20 May

Capítulo 206: Profe Lucho

Antes de convertirse en el dueño del clandestino más rancio y exitoso de la pobla, el flaco Lucho fue un correcto profesor de Historia en algún opaco liceo maulino. Según confesó en innumerables ocasiones, se retiró de la docencia para poner un carrito de completos en una calle súper transitada de Talca, buscando así ganar un poco más de plata y gozar de un mejor nivel de vida… eso hasta que se casó y su señora lo obligó a mudarse a Santiago (todo porque la vieja quería “codearse con los ricos y famosos”) y, consecuentemente, ya instalado en la capital, mi viejo le sugiriera probar con una botillería que funcionara como boliche ilegal por las noches (cuyo principal cliente sería, cómo no, mi progenitor en persona).

Si bien el negocio no obtuvo números azules durante sus primeros años de funcionamiento (más que nada porque el pobre flaco se piteaba todas las ganancias dándoles en el gusto a su esposa y a su hijo Tomás, más conocido en el barrio como “la Gonzala Cáceres”, quienes lo obligaban a pasar tardes enteras en los malls más pitucos de la capital, donde le succionaban hasta la última chaucha comprándose lencería fina, cremas caras y ropa exclusiva), con los años aprendió a ahorrar y a no gastar demás en los zánganos que vivían bajo su mismo techo, lo cual se fue reflejando en que su, hasta ahora, escueta cuenta bancaria, fuera creciendo y creciendo día a día, y todo gracias a los borrachines que convirtieron el clandestino en una especie de segundo hogar para ellos. Esta repentina estabilidad le permitió al flaco darse algunos gustitos que hace tiempo estaba postergando, como, por ejemplo, comer carne todos los días, reemplazar los cajones que tenía para sentarse en su local por sillas con cuatro patas (un lujo) y, por supuesto, pagar las clases diarias de zumba que su esposa tomaba en un galpón cercano a la botillería, “no adelgaza nada la vieja eso sí, ¡Nada! Pero por lo menos llega cansada a la casa, y así no huevea tanto”, nos aseguró a mí y a mi viejo en cierta ocasión, con la cara llena de risa, “yo con eso duermo feliz… ni se imaginan cuánto… ni se lo imaginan”. Por lo mismo nos sorprendió tanto cuando nos enteramos que, luego de que la profesora de Historia del liceo más connotado del barrio fuese despedida por juntarse a fumar marihuana con los cabros de octavo después de clases, el flaco Lucho se había chantado un regio terno, luego fue a entregarle personalmente su currículum al director de dicho liceo y, para rematarla, aceptó gustoso las horas pedagógicas que le ofrecieron tomar de lunes a viernes. Era oficial, el flaco Lucho había vuelto a la docencia, y eso nos dejó a todos medios tiritones.

– ¿Qué te pasó Lucho por la rechucha? – Le preguntó mi viejo, quien lo esperó a la salida de centro educativo para pedirle explicaciones el mismo día en el que se supo la noticia – ¡No me digái que tu señora te obligó a volver a hacer clases para que dejarai la jarana! O sea, Lucho hueón, ¡Ni se te ocurra insinuar siquiera que vai a cerrar el clandestino! ¿O qué? ¿Vai a cerrar el clandestino acaso? ¡No po Lucho, no po! ¡Te lo prohíbo, en serio, te lo prohíbo! Escúchame Lucho, yo soy capaz de venir a quemar esa cagá de liceo pa’ que te quedí sin pega si es necesario, ¡Pero el clandestino no me lo cerrái! ¡No hueón, no me lo cerrái!
– Tranquilo compadre, tranquilo – le respondió el flaco Lucho, afirmando con ambos brazos un centenar de pruebas que se llevaba para revisar en la casa – sí, está bien, volví a hacer clases, es verdad, ¡Pero una cosa no quita la otra po compadrito! De noche me dedicaré a lo mío en el local pue, usted sabe: chupar con los amigos, ser el alma de la fiesta, entregarles a ustedes la dosis diaria de copete que necesitan para evadir la realidad, y al otro día, tempranito, me pegaré una lavadita de zanja y vendré a hacer clases con la mejor cara posible, ¿Me capta? Si al final… ¡Todos mis colegas son curaos po! Así como yo, algunos más incluso, y, por lo mismo, el tufo a tinto con el que llegaré cada mañana pasará piolita en la sala de profes, ¿Qué mejor?
– Pero Lucho, ¿Cómo tan hueón? Si estabai tan bien donde estabai, ¿Pa’ qué volviste a ser profe? A ver, dime, ¿Por qué quisiste hacer clases de nuevo?
– Puta, ¡Pa’ ganar plata po! Pa’ qué más iba a ser…
– Ya po Lucho, no te pongái bromista ahora, si te estoy hablando en serio.
– ¡Y yo también le estoy hablando en serio po compadre! Nunca le había hablado más en serio en mi vida: con esto de la pedagogía me voy a forrar, ya va a ver, espere un poco no más, el negocio se me va a ir pa arriba, ya va a ver, las ventas se me van a disparar.
– Pero… pero Lucho, ¿Me estái diciendo que, por volver a hacer clases, tu negocio va a tirar pa’ arriba? ¿Que tus ventas se van a disparar? A ver flaco, ¿Qué tiene que ver una hueá con la otra? ¡Ah, no! ¡Voh te volviste loco hueón! Dime la verdad, ¿Tu señora te hizo algo? ¿Te pegó un tetazo en la cabeza que te dejó tonto, o algo así?
– ¡Nada que ver compadre! Usted quédese tranquilo no más y confíe en mis decisiones, mire que yo en la vida he sido bueno sólo para dos cosas: hacer clases, y hacer negocios, ¡Para nada más! ¡Si ni para afilar tengo gracia! Y hoy, después de mucho tiempo, he descubierto finalmente cómo mezclar ambos talentos…
– No me diga compadre, ¿Y cómo sería eso?
– Ya va a ver compadre… ya va a ver…

