19 Jun

Capítulo 216: Araucanos

Hace algunos días, y en un ataque de ranciedad sin precedentes, mi viejo trajo al clandestino del flaco Lucho el trago sensación de la temporada, “El Araucano”, que no es más que una piscola común y corriente, con 70% de pisco y 30% bebida como cualquier otra, pero que se debe revolver exclusivamente con la tula… repito, no con el dedo, no con bombillas, sino que con la tula, lo cual no hace más que otorgarle todo ese gustillo autóctono y tradicional, entre salado y picante, tan típico del pueblo chileno.

Luego de dos días de ardua tomatera, y preocupado por la escasa salubridad de su local, el flaco Lucho golpeó la mesa y nos pidió que dejáramos de meter la diuca dentro de todos los vasos que se nos cruzaran: “Está bien que nos guste darle el toque mágico a nuestros copetes”, dijo, haciendo una suerte de mea culpa, “¡Pero por lo menos metamos una tula por piscola po’ cabros! ¡No seamos tan golosos tampoco!”. Igual el flaco tenía razón, quizás qué cochinada nos podríamos pegar si continuábamos con esas malas prácticas, así que, en ese mismo momento, le regalamos todos los vasos usados al negro Fidel, el dueño del otro clandestino del barrio, y fuimos en patota al bazar “Todo a $500” que está por ahí cerquita para comprar un juego de vasos nuevecito y libre de parásitos.

Esa noche nos descontrolamos en mala… tanto así, que el flaco Lucho juraba que le había dado hipotermia en el regalón por tenerlo tanto rato en contacto con el hielo de sus piscolas, y a mí se me llegó a arrugar el cuero de la corneta por tenerla sumergida dentro mi vaso por casi media hora, así como cuando se te arrugan los dedos cuando te das un baño de tina. Mi viejo, por su parte, estaba fascinado: había olvidado lo mucho que le gustaba tomar un Araucano tras otro, su trago favorito en aquella lejana época juvenil, y por lo mismo entró en estado de euforia y me dijo algo que nunca pensé que me diría:

– ¡Mati! ¡Quiero ir a una discoteca! ¡Llévame a una discoteca ahora mismo!
– Pero viejo – le respondí, sabiendo que hablaba desde la borrachera – míranos, estamos impresentables… ¿Hace cuánto no nos bañamos? Y ese chaleco con el que andas… ¿No es acaso el que usa el flaco como trapo para limpiar el baño cuando se lo mean entero? No, olvídalo viejo, ni siquiera creo que nos dejen entrar.
– ¡Puta que erí negativo Mati hueón! Vamos a una de esas discotecas alternativas a las que vai voh no más, si esas están llenas de gente rara que se viste como el pico, ¡Si yo he visto en tu Facebook las fotos que te sacái ahí po! Van hasta pailones disfrazados de zombies y vampiros, y creí que no nos van a dejar entrar, ¡Na’ que ver!
– ¿Sabí qué? Puede que tengái razón… ¡Ya, vamos! Pero viejo…
– ¿Qué querí, Mati hueón?
– ¡Ni se te ocurra prepararte un Araucano en la disco! ¡No, no, no, prohibido! ¡Porque ahí sí que nos echan cagando!
– Pero hijo, por la chucha, ¿Con quién creí que estái hablando? ¿Qué imagen tení de mí, Matías por la cresta? ¡Yo soy un hombre decente! Me ofendería y te dejaría hablando solo, fíjate, pero en serio ando prendido y quiero ir a esa discoteca, así que espérame que voy a tirarle un peo en la cara al flaco Lucho y nos vamos, ¿Estamos, hueón mal hablado?

