarán llamando para grabar comerciales y animar eventos en discos pirulas, cruz pal’ cielo.
– Entiendo, entiendo, creo que podría funcionar… pero viejo, ¿A cuál de mis amigos picaos’ a artista te refieres? No me digas que…
– A ése po, al Payaso Chispeza, ¿O qué otro amigo que se cree cineasta de las cosas simples tení?

En mi defensa, le seguí la corriente a mi viejo sólo porque la borrachera siempre me hace tomar malas decisiones… aunque bueno, no digamos que él andaba en muy buen estado tampoco: sus labios se habían tornado totalmente morados producto de los litros de vino consumidos, y su tufo a pisco era capaz de emborracharte con tan sólo hacer contacto con él. Para envalentonarse aún más, pescó un balde y, sin siquiera lavarlo, vertió en él un poco de ron, pilsen negra, vodka y cenizas de cigarro, pa’ que la curá fuera más efectiva y así actuar como los dioses.

No nos costó nada encontrar al Payaso Chispita, sólo fue cosa de entrar a la mala en la casa okupa en la que está viviendo, preguntarle a los malabaristas y mimos que allí vivían dónde estaba el tony más penca del lugar y, a patada limpia, levantarlo de su cama hecha de pallets y pedirle que se fuera a lavar la raja, porque tenía que trabajar para nosotros a cambio de un sánguche de queso de cabeza y dos bolsas de té. Aceptó encantado.

– Entonces tío – le dijo el Chispita a mi viejo – hay que hacer la mula de que usted es partícipe de una noticia, yo la grabo, la edito filete, le pongo unos filtros así pulento bacanes, y después la mandamos a la tele pa’ que salga en todos los noticieros y pa’ que usted se haga famoso, ¿Cierto?
– ¡Puta que erí habiloso voh, payaso culiao! ¡Ven pa’ acá pa’ darte un beso! ¡Ven pa acá hueón, no te me arranquí’! – Respondió mi padre, más borracho que nunca.
– ¿Y tú Mati, hermano, qué rol tendrás en esta representación shakesperiana que realizaremos junto a tu progenitor? – Me preguntó el Chispita, con su voz petulante.
– Puta, no sé po, de extra yo cacho.
– Perfecto hermano, entonces comencemos, ¿Qué se le ocurre primero tío?

La respuesta de mi viejo no se hizo esperar: “vamos al antejardín de la señora Lulú, llevamos unas tijeras, unas cortaplumas, y podamos el pasto en círculos, así como si una nave extraterrestre hubiese dejado una marca y hueás”, y pa’ allá partimos el trío de hueones, y, en el intento de emular las figuras que hacen los supuestos ovnis en los trigales, le dejamos la pura zorra en el patio a la señora Lulú, todo mientras mi viejo posaba para la cámara del Chispita diciendo “¡Yo la vi oiga, yo vi la nave que bajó! ¡Hicieron estos monos acá en el pasto, oiga, y después un marciano secuestró a mi hijo! ¡Secuestró a mi hijo y le metió una sonda por el hoyo oiga! ¡Pero a mi hijo le quedó gustando, y se quería ir con ellos oiga! ¡Señora presidenta, haga algo! ¡Haga algo pa que a mi hijo le deje de gustar tanto que le metan hueás por el hoyo oiga!”. La nota estaba quedando aceptable, según dedujimos en ese momento, pero lamentablemente al Chispita se le olvidó presionar el botón para grabar, así que todo quedó en nada.