Esa noche, de puro sapos, fuimos al clandestino del flaco a ver qué mierda se traía entre manos. Por un momento pensamos que le vendería copete a sus alumnos más rancios, o que, mínimo, intentaría convencer a los de cuarto para que hicieran su fiesta de graduación en el patio de su boliche, pero nuestras especulaciones distaban mucho de ser ciertas, y eso lo descubrimos cuando vimos al profe estrella ordenando cajas y cajas de materiales, mientras su señora colgaba un vistoso letrero que decía “Botillería & Bazar” donde antes decía, simplemente, “Botillería”.

– Don Lucho… – le dije atónito, observando el contenido de las cajas que repletaban su local – no me vaya a decir que…
– ¡Sí po Come Quesillo! ¿Qué te parece? – Me respondió con cara de loco, apuntando con su dedo índice a cada una de ellas – ¡Lorea! Mañana le daré como tarea al primero comprar un globo terráqueo, ¿Y qué tengo en esa caja de ahí? ¡Globos terráqueos po! ¡Decenas de globos terráqueos! ¡Compré todos los globos terráqueos de la fábrica de globos terráqueos! ¡Ja! Y pasado mañana les pediré a los de séptimo que compren pliegos y pliegos de cartulina negra para que dibujen la vía láctea, y a que no adivinas cuál es el único negocio del sector que tiene cartulina negra para vender por montones… ¡Éste po hueón! ¡Éste, y ninguno más! ¡Muajaja! Y mira, ahí a la izquierda está todo el material que necesitarán los octavos para hacer el volcán que les pedí pal’ próximo viernes, y allá encontrarás toda la plasticina blanca que requerirán los terceros para construir la maqueta de la Cordillera de los Andes que les pedí pal’ mes siguiente, ¡Muajajaja! Por acá tenemos comidas y bebidas tradicionales para celebrar el año mapuche, actividad en la que tiene que participar y costear todo el liceo por obligación, y frente a ti están los trajes típicos que tendrán que comprar los cuartos medios para las fiestas patrias: pascuenses, chilotes, huasos, ¡Y hasta de la tirana chuchetumare! ¡Si lo tengo todo hueón! ¡Lo tengo todo! ¡Voy a darles trabajos todo el año a estos pendejos! ¡Los haré gastar y gastar plata en materiales hueones! ¿Y lo mejor? ¡Materiales que sólo yo tengo en venta! ¡Sólo yo, y nadie más que yo! ¡Muajajajaja! ¡Muajajajaja!
– Don Lucho – le dije, consternado ante su risa maléfica – déjeme decirle algo… usted es diabólico don Lucho… usted es diabólico…
– No Matías, no te confundas – me respondió, golpeando la mesa fuertemente con su palma abierta – yo soy profe, nada más que eso, y es el sistema el que me ha convertido en un ser diabólico…

Luego de tal revelación, los tres nos fuimos al patio del clandestino a pensar en nuevas ideas para que el emprendimiento del profe Lucho fuese aún más exitoso. Lamentablemente, no anotamos ni una, y ya de madrugada, borrachos a más no poder, con mi viejo nos arrancamos sigilosamente luego de que a este pastel se le ocurriera limpiarse el hoyo con una pila de pruebas que don Luís tenía para revisar sobre su velador. Menos mal que el flaco no se dio ni cuenta, y todo gracias a que yacía dormido bajo una de las mesas de su clandestino, cubierto con una enorme línea de tiempo confeccionada con las cartulinas que un iluso estudiante le compró a él mismo.

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