Nunca antes se me había siquiera pasado por la mente invitar a mi viejo a una disco, los motivos eran obvios y ni siquiera vale la pena enumerarlos, pero ahí estábamos hombro con hombro, dando vueltas alrededor de la pista y hablando a grito pelado para entender lo que quisiéramos decirnos. En un principio, la rutina discotequera fue la de siempre: preguntarle a un par de minas si querían bailar, escuchar un rotundo “no” por respuesta, y seguir participando; pero mi padre, con la personalidad que lo caracteriza, se metió cara de palo al medio de un círculo de chicas ya mayores que meneaban las caderas cerca de la barra, realizó una serie de pasos ochenteros y, tal como en las películas gringas, todas comenzaron a seguirlo y a celebrarle cada estupidez que hacía. “Por la chucha”, pensé, agarrándome la cabeza, “ése fue el secreto para triunfar en las discos todo este tiempo: actuar como aheonao, quién lo hubiese dicho”, mientras mi viejo me tomaba del brazo y me presentaba a las señoras como “su hermano colipato, pero con muchas ganas de probar algo nuevo”. La situación era más que absurda, pero ampliamente favorable: gracias a los encantos de mi padre me iba a saltar la liebre, algo impensado tiempo atrás, y que sólo en el contexto de una disco podía suceder. Y es que claro, en una disco todo es distinto: el ambiente te invita a desinhibirte, a olvidar los prejuicios y a bailar con cualquiera, y en este caso esos “cualquiera” éramos nosotros, padre e hijo que lo estaban dejando todo en la pista, y fue tanto lo que nos lucimos que al finalizar la noche, cuando tocaban un lento de no sé quién, terminamos bailando con las dos chicas más guapas del grupo: mi viejo con una rubia cincuentona dueña de un café con piernas en el centro, y yo con una de sus lindas trabajadoras, una morena de treinta y tantos, con la que cual tuve química de inmediato.

– ¿Y qué dicen chiquillas? – Preguntó mi viejo, cuando encendieron las luces en señal de que la fiesta llegaba a su fin – Podríamos rematar la noche en el departamento de mi hij… ¡Hermano! Perdón, hermano, ¿Les parece?
– ¡Ya po! – Respondió cocoroca la lola morena, arreglándose el escote con una mano y sobajeándome el paquete con la otra.
– ¡Estamos listos! Pidamos los últimos copetes pal’ camino, y partimos… Matías, ¿Me prestas mi billetera por favor?
– ¿Tu billetera? Pero si tú no tienes billetera, siempre has guardado la plata en una bolsita. Ésta es la única billetera que tengo y es la mía po, mira, acá está mi carnet, dice…
– ¡Sí, ésa es la mía! De seguro la tomaste por error, saco e’ hueas – me interrumpió, quitándomela con un ágil movimiento de manos – ¡Ya cabras, voy y vuelvo, no se muevan! Compartan consejos de maquillaje o hablen de cornetas con mi hermano colipato mientras tanto, ¿Ya? Yo la haré cortita, pa’ que no se aburran.

Y dicho esto, mi viejo caminó hasta la barra y, luego de recibir las dos piscolas que pidió con mis últimas 20 lucas, se fue corriendo hacia el baño, ante la mirada confusa de las chicas. “Seguramente quiere lavarse la cara”, les dije para que no se preocuparan, aunque por dentro tenía claro que se había ido a encerrar para hacerles unos Araucanos y así enamorarlas más rápidamente. “Ojalá no pillen a este hueón, ojalá no lo pillen”, pensé a modo de rezo, cerrando los ojos incluso y alzando levemente mis manos al cielo, hasta que escuché a mi progenitor acercándose y vociferando que todo estaba bien, así que podíamos irnos no más.

– Oye – le dijo la rubia, que se notaba que tenía más experiencia en la vida nocturna – supongo que no le hiciste nada a nuestros tragos po, ¿O sí?
– ¿Hacerles algo como qué, mijita? ¿A qué se refiere? – Respondió mi viejo, con total naturalidad.
– No sé po… algo como… revolverlos con la tula, por ejemplo…

Al mismo tiempo, yo y mi viejo quedamos con la boca abierta: yo, por el desatino de mi padre, quien había quedado al descubierto, y él, por la viveza de su pinche, que al parecer se las sabía por libro.

– ¡Y cómo lo descubrió, mi reina! ¿Fue por el sabor? ¿Por el olor? ¿Por la textura del trago?
– No, ahueonao – respondió, tomándoselo al seco sin siquiera arrugarse –, fue porque saliste del baño con la pichula afuera y entera mojá’, ¿No te viste al espejo acaso? – Aclaró, apuntando la entrepierna expuesta de mi viejo, justo antes de quitarle el vaso lleno a su amiga para, nuevamente, tomárselo al seco – Por eso te descubrí po, obvio… ¿Y entonces? ¿Nos vamos o no? Miren que con mi chiquilla tenemos más sed que la chucha…

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