Luego de levantarlo a chuchadas por su extrema torpeza, el Chispita ofreció una solución: el mismo se haría pasar por un delincuente para que mi viejo, en un acto de valentía fingido, lo detuviera y lo dejara atado a un poste, por ladrón culiao. El plan debía funcionar a la perfección, el Chispita me dejó la cámara lista, e incluso presionó “Rec” con sus propios dedos para que no nos sucediera la misma pifia de la grabación anterior. Mi viejo sacó una pilsen que llevaba en los bolsillos y se la zampó al seco, para los nervios, según dijo; el Chispita, por su parte, respiró profundo mirando hacia el cielo, estiró las piernas un par de veces y, luego de gritar “¡Acción!”, se fue corriendo hecho un peo por el pasaje, se abalanzó sobre una vieja que estaba recién saliendo de un almacén y, de un tirón en extremo violento, le arrebató todo lo que llevaba en sus ancianas manos: medio kilo de pan y un tomate. Mi viejo corrió y corrió tras él, pero el Chispita, metido en el personaje, como el buen actor que cree ser, no bajó la velocidad en ningún momento, y sólo lo pudieron detener una pila de viejos choros que estaban fumando en una esquina, quienes lo tumbaron a patás’ en el hocico y piedrazos en los cocos. Desde la distancia, y en absoluto silencio, observamos como desnudaban completamente al pobre Payaso, para luego amarrarlo por la cintura a un grifo hasta que llegaran los pacos para llevárselo detenido. “¿Cómo quedó la grabación?”, Me preguntó mi viejo, mientras subían al Chispita a la cuca, cojeando, a poto pela’o y con la cara ensangrentada, “pésimo”, le contesté, “este ahueonao no le sacó la tapa al lente de la cámara, así que no se grabó nada”.

Absolutamente rendidos, nos fuimos a mi departamento para lamentarnos por nuestras desgracias. Yo me serví una piscola en un tazón de plástico, y mi viejo se sirvió lo mismo, pero en una jarra enorme que uso para hacer jugo. Encendimos la tele casi por inercia, y en silencio seguimos tomando hasta que nos dejábamos hipnotizar por las coloridas imágenes que danzaban frente a nuestros ojos.

– Y pensar que yo podría haber salido ahí, hijo – balbuceó mi viejo, ebrio y totalmente derrotado.
– Ya le daremos el palo al gato viejo, quédate tranquilo, algún día te encontrarás de frente con algún accidente, o un aluvión o, al menos, una pequeña inundación que te brinde tus anhelados cinco minutos de fama.
– Una inundación, ja… están de moda esas hueás…
– Sí viejo, jajaja, súper de moda…
– Mati…
– Sí, dime…
– ¿Y si inundamos tu departamento?
– ¿Qué? ¿Estái más hueón?
– ¡Pero me refiero a una inundación controlada hijo! Dejamos corriendo la llave del baño, hasta que caiga un poquito de agua al piso, después me grabas a pata pelá’ caminando sobre el charco, digo algo como “¡El departamento me salió malo! ¡Estoy chapoteando en mierda! ¡Ayuda, señor Farkas, ayuda!”, Lo mandamos a las noticias, ¡Y listo! ¡Dinero, fama y mujeres a mí!
– ¿Sabí viejo? – Le dije, modulando dificultosamente – Te haré caso… sólo por esta vez, te haré caso… mal que mal es tu cumpleaños, y puta, debo cumplir al menos uno de tus deseos po’, o si no… ¿Qué clase de hijo sería?

Y sin más, nos pusimos de pie y partimos al baño a llevar a cabo nuestro plan. Con sumo cuidado le pusimos el tapón de goma al lavamanos, y dimos la llave del agua a todo chancho para que ésta se rebalsara. Volvimos al living a preparar la cámara, ahora nada podía salir mal: le sacamos la tapa al lente y procuramos recordar presionar “Rec” cuando fuese el momento, y mientras esperábamos que nuestra inundación controlada llegara a su fin, nos recostamos sobre el sofá con la intención de pasar un poco la mona.

– Mati… cuando hagamos el video, grábame de perfil… no quiero verme tan borracho…
– Tranquilo viejo… de seguro a la gente le encantará… te lo doy firmado…
– Mati, no mientas… tú ya estás grande, yo ya estoy viejo, hay que hablar las cosas directamente, ¿Para qué engañarnos? A nadie le gustan los viejos rancios… nadie podría sentir empatía por mí… por un viejo que vive solo, que le bolsea al hijo y que se manda cagadas casi todos los días…
– ¡Ja! Si supieras viejo… si supieras…
– ¿De qué hablas Mati? ¿Si supiera qué?

