29 Jun

Capítulo 220: La Samanta y la Cachorra

Quién lo hubiese dicho: luego de años carreteando codo a codo, en la ranciedad de bares y obscuridad de clandestinos, con mi viejo fuimos a una disco por primera vez juntos y, pese a mis pronósticos pesimistas, terminamos enganchando con un par de chiquillas buenas mozas, quienes accedieron gustosas a seguir la fiesta en mi departamento, pese a que mi papito, para conquistarlas, les sirvió unas piscolas revueltas con la tula que hubiesen hecho arrancar a cualquiera.

La enamorada de turno de mi viejo se nos presentó bajo el nombre de Samanta. Samanta era rubia, maceteada, mujer a simple vista (lo cual no deja de ser importante) y, como dato curioso, aseguró ser la dueña de un exitoso café con piernas en el centro de la capital, “no creo que lo cachen, eso sí, porque está medio fondeao’ de los pacos, así por ser”, nos respondió, mascando chicle con la boca abierta, cuando le preguntamos más detalles sobre su local. Su acompañante, una morena despampanante que lucía unas coquetas trencitas caribeñas, nos pidió que simplemente la llamáramos por su apodo, “la Cachorra”, vaya a saber uno porqué. Nos comentó que trabajaba con doña Samanta desde hace un par de semanas, y que de vez en cuando, dependiendo de qué tan cansada quedara luego de la jornada laboral, salían juntas a bailar, a reírse y a curarse como pico.

Los cuatro tortolitos llegamos a mi edificio faltando para las 6 de la mañana, y nos subimos al ascensor ante la mirada juzgadora del conserje de turno, quien sólo se limitó a decirme “duerma con las pepas bien abiertas esta noche, don Matías… por si acaso”, mientras observaba a mis invitadas con los ojos entrecerrados. Ingresamos a mi departamento intentando meter el menor ruido posible, sobre el mueble que está en la entrada dejé mi billetera, algunas lucas sueltas y mi celular. Le dije a mis acompañantes que dejaran sus cosas ahí también, pero ninguna hizo caso, sólo se limitaron a examinar todo a su alrededor, preguntar por el valor de algunos cuadros, reparar en el tipo de madera de mis sillas y especular sobre el precio de la tele que vieron colgada en la pared del living.

– ¡Ya pue, ya pue! – Gritó mi viejo de pronto – ¡Menos cháchara y más acción! Mati hueón, mueve la raja y sirve las piscolas luego; y chiquillas, ustedes mientras tanto pongan algo de música, no vaya a ser que se queden dormidas y no alcancemos ni a afila… ¡Conversar! No alcancemos ni a conversar.
– ¡Ya viejo! – respondí motivado, sacando cuatro vasos y una cubeta de hielo – Tengo pisco Mal Paso, La Serena, Control, Limarí, Mistral, Cochiguaz, Horcón Quemado y Alto del Carmen, ¿De cuál quieren?
– Alto del Carmen – respondieron las chiquillas, al unísono.
– Perfecto, tengo del Alto reservado, del triple filtrado con doble destilación, del reservado envejecido, y puta, del normal.
– Del normal no más cabrito – respondió doña Samanta, comiendo chicle con la jeta más abierta que nunca.
– Entendido… ¿De 35° o de 40°?
– De 35°; o si no, no vamo’ a poder hacer lo que quirimo hacer – se metió la Cachorra, guiñándole un ojo a su jefa.
– Muy bien… ¿Cuántos hielos?
– ¡Échale el hielo que querái, Mati hueón, pero sirve las hueás luego! – Gritó mi viejo, con el hocico visiblemente seco.
– Ya, bueno, ya entendi, ya entendí… pero oye, una última pregunta…
– ¿Qué querí ahora?
– ¿Quién trajo la bebida?
– Puta guachito, no hueí que no tení bibía – dijo la Cachorra, poniéndose de pie – pasa que losotra’ sin bibía no tomamo na’, no le hacimo na’ al puritano, así por ser.
– Buena el saco e’ hueas pa’ grande – susurró mi viejo, cubriéndose el rostro con la mano derecha – ¿Cómo podí tener tanto copete, y ni una cagá de bebida, Mati hueón? Qué decepción de ser humano… ¡Pero no se preocupen chiquillas! ¡Todo está bien, tranquilidad! Con el Mati iremos a comprar unas gaseosas ahora mismo, ¡Ustedes espérennos aquí no más! Pónganse cómodas, y sáquense un poco de ropita si gustan, que en un abrir y cerrar de ojos estaremos de vuelta, ¿Sí o no, Matías? ¿Sí o no?

