27 May

Capítulo 209: 4 lucas

– Matías, te diré esto una pura vez, y no quiero que me cuestiones, sólo que me hagas caso, ¿Estamos? – Me dijo con tono severo la Coni, la más insoportable de mis exs, por allá por el lejano año 2004 – ¡Llévame a un motel cuanto antes, Matías! Y te estoy hablando en serio, ¡Me tienes que llevar a un motel! Pero no a cualquier motel, ¡A un motel de lujo! ¡Y es una orden! Te amo…
– ¿A un motel? ¿Y a qué? – Le pregunté, sin pensar antes de hablar.
– ¿A qué más va a ser? ¡A culiar po, ahueonao! Todas mis amigas tienen pololos o pinches que las invitan a los moteles más caros de Santiago, ¿Y tú? ¿Adónde me has invitado? ¡A ninguna parte parte po! El lugar más fino en el que me lo has metido es en la cama de tu mamá, ¡Y sus sábanas estaban más tiesas que las tuyas, Matías! ¡Qué asco! Mira Mati, mi sueño es hacerlo en un jacuzzi, o en un sofá de cuero, o en una cama de agua, o en un cuarto lleno de espejos y cámaras oculta… ¡Así que llévame a un motel hueón! ¡En serio, ahora mismo, llévame a un motel! Te amo, así caleta te amo…
– Coni, creo que estás exagerando…
– ¿Yo? ¿Exagerando? ¡Nuestra primera vez fue detrás de un paradero, Matías por la chucha! ¡De un paradero! ¡Y al lado de un curao culiao que se hacía el dormido mientras se pajeaba mirándonos!
– Pero si tú quisiste hacerlo ahí po Coni… es más, me dijiste que te calentabas cuando te miraban, por eso gemiste a todo volumen hasta que despertaste a ese pobre borrachito, ¡Si incluso te vi tirándole besos y haciéndole ojitos po! ¿O ya no te acuerdas de eso acaso?
– ¡Claro, y también recuerdo que tú no hiciste nada para detenerme! Te lo he dicho en todos los tonos Matías: cuando ando caliente, me pongo hueona; y ahora, te juro, estoy más hueona que nunca, así que dime, ¿Me invitarás a un motel, o me busco a otro pololo que me invite? ¿Qué decides? Te amo, en serio que te amo…

Y la invité a un motel po, cómo no, pero más de califa que de macabeo… o en realidad no sé, eso da lo mismo, el punto es que la Coni tenía un poder de convencimiento increíble, sólo le bastaba con lanzarme un par de chuchadas a grito limpio, unas amenazas terroristas, unas palabras manipuladoras, y ya me tenía comiendo de su mano… Aunque nuestra noche especial no llegó de inmediato, no señor, porque en aquella época sacarle plata a mis viejos era una misión prácticamente imposible, mucho peor que ahora… además, y debido a que estaba en mi primer año de universidad, las pocas chauchas que obtenía por ahí las gastaba en fotocopias que nunca leía, sánguches de pan con mortadela lisa que engullía a la hora de almuerzo y una que otra chela de mala marca que me zampaba al seco para evadir mi triste realidad. Exactamente, fueron 4 lucas las que logré juntar para la noche de pasión con mi amada novia, 4 lucas en puras monedas de $10 y $50 que mi viejo me pasó a cambio de que le regalara la tele de 32 pulgadas que mi mamá me había dado para la navidad, más mi bicicleta de paseo y la mitad de la ropa que tenía en su casa, aunque nada de eso me importó, lo material me daba lo mismo, ¿Y cómo podría ser de otro modo, si la carita de felicidad que puso la Coni cuando le conté que al fin iríamos a un motel compensó cualquier tipo de mal rato? Aunque bueno, la verdad es que esa carita de felicidad le duró bien poco, y todo porque, cuando llegamos al famoso motel, encontró que era más feo que el tajo de la pichula, y todo fue de mal en peor cuando la recepcionista, después de que le entregara la bolsita con todas las monedas que llevaba para pagar el momento, nos pasara un destornillador y nos indicara que teníamos que meterlo en un hoyito que tenía la puerta de la pieza para poder abrirla, ya que el picaporte estaba malo. No dije nada, caminé hacia la habitación de 4 lucas imaginando lo peor, mientras la Coni me seguía mirando con cara de “a la hueá rasca que me trajiste, perro culiao”, pero milagrosamente, y frente a todo pronóstico, el cuarto resultó ser de lo más cachilupi: chiquitito, pero acogedor; con poquita ornamentación, pero ordenado; sin cama de agua, ni espejos ni porno en la tele, pero sí olorosito, luminoso y con un colchón blandito. La Coni, aún no muy convencida, me dijo cortante: “voy al baño, me echaré una lavá’. Espérame en pelota”, y yo, obediente como siempre, me quité todo para que, cuando mi amada saliera del baño, me encontrara encima de la cama completamente desnudo, sin nada de ropa, sin nada, lo que es nada, y en eso estaba cuando de pronto, al correr el plumón hacia atrás, noté que las sábanas no estaban muy limpias que digamos… o sea, no era para tanto tampoco, aunque no sé, igual pensé que a la Coni le podría dar asco, por ejemplo, la sospechosa mancha de sangre que destacaba en la esquina izquierda, o el parche curita que misteriosamente estaba pegado justo al medio de aquel arrugado trozo de tela, o el envoltorio de condón que descansaba abierto debajo de las almohadas. Qué hacer, por la chucha, qué hacer, pensé rápidamente, y la solución más sencilla se me vino a la cabeza justo cuando mi enamorada salió del baño y, aún secándose sus partes nobles, me dijo que estaba preparada para recibir lo que tuviera para darle, aunque fuese poquito y rapidito.

