09 May

Capítulo 21: La operación

Hace un año salí a celebrar solo el Día de San Valentín a un pub de Bellavista. Y digo “celebrar” porque, tal como me enseñó mi padre, el día del amor es la oportunidad perfecta para pescarse a alguna muchacha que ande vulnerable y en la búsqueda del príncipe azul. La verdad es que siempre evito poner en práctica las enseñanzas de mi viejo, pero de veras sentía las bolas hinchadas por culpa de los meses que llevaba sin remojar el cochayuyo. Y todo resultó a la perfección: me apoyé en la barra, pedí una piscola, llegó una mina a pedirle fuego al barman para salir a fumar, le dije que yo tenía y que la podía acompañar, y listo. Me contó que se llamaba… no, no me acuerdo, pero estudiaba… algo relacionado con la salud, tampoco me acuerdo, quizás enfermería, quizás fonoaudiología, quizás kinesiología, no sé, el punto es que estaba por cursar el último año de su carrera y no hablaba más que de eso. La invité a tomarse unas piscolas y aceptó, aunque aprovechaba cada momento para darme cátedras sobre lo dañino que era el copete para la salud y bla bla bla… rara su preocupación en todo caso, porque tomaba como condenada y salía a fumar a cada rato. El punto es que le bajó el romanticismo a la comadre, me invitó a su departamento a ver una película mamona y, como a veces soy fácil, acepté. No vimos ni una hueá de película al final porque, apenas abrió la puerta, nos lanzamos a su cama como animales y comenzamos a ponerle. Era rara la mina, en vez de decirme cosas calentonas o motivadoras, me susurraba “me preocupan tus gemidos, deberías ir a verte”; cuando me saqué la polera me dijo jadeando “tienes un lunar sospechoso en tu espalda, deberías ir a verte”; cuando le agarré una pechuga me dijo al oído “tienes las manos resecas, deberías ir a verte”, y así en todo momento, una lata, aunque de todas formas lo más raro vino después, cuando la súper analista pescó mis presas y me dijo “tienes un testículo demasiado hinchado, deberías ir a verte”, “sí sé”, le contesté, intentando hacer una broma, “es porque no tiro hace tiempo, así que estoy acumulado”, “no se trata de eso”, me respondió, “en serio tienes un testículo muy inflamado, mira, agárratelo”. Puta madre, la sicópata de la salud tenía razón, así que me la tiré, me dormí y al otro día fui donde un veterinario amigo que me confirmó el problemita. Al lunes siguiente visité a un urólogo que, luego de tomarme la bola izquierda, apretarla y zamarrearla, me diagnosticó hidrocele. “¿Qué es esa hueá, doctor?”, Le pregunté, “en pocas, palabras, tienes agua en el testículo, así que hay que abrirlo y drenarlo”, me respondió. Sonaba doloroso, pero filo, le pedí que programara la operación para esa misma semana y así lo hizo. “Matías”, me dijo antes de retirarme de su consulta, “vas a estar más de dos semanas en cama, con dolores fuertes y casi sin poder caminar los primeros días… así que alguien tiene que cuidarte, atenderte y preocuparse por ti, ¿Está bien?”. Y no, no estaba bien para nada, toda mi familia andaba visitando a unos tíos del sur… bueno, casi toda mi familia… mi viejo estaba en Santiago.

La hice piolita, ingresé a la clínica un día viernes y no le avisé a nadie, prefería cuidarme solo y pedir pizzas a domicilio cuando llegara al departamento. Y todo resultó de lo más normal, me pusieron ese trajecito que te deja el poto al aire, me depilaron las bolas, me metieron un montón de jeringas y me operaron. Tal como sospeché, el dolor posterior fue de locos, se sentía como si alguien te pusiera una patada en las huevas cada 10 minutos, pero me hice el valiente y aguanté hasta que me dieron de alta. Y ahí vino el problema, porque me prohibieron llamar a un taxi para irme solo, “alguien tiene que venir a retirarlo, sí o sí”, me dijo la enfermera. No me quedaba otra, apenas podía caminar, así que me tragué mis prejuicios y llamé a mi viejo, “ven en radio taxi”, le dije, “yo lo pago cuando estés acá”. Llegó a las 2 horas, y se excusó diciendo que usó el vehículo para unos trámites personales, aprovechando que la tarifa la pagaría yo. Salió cara la hueá. Durante el camino a su casa no hablamos nada, porque le pedí que se fuera en el asiento del copiloto para poder echarme atrás. Recién al llegar, y luego de que me acosté, le picó el bichito de la curiosidad y se sentó a mi lado.

– ¿Qué te pasó Mati hueón? – Me preguntó entre risas – ¿Te andabai alargando la tula?
– No estoy para bromas viejo, me duele más que la cresta, por eso necesito quedarme en tu casa un par de días, o por lo menos hasta poder caminar sin dolor.
– ¡No hay problema po hijo! ¿Cuándo te he dejado de lado yo a voh?
– Mira – le dije entregándole un sobre con varios billetes de 20 lucas – te voy a pasar esta plata para que compres cosas para comer o para cualquier otro gasto, no te preocupes por los costos, sólo necesito que, a medida que lo vaya necesitando, me traigas comida a la cama, nada más que eso, ¿Crees que te la puedas?
– ¡Pero claro po Mati hueón! ¡Yo te voy a atender como un rey! ¡Tal como atendía a tu madre antes de que me cambiara por el hueco del Pato!
– No te quitaré mucho tiempo viejo – le dije con voz de dolor – apenas me sienta mejor me devuelvo a mi departamento.
– ¡Oye pero cuéntame de qué te operaste po! – Me interrumpió – No me digái que andabai haciéndote un cambio de sexo…
– Me operé de un testículo… tenía agua, así que me lo tuvieron que abrir para estrujarlo.
– ¡Ah conchesumare! ¡No hay cosa peor que el dolor de huevas! ¿Puedo ver?
– ¡No viejo, cómo se te ocurre!
– Ya po Mati, si estamos en confianza – me dijo mientras levantaba las sábanas, me corría el parche y dejaba al descubierto mis bolas depiladas. Por culpa del dolor apenas me resistí – ¡El manso tajo Mati hueón! ¡La cagó!
– ¿La dura? No me he mirado.
– Sí Matías – me dijo un poco más serio – ¿Sabes qué? Desde hoy bautizaré a tus huevas como “la bonita” y “la de la cicatriz”.
– Pero viejo… necesito tu apoyo, no que me molestes.
– ¡Jajaja! “La bonita” y “la de la cicatriz”, me salió buena la talla, voy a ir a contársela al flaco Lucho y vuelvo, no me demoraré nada, quizás me tome una pilsoca, ¡Pero nada más!
– Viejo, recuerda que necesito que me cuides, para eso te pasé la plata.
– ¡Si voy y vuelvo Mati! ¡Espérame despierto!

Volvió a los 3 días. Por lo menos llegó con un pan con mortadela y una bebida Fruna. Mi viejo es como las huevas… Pero no como cualquier hueva, como mi hueva. La de la cicatriz, no la bonita.

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