24 Jun

Capítulo 218: Ya van a ser las diez…

No recuerdo cómo ni a qué hora me dormí, sólo sé que llegué hecho pico de la pega, me estiré sobre la cama para ver un poco de tele y de pronto, gracias al grito de una de mis vecinas, desperté. “Mierda, sigo cagao de sueño”, fue lo primero que se me vino a la mente al concluir que, del puro cansancio, ni siquiera fui capaz de quitarme los zapatos o de apagar la luz para pasar una noche como corresponde. Sin ánimos de nada, tomé mi celular y le di una rápida ojeada a la información que me entregaba la pantalla: eran las 7:15, me quedaba un 20% de batería, tenía algunos mensajes sin leer y dos llamadas perdidas. “Hoy entro a trabajar a las 9:00”, pensé, “casi todas las mañanas llego tarde, ¡Pero esta vez será la excepción! Dormí caleta, por lo mismo ahora me levantaré con ánimo, tomaré un baño de tina, me prepararé desayuno como nunca y… mierda, ¿A quién quiero engañar? Me estoy cagando de sueño, ¡Pico con todo! Pondré la alarma a las 7:20, con cinco minutitos más tengo, por el amor de dios, cinco minutitos y nada más”. No alcancé ni a cerrar los ojos cuando, tal como si fuese la peor de las pesadillas, el pitido estridente de la alarma comenzó a llenar cada espacio de mi pieza. “No importa, no importa, no importa”, me dije, “no le haré caso, dormiré con la hueá sonando de fondo no más, sé que lo lograré, sé que puedo hacerlo”. Pero no, definitivamente no pude hacerlo, por lo mismo tomé violentamente mi celular, di click en “Posponer”, acomodé mi cabeza sobre la almohada para continuar soñando y ¡Paf!, la hueá comenzó a sonar de nuevo. “¡Ah, vida culiá!”, Le grité a la nada, enrabiado, “Ya son las 7:30, ¡No tomaré desayuno no más! prefiero cagarme de hambre que cagarme de sueño”, así que, con toda la choreza, presioné una vez más el cuadradito que decía “Posponer”, sentí que mi cama me absorbía como si no quisiera soltarme, di un par de vueltas, imaginándome que era un cerdo revolcándome en el barro y, ¡Mierda! ¡La alarma otra vez! “¿Y qué pasa si llego tarde hoy día?”, Me dije, sin abrir ni siquiera un ojo, “¿Qué puedo inventar? Ya he usado la chiva de la diarrea muchas veces, lo mismo con eso de que se murió mi abuelita… ¿Cuántas abuelas he matado en lo que va de año? ¿Cinco, seis? No, cagué, no me creerán, habrá que ponerle el pecho a las balas no más, no me queda otra, total… ya queda poco para la jubilación, y luego de eso no tendré que levantarme temprano nunca más… sólo faltan 30 y tantos años, hay que pensar positivo y… chucha, ¿Qué hora es ya?”. Casi llorando, saqué sólo un brazo de aquel cálido paraíso conformado por mis frazadas, agarré el celular y encendí la pantalla con profundo odio, “¡Conchemimadre! ¡Las 9:30! ¡Me quedé raja, por la chucha, me quedé raja! Otra vez lo mismo, ahora sí que me echan, ahora sí que cagué, ¡Filo con el desayuno, filo con planchar la ropa, filo con el baño de tina! Me tendré que ir así no más, ¡Si ni a lavarme la raja voy a alcanzar!”. Desesperado, me quité la baba de mi barba al mismo tiempo que me cepillaba los dientes a velocidad sobrehumana; luego me tiré un poco de agua helada directo a los ojos para despabilar del todo y, sin perder el tiempo en echarme desodorante o de ponerme boxers limpios, me cambié la camisa y los pantalones para, por lo menos, lograr que mis colegas no me vieran con la misma ropa de ayer. Salí del departamento corriendo, me até los zapatos en el pasillo y me terminé de sacar las lagañas frente al espejo del ascensor; miré la hora, ¡Las 9:40! Mi jefe me metería la tremenda pichula por impuntual culiao, de eso no cabían dudas, así que no me importaron los semáforos en rojo ni mucho menos los pacos que estaban dirigiendo el tránsito en las últimas calles que debí cruzar para llegar al punto donde generalmente tomo taxi. A diferencia de otras mañanas, no me costó tanto encontrar un vehículo desocupado, “a esta hora debería irme a la pega todos los días”, concluí intentando pensar en algo positivo, justo antes de gritarle al chofer la dirección de mi trabajo.

– ¡Y métale chala caballero, mire que voy atrasado! – Le dije agitado, ordenándome el cuello de la camisa.
– Iré lo más rápido que pueda no más, no es mi culpa que usted se haya quedado dormido – respondió, echando a andar el taxímetro.
– Puta, sí, tiene razón, aunque igual intente hacerla cortita, no quiero que mi jefe me pichulee más de la cuenta po, póngase en mi lugar.

En un abrir y cerrar de ojos llegamos al destino señalado, “¿Cuánto es?” Le pregunté al chofer, “no se preocupe, usted vaya no más”, me respondió sonriente. Puta el viejo buena onda, pensé mientras corría a la puerta del edificio rogando que mi jefe no me pillara marcando tarjeta tan tarde, pero descubrí que la dichosa puerta se encontraba totalmente cerrada, las luces de la oficina que daba a la calle apagadas y el taxista, el mismo taxista que tan amablemente me había tratado, comenzaba a lanzar estruendosas carcajadas a mis espaldas, tal como si se hubiese trastornado de pronto.

– Ya van a ser las diez… pero las diez de la noche, ¿Cierto? – Le pregunté, mirando la hora por última vez.
– Sí pue amigo, puta que es hueón usted ah… – Me respondió, sin parar de sonreír.
– ¿Me lleva a mi departamento, por favor?
– Sí, no se preocupe, por eso mismo lo estaba esperando, allá le cobro la carrera completa.
– Gracias… supongo…
– Lo siento, es que quería ver su cara cuando se diera cuenta del ridículo que estaba haciendo… y puta, valió totalmente la pena, ni se imagina cuánto valió la pena.

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