– ¡Coni, mi amor, tengo una idea! – Le dije, haciéndome el motivado, y buscando alejarla de aquella cama insalubre – ¡Salgamos de lo común, olvidémonos de la rutina y no hagamos nada convencional! ¿Te tinca?
– ¿A qué quieres llegar Matías? No me digas que estái con esa idea de que te meta el dedo en el poto de nuevo, ya hablamos de eso una vez, ¿No te acuerdas?
– ¡No, mi vida, no, tranquila! Me refiero a que probemos algo nuevo, sensaciones distintas ¿Para qué vamos a tirar en una cama, igual que siempre? ¡Culiemos aquí mismo, en el suelo, mira, la alfombra se ve calientita! ¿Qué me dices?
– Ay Matías, pero qué pervertido, ¿Estás seguro? No quiero hacerte daño, recuerda que hacer el amor contigo es lo más parecido que hay a hacerlo con otra mujer, así que igual preferiría tratarte con más cuidado…
– ¡Démosle no más mi amor! ¡Qué tanta hueá, si yo soy más rudo que la cresta! ¡A la chucha la cama, yo te quiero aquí!
– Bueno Matías, pero después no te quejes hueoncito, porque te dejaré viendo estrellas… cierra los ojos, allá voy…

Y dicho esto, la Coni se arodilló frente a mí y, agarrando cuidadosamente mi humanidad entre su índice y su pulgar, comenzó a… cómo decirlo suavemente… comenzó a cornetearme, así tal cual, a lamerme el cogote de pavo de punta a punta, con esos labios suaves que me recorrían con una destreza profesional, y qué decir de su lengua, su lengua gruesa y húmeda que parecía tener vida propia, su lengua coqueta decorada con aquel enorme piercing en forma de pesa… ese piercing… ese piercing… ese piercing…

– ¡Ah conchesumare! ¡Duele, duele, duele! – Grité desconsolado, al sentir un fuerte tirón en mi zona pélvica – ¡Mierda, mierda, me arde, por la mierda!

La Coni se alejó dificultosamente de un solo golpe y, mientras aún tenía la boca abierta, pude observar como una decena de mis vellos púbicos se iban enredados en aquel piercing que se había hecho hace poco en el centro de su lengua, “¡Me quedó un pelón arriba de la tula, mira, me sacaste los pendejos de raíz por la chucha!”, Continué cacareando, observando con estupor como la zona afectada se tornaba rojiza, sin reparar en que la Coni, mi amada Coni, estaba haciendo arcadas mientras intentaba desenredar aquella espesa bola de pelos que ahora alojaba dentro su boca.

Al final no afilamos nada, las 4 lucas las perdí, y el vómito de la Coni, ese vómito mezclado con pendejos que salió disparado de su boca como si fuese un grifo, no fue más que una nueva medalla en aquellas sábanas plagadas de recuerdos amatorios.

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