09 Jun

Capítulo 212: El disfraz

Cuando tenía 11 años experimenté, por lejos, la etapa más colorida de mi vida. No sabría explicar el porqué, pero de un día para otro me dio por escuchar mucho, muchísimo mucho, a los Guns N’ Roses, tanto así que llegué a tener no uno, ni dos, sino tres posters de la banda gringa pegados en la pared de mi pieza, ¡Tres! Y en todos ellos sobresalía mi gran ídolo de infancia, Axl Rose, luciendo sus pañoletas amarradas en la frente, su larga cabellera rubia y sus poleras desgastadas que dejaban al descubierto sus largos brazos tatuados. Puta que encontraba bacán a Axl Rose, estaba obsesionado con él, lo admito, y por lo mismo ni siquiera la dudé cuando, a fines de ese año, le dije a mis papás que me quería disfrazar de él para la fiesta temática que estaba organizando mi curso, seguro de que mis compañeritas caerían desmayadas cuando me vieran entrar así vestido a la sala, y que luego, mínimo, se me colgarían al cuello para taparme a besos y arrumacos.

– ¿Que querí ir vestido como quién? – Me consultó mi mamá, confundida ante mi curiosa solicitud.
– Como Axl Rose, vieja, mi cantante favorito, qué onda, no cachái na’ – respondí, con voz abacanada.
– ¿Cómo ese colipato? – Se metió mi viejo, con el tino que tanto lo caracteriza – ¿Y por qué no vai vestido de momia mejor? Compramos unos rollos de papel Confort y listo, se acabó el hueveo.
– ¡No po papá, qué onda, o sea, eso es muy fome! – Respondí, mirándolo con cara de “viejo, no cachái na’” – ¡Ya po, si no les estoy pidiendo ninguna cosa del otro mundo! Sólo me tienen que comprar una peluca rubia, y yo me encargo del resto.
– ¿Una peluca rubia? – Dijo mi vieja – ¿Seguro? ¿Eso es todo?
– Sí po, o sea, si les saldrá súper barato, ¿Cachái? Cúmplanme este sueño, o sea, qué onda, si yo nunca les pido nada, y esto es todo lo que quiero, o sea, no cachan na’.
– Puta hijo – respondió mi viejo – Si te traigo lo que nos estás pidiendo, ¿Dejarás de hablar como ahueonao?
– Sí po viejo, o sea, qué onda, o sea, obvio.
– Ya, no se hable más, espérenme aquí mismito, voy donde mi compadre Lucho y vuelvo al tiro, ¡Calmao!

Pese a que mis pronósticos eran pesimistas, ni 10 minutos pasaron cuando mi viejo volvió del clandestino de su compadre y, con cara triunfante, me entregó una peluca rubia hedionda a tabaco mezclado con colonia Coral. Ni siquiera me quejé, ¿Y por qué iba a hacerlo? Esa cabellera artificial gastada lucía exactamente igual al pelo de Axl, y el día del evento sólo me bastó con chantarme la chaqueta de cuero de mi madre, unos pantalones viejos que me quedaban apretaditos y unos regios lentes de sol para darle rudeza al personaje, y así, luciendo mi peluca rubia al viento como una verdadera leyenda del rock, entré al colegio dispuesto a sacarme fotos y a darle autógrafos a quien me los pidiera.

– ¡Cómo le va pue’ Matías! – Me saludó atento don Checho, el portero de la escuela, dándome un pequeño golpecito en el hombro.
– Hello mister Checho – le respondí, metido absolutamente en el personaje.
– Oiga Matías, permítame felicitarlo por su disfraz pue’.
– Muchas gracias, mister Checho, en serio, thank you, thank you very much.
– Sí, déjeme decirle que, por lejos, es el disfraz de maraca más lindo que he visto… y eso que yo he visto muchos.
– Graci… ¿Espere? ¿Cómo dijo?
– Que está muy bien logrado su disfraz de maraca pue’ Matías, y en serio he visto montones… y si no me cree, pregúntele a su taita no más, ¡Jajajaja! Ay, de las tonteras que me acuerdo; calla, Checho, calla…
– ¡Pero don Checho, de qué está hablando! ¡O sea, qué onda! Éste es un disfraz de Axl Rose, el mejor cantante del universo, o sea…
– ¿Axel qué? Perdóneme Matías, pero esa peluca es de maraca… y qué decir de la pinta, esos pantalones hablan solitos, mírelos, si dicen “soy una maraca” por todos lados, ¿O me va a decir que no?
– ¡No po don Checho! ¡Soy Axl Rose! ¡Axl Rose, y nada más!

Y dicho esto, me fui indignado hacia el patio del colegio, donde busqué con la mirada a mi mejor amigo, el pelao Ulises, quien andaba disfrazado de osito, para hablarle del mal rato que acababa de pasar.

– ¡Ulises! ¡Ulises, soy yo, el Matías! – Dije, quitándome los lentes y corriéndome delicadamente el pelo de la cara.
– ¿Mati? ¿Matías? ¡No lo puedo creer! ¡Hueón, ese disfraz de maraca te queda di-vi-no! ¡Por qué no me avisaste que vendrías así! ¡Me hubiese vestido igual para acompañarte! ¡Qué envidia hueón, qué envidia!
– ¡Que no soy una maraca por la chucha! ¡Soy Axl Rose! ¡Axl Rose!
– Ay amigo, no tienes para qué avergonzarte, sé que es difícil aceptar que te gusta vestirte así, pero créeme, cuando yo le saco los vestidos a mi mamá y me los pruebo en el baño, me siento…
– ¡Ulises, cállate hueón! ¡Te digo que no soy una maraca! ¡No soy una maraca!

Hirviendo de rabia, me fui a paso firme hacia la sala de clases, mientras escuchaba que, a mis espaldas, todos los niños comentaban “mira, qué bacán, él vino disfrazado de maraca”, los profesores susurraban “el Matías vino de maraca… igual le viene el traje” y los auxiliares gritaban “¡Presta el disfraz de maraca pa’ pasárselo a mi señora a la noche! ¡Aunque no le quedará tan bien como a voh eso sí oh!”. Dentro de la sala, me senté en mi puesto amurrado, mirando como mis compañeritos hacían su ingreso vestidos de vampiros, piratas, princesas y personajes de Cachureos, saludándome con las caras llenas de risa, y piropeándome por lo bien que me veía vestido de maraca. No pronuncié palabra alguna, crucé mis brazos y ahí me quedé hasta que hizo su ingreso la profesora, quien dijo que nos veíamos todos hermosos y que deseaba que lo pasáramos chancho aquel día.

La convivencia comenzó sin mayores inconvenientes, todos mis compañeros bailaron y se rieron de lo lindo, mientras yo me quedé en un rincón evitando socializar con cualquiera de ellos; hasta que un momento, y como parte de la dinámica de aquel día, la profesora nos pidió uno a uno que pasáramos adelante y dijéramos en voz alta de qué andábamos disfrazados, y fue tanta mi mala cuea, pero tanta tanta, que me tocó salir de los primeros.

– ¿Cómo está Matías?
– Bien profesora – dije desanimado, mientras todo el curso me observaba atentamente.
– Qué bonito su disfraz oiga, ¿Quién se lo hizo?
– Me lo hice yo solito – respondí, casi sin alzar la vista.
– ¡Mire, qué lindo! ¡Nos salió bien talentoso usted ah! ¿Y de qué es? A ver, cuéntenos.

En ese momento, miré de frente a todos mis compañeros y, alzando la voz, respondí lo primero que me salió desde el fondo de mi corazón.

– Es de maraca, señorita… vine vestido de maraca…

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