16 Jun

Capítulo 214: “Master Chef con copete”

– ¡Cabros! ¡Se me acaba de ocurrir el mejor concurso de la historia de los concursos pa’ curaos! – Clamó de la nada el flaco Lucho, con la clara intención de fomentar el hueveo dentro de su clandestino.
– A ver don Lucho, cuente, cuente – le respondí canchero, aunque temiendo por dentro que saliera con algo parecido al “Festival de disfraces pal pico”, o al “Teto olímpico grecorromano”, juegos de mierda que me quitaron toda la dignidad en su momento.
– ¿Han visto “Master Chef” en el 13? ¿Ese programa donde unos pelagatos sirven comida chiquitita dentro de platos muy grandes, y los decoran con ramitas y hueaitas que no se comen, y después unos jueces, que se nota que no han disfrutado de un buen charqui en sus vidas, les dan una probadita toda cagona y eligen al más pulento? Bueno, yo quiero hacer una competencia parecida, pero con copete… se llamará… ehhhh… ¡”Master Chef con copete”!, Sí, así mismito se llamará.
– Pero don Lucho – repuse, con un dejo de arrogancia – ¿No será mejor que le ponga “Master Barman”? Es como lo más lógico po, ¿O no?
– ¿De qué me estái hablando, Come Quesillo hueón? ¡Madura, saco e’ hueas! ¿Qué tienen que ver los superhéroes en todo esto? ¡Na’ de Master Batman ni Master Superman ni Master Chapulín Colorado ni Master nada! ¡”Master Chef con Copete” se llamará la hueá! Y voh, por gil, quedái fuera del concurso y vai a tener que ser jurado junto conmigo, ¿Estamos?

Puta, pensé, por un lado me perderé los tremendos premios que el flaco Lucho ofreció para el ganador de tan distinguido torneo (un mes de charqui en su clandestino y, el trofeo mayor, la posibilidad de echarle hielo ilimitado a las piscolas por tres semanas consecutivas), pero, por otro lado, siendo jurado podría probar gratis todos los tragos que los participantes pondrían frente a nosotros, así que pensé positivo, me comí un pan con mortadela lisa pa’ afirmar la guata y le dije a don Lucho que le diéramos no más, porque este servidor estaba listo para elegir el mejor trago de la primera versión del “Master Chef con Copete”, un nuevo logro para mi currículum, un nuevo desafío para mi ranciedad.

Por órdenes del flaco Lucho, los competidores debieron traer sus tragos preparados desde la casa, “¡Miren que no quiero que ni un hueón saque de mi copete para hacer sus hueás!”, Señaló, y, ya iniciado el certamen, el primero en plantarse frente a nosotros fue el Payaso Chispita, quien puso sobre la mesa dos vasitos en extremo pequeños, ante la mirada atenta de todos quienes conocemos lo hueón que es.

– Cuéntenos, señor Payaso – le dije, metido en el personaje – ¿En qué consiste su preparación?
– La verdad, querido jurado – respondió el Chispita, llenando los vasos con un extraño líquido que traía guardado en su chiporro – es que yo tengo una teoría, y mi teoría, estimados, es que el único trago que ilumina… es el que arde…

Y dicho esto, se echó a la boca el último conchito de aquel extraño líquido y, poniendo un fósforo encendido frente a sus labios, expulsó una enorme llama que le agarró parte del brazo y, de paso, encendió los vasitos dispuestos para mí y el flaco Lucho. Rápidamente tiramos al Chispita al suelo para apagarlo a punta de meado y escupos y luego, siguiendo con nuestra labor profesional, probamos su copete flameado, el cual tenía un sabor de mierda entre ácido y podrido, pero, para verle el lado positivo, igual nos dejó medios tambaleados, lo cual le sumó puntos, sin lugar a dudas.