No sé qué fue, si la borrachera o la ternura que sentí ante la confesión sincera de mi padre, pero de pronto algo en mi interior me hizo expulsar un gran secreto, un secreto que mantuve alejado de mi viejo por más de un año, pero ya era hora de echar a fuera, ya era hora de decir la verdad…

– Viejo… ¿Te acordái que siempre te dije que me gustaba escribir?
– Sí po, por lo mismo te puse la Pabla Neruda, obvio que me acuerdo…
– Lo que pasa viejo… lo que pasa es que hace un tiempo me cree una página de internet…
– ¿Qué?
– Una página que lee mucha gente, en serio, mucha gente… una página donde cuento tus historias, tus aventuras en el clandestino del flaco Lucho, tu pololeo con la hermana Luna y con la chica Estela; una página donde hablo de nuestra relación, de cuando confundiste a unos travestis con alemanas en Puerto Varas, de la vez en la que pensaste que el Clarimir en realidad se llamaba Wladimir y que era una droga para volarse por los ojos, de todas las veces en las que dijiste “saquémonos una serviu” en lugar de “saquémonos una selfie”, de la vez en la que fuiste estatua humana, y me hacías tirarte monedas para que nos comunicáramos, o cuando fuimos a un karaoke y confundiste la carpeta de las canciones con la carta para tragos, y le pediste a la mesera un “Aserejé” y un “Paramar” y no sé cuántas hueás más…
– ¿En serio, Mati hueón?
– En serio viejo… incluso saqué un libro contando nuestras historias, “Hijo de Tigre” le puse… aunque bueno, lo importante no son nuestras historias, sino tus historias… tú eres el ídolo, a ti es a quien realmente siguen…
– Entonces… ¿Soy famoso?
– No, famoso aún no, pero, extrañamente, la gente que conoce tu vida te agarra mucho cariño.
– Y en esa página Mati… ¿Las minas mandan servius en pelotita, o no?
– Si viejo, muchas…
– ¿Y me las vai a mostrar?
– Obvio viejo… si en el fondo son tuyas… son todas para ti…
– ¿Y contaste que tu tío Pato es hueco?
– Por supuesto, fue una de las primeras cosas que conté…
– Entonces soy feliz, Mati hueón… en serio, soy inmensamente feliz…

Y sin decir ninguna palabra más, ambos nos dormimos profundamente, curadísimos y acurrucados como nunca antes lo habíamos hecho.

Despertamos en la noche, gracias a la llamada insistente del conserje, quien me comunicó que de mi departamento estaban brotando litros y litros de agua, la cual estaba cayendo como una cascada hacia los pisos inferiores. La multa, carísima; los costos de las reparaciones, aún mayores.

– Puta que la cagaste, Mati hueón – me recriminó mi viejo, despertando a duras penas – ¡Seca luego la hueá, antes de que nos resfriemos!
– No te preocupes viejo, eso es lo de menos – le respondí, con una sonrisa sincera – después de lo que hablamos anoche, no hay nada que me eche a perder el ánimo.
– ¿Qué cosa?
– Lo que te conté po viejo, ¿Qué más va a ser?
– Puta, recuerdo que salimos a pasear con el Payaso Chispeza… que vimos un extraterrestre… que te metieron una sonda por el culo… y que después me tomé un café y me vine a acostar, como el caballero educado que soy…
– No viejo, de lo que hablamos antes de dormirnos, ¿No te acuerdas?
– Puta, no… no me acuerdo de nada, tengo el medio borrón, ¡Ja! Eso significa que me curé como pico, ¡La raja!
– ¿En serio no recuerdas nada?
– ¡Ya, y dale con la hueá! ¿Y qué debería recordar, Mati hueón? Hablái como si me hubiesei dicho una hueá muy importante, y créeme, si lo que hablamos hubiese sido importante, puta, yo me acordaría po, ¿O acaso creí que soy hueón?
– No viejo, tranquilo… creo que me confundí, en realidad no hablamos nada… creo que me confundí…
– Ya me lo imaginaba, Mati hueón, despabila la mente po, saco e’ hueas…
– Sí, discúlpame… no sé en qué estaba pensando…
– Oye, ¿Y mi regalo?
– ¿Regalo?
– ¡No lo puedo creer! ¡Mati, no me digas que es esa cámara que está ahí!
– ¿Esta cámara? Ehhh… sí viejo, justamente, esta cámara es tu regalo, ahí tienes… cuídala mucho, es toda tuya…
– Se ve carísima ah…
– Sí, es súper cara la verdad.
– ¡Pulento! ¿Y la puedo vender y ocupar la plata pa’ comprar copete y pa’ ir a maraquear durante toda la semana?
– Claro que si viejo, o hasta que se te caiga la pichula… o hasta que se te caiga la pichula…

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