Sin darme tiempo siquiera para responder, mi viejo me tomó de un ala y me sacó a la rastra del departamento. “¡Pero papá!”, le reclamé, mientras esperábamos el ascensor, “¡No alcancé ni a sacar mi billetera! Dejé todo en la mesita de la entrada: mi plata, mi celular, el notebook para poner música, ¡Todo!”, “¡No te preocupí, Mati hueón!” Me respondió, en el éxtasis mismo, “esta noche yo me rajo con las bebidas, ¡Qué tanta hueá! ¡Hoy afilaremos juntos, hijo mío! ¡Al fin! Y eso amerita que me ponga con algo po, ¡Mínimo! ¡Si hay que puro celebrar!”. Y en parte el viejo tenía razón, en cualquier circunstancia sacarle una luca hubiese sido un acto técnicamente imposible, pero ésta no era cualquier circunstancia, era la coronación de años de intentos por hacer algo en conjunto que nos beneficiara a ambos, y así hubiese sido de no ser porque, a esa hora, no encontramos ni un negocio abierto para comprar una mísera bebida, ¡Ni uno! Recorrimos cuadras y cuadras trotando, al borde del paro cardíaco, y nada; golpeamos almacenes familiares, quioscos, botillerías, y ni una señal de vida; fuimos a una bencinera que quedaba a la chucha, con la mala cuea de que la habían asaltado recién y, por lo mismo no estaban atendiendo, ¡Puta la hueá! Fue entonces cuando a mi viejo, en un ataque de genialidad sin precedentes, se le encendió la ampolleta y dijo algo más que obvio: “¡Mati hueón! ¡Vamos a un hospital!”, “¿A un hospital?”, “¡Claro po! ¿No hay visto acaso que siempre en los pasillos hay máquinas expendedoras llenitas de bebidas en lata? ¡Está la papa po! Vamos, entramos tosiendo como si nos fuésemos a morir, sacamos una blanca y una negra y listo, problema solucionado”, y así tal cual fue: sin ningún drama entramos a un servicio de urgencia que quedaba a pocas cuadras de mi edificio, tomé en brazos a mi viejo fingiendo que le había dado un ataque de algo – aunque después concluí que no era necesario tanto show, sólo era cosa de entrar y meter el billete en la máquina no más -, sacamos las bebidas dando alaridos de felicidad y, corriendo a saltitos, partimos de vuelta a nuestra improvisada cita doble.

– Menos mal la hicimos, Mati hueón – dijo mi viejo sonriendo, apenas nos subimos al ascensor – ahora se viene lo bueno… ojalá las cabras no se hayan quedado dormidas esperándonos…
– No creo – le dije – tenían harto para distraerse mientras no estábamos… estaba el computador, por si se querían conectar a internet; la tele con el DVD, por si les tincaba ver alguna película; el equipo de música con toda mi colección de discos, si es que les dio por bailar; también estaba la Play, la Wii y mi Súper Nintendo regalón, por si querían pasar el rato jugando… y en fin, tenían hartas cosas a mano… hartas cosas…
– Sí ah… bastantes…
– Sí… muchas, ahora que lo pienso… también se quedó ahí mi billetera… mi celular… mis tarjetas… y todas tienen las claves escritas atrás, no veí que tengo mala memoria…
– Chuta, delicado…
– Sí, delicado…
– Oye Matías…
– Dime, viejo…
– ¿No estarás insinuando que…?
– ¿Qué cosa?
– Es que, no es de mal pensado ni nada de eso, pero… cachái que igual dejamos a dos desconocidas en tu departamento… ¿Habrá sido buena idea? ¿Qué creí tú?
– ¡Puta la hueá viejo! ¡No me asustí’ po! ¡No me asustí’!

Y como si hubiésemos despertado de pronto de una torpe ilusión, corrimos hasta mi departamento para evitar lo que ya creíamos inevitable; echamos la puerta abajo de una sola patada y, sin siquiera encender la luz, notamos que nuestra peor pesadilla se estaba haciendo la realidad: la mesita de la entrada, aquella hermosa pieza de madera nativa que me regaló mi abuelita materna como tesoro de familia, no estaba frente a la puerta principal, ni menos la billetera ni la montonera de objetos preciados que descansaban encima de ella.

– ¡Puta la hueá Matías! – Gritó mi viejo, más fuerte que nunca – ¡Te lo dije! ¡Estas maracas nos robaron! ¡Estas maracas nos robaron todo!

Lleno de congoja, encendí la luz imaginándome lo peor: mi departamento totalmente desmantelado y sin ningún elemento de valor a la vista, aunque lo que vi realmente distó mucho de aquello: la Samanta y la Cachorra, en un acto de sensualidad de otro mundo, habían arrastrado la dichosa mesita hacia el centro del living, y allí, apoyadas sobre ella, nos esperaban completamente desnudas, en una pose sensual que ni en nuestros mejores pronósticos nos hubiésemos esperado.

Definitivamente, estar preparados para recibir sorpresas no es lo nuestro… aunque bueno, la patá’ en los cocos que le dio la Samanta a mi viejo no fue tan sorpresiva tampoco, pero puta, igual no la vimos venir… aunque estaba de cajón, igual no la vimos venir…

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