Posteriormente le tocó el turno del chico Maicol, el dueño de la farmacia-clandestino más connotada del barrio. El chico, penca como él solo, nos sirvió dos vasos repletos de un líquido que parecía ser cerveza y, para darles un toque especial, les tiró un montón de pastillas de todos los colores y tamaños, las cuales sacó de su bolsillo en ese mismo momento. Con el flaco miramos los vasos con cierta desconfianza, los olimos, los zampamos de un solo golpe y, pese a nuestros miedos, no sentimos nada del otro mundo, sólo un leve gustillo a aceite refrito, ají y crema de leche vencida. No podíamos esperar más del chico Maicol tampoco, mal que mal el viejo es más fome que cacha de mudos, así que le dimos las gracias y lo invitamos a tomar asiento en silencio, mientras continuábamos con los concursantes que realmente valían la pena.

Durante los minutos que siguieron, una decena de viejos chicheros desfilaron frente a nuestra mesa, y todos ellos presentaron preparaciones relativamente similares: tragos desvanecidos, espesos, de gusto agridulce y picantes al contacto con el paladar. Con el flaco ya estábamos arriba de la pelota a más no poder cuando le llegó el turno al último participante, mi viejo, quien venía con un par de vasos cuyo contenido era similar al de una piscola, pero ambos a medio tomar y, para mi desgracia, sin hielo.

– Compadre Lucho… Mati hueón… sírvanse…
– ¿Qué es esto compadre? – Preguntó el flaco Lucho – Parece que se lo estuvo tomando antes de traerlo pa’ acá pue, y eso no se hace.
– ¡Es que me quedó irresistible po’ compadre Lucho! Pruébenlo no más, van a quedar encantados, lo bauticé como “El Araucano”, y lo inventé yo mismo cuando hice el servicio militar.
– A ver… – dije curioso, dándole un gran sorbo a mi vaso – ¡Pero viejo, esto es una piscola común y corriente! Aunque con un breve toquecito de… ¿Qué es? ¿Merquén?
– No po, Come Quesillo – se metió el flaco Lucho – claramente lo que le echó mi compadre a este brebaje fue un chorrito de tabasco y un puñado de sal, ¿O no, amigo mío?
– Claro que no, están los dos equivocados – respondió mi viejo, sonriente – lo que hace especial a mi trago, y tomen apunte de esto, para que luego lo preparen en sus casas, es que lo revuelvo con la tula.
– Perdón, ¿Con qué? – Consulté confundido, creyendo que, en mi borrachera, había escuchado mal.
– Con la tula, obvio, mira, te cuento: le tiras pisco y bebida a un vaso de boca ancha y luego, para mezclar los ingredientes, le metes la corneta y comienzas a revolver hasta que se te duerma… esa es la señal que indica que el trago quedó bueno, ¿Qué les parece? ¿Quieren un poquito más? Tengo un bidón lleno allá atrás.

Con el flaco Lucho comenzamos a hacer arcadas casi de inmediato, las cuales pudimos controlar gracias al ataque de ira que nos comenzó a brotar al mismo tiempo.

– ¡Pero compadre, por la rechucha! – Gritó el flaco, tirando el vaso lejos – ¡Cómo se le ocurre meterle la diuca al copete! ¡Esa hueá no es de hombres po mi amigo! ¡Con razón estaba tan salada la hueá! ¿Y ustedes, borrachos culiaos? – Dijo más fuerte, dirigiéndose al resto de los participantes – ¿Alguno de ustedes hizo la misma hueá? ¿Alguno revolvió el copete con el pirulo antes de servírnoslo?

Lentamente, y con la cabeza gacha, cada uno de los presentes alzó la mano en señal de culpa, aunque igual se sentían unas leves carcajadas que retumbaron con potencia en nuestra dignidad. El flaco Lucho los miró molesto, luego cerró los ojos, saboreó sus labios por un momento y, cuando todos esperábamos que reaccionara para armar un escándalo de proporciones bíblicas, sólo se limitó a abrir la boca para decir: “mi compadre es el ganador… definitivamente, la suya sabe más rica”. Me imagino que se refería a la piscola… o al menos, eso espero…

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