30 Jun

Capítulo 221: El dibujo de mi prima Sofía

Cuando se acerca fin de mes y ya no tengo ni un peso en mi siempre escuálida billetera, acostumbro visitar sorpresivamente a algunos familiares para tomar once junto a ellos y así, además de estrechar lazos ya casi perdidos, bolsear comida de lo lindo. Fue con esa intención que ayer por la tarde llegué a la casa de mi tío Pancho, el hermano menor de mi mamá, un tipo educado y trabajador, exitoso en todo lo que hace y padre soltero de una pequeñita de 9 años llamada Sofía, al igual que casi todas las niñitas de esa edad que conozco.

Al finalizar la comilona, mi tío se recostó un rato sobre el sillón para ver tele y, sin reparar en mi presencia, comenzó a dormir. Sigilosamente intenté escaparme, porque no hay nada que me dé más paja que despedirme y dar las gracias, soy más de bolsear callado, pero la Sofía, ágil como ella sola, me detuvo a mitad de camino y, con su carita tierna, me dijo simplemente “primo Matías, ¿Quieres dibujar junto a mí?”. Mi primer instinto fue salir corriendo, pero luego pensé: ¿Cómo le puedo decir que no a una niñita tan linda?, Y es que es cierto, la Sofía es demasiado distinta a los demás miembros de la familia, y es más, ¡Ni siquiera parece ser de esta familia!, Ella es tierna, ordenadita, responsable, inteligente y muy, pero muy bien educada, al extremo de que mi tío no la lleva a las juntas familiares por lo mismo, para que no se le pegue lo guachaca, y, contrario a sentirnos ofendidos, le encontramos toda la razón e, incluso, celebramos su buena decisión.

– Me encantaría dibujar junto a ti, Sofía – le respondí, con la mejor de mis caras – ¿Pero no crees que ya es muy tarde? Tú te deberías estar acostando a esta hora, ¿O no?
– No exageres, primo Matías, observa: son las siete menos cinco, ¿Sabes ver la hora? Esta es la hora de mis recreaciones. Luego, a las ocho con quince, comeré una pequeña merienda, no sé, tal vez vaya a la nevera por un sabroso pastel de patatas, o quizás simplemente devore un emparedado y una malteada de banana, aún no lo decido, sólo sé que mi padre me prohíbe comer malvaviscos, paletas, palomitas de maíz y goma de mascar, todo lo demás puede ser; luego, a las nueve en punto, iré al fregadero a cepillar mi dentadura con mi dentífrico de fresa y, a las nueve con treinta, estaré recostada en mi litera lista para descansar, ¿Ves? Aún tenemos tiempo para dibujar, ¿Traigo mis crayones? ¿O prefieres un bolígrafo normal?
– Pero prima, ¿Qué hueá? ¿Por qué habái como Mickey Mouse?
– ¿A qué te refieres, primo Matías? No seas cabeza de chorlito y ven acá, enséñame a pintar animalitos.
– Está bien, pero sólo uno, mira que después me tengo que ir… ¿Algún pedido en especial? Lo que tú quieras, yo soy seco pal’ dibujo, tú dime no más.
– Podría ser… a ver… ¡Ya sé! ¡Un unicornio! ¡Un unicornio de color púrpura!
– ¿Un unicornio? No, que feo, aparte esas hueás ni existen, mejor te haré un conejo, mira: ahí están sus ojitos, su nariz, sus enormes dientes, las orejas, algunos detalles por aquí, una arregladita por acá, ¡Y listo! Ahí está, un lindo conejo feliz, ¡Ya prima! Ha llegado mi hora, dile a tu papá que muchas gracias por la once, que me llevé unos panes para el camino, y unas láminas de queso también… y un par de tomates, y esta bebida, pa’ la sed, ¡Chaito!
– Primo Matías…
– ¿Sí, Sofía?
– ¿Sabes? Éste es el conejo más horrible que he visto, ¿No crees que deberías esforzarte más?
– ¿De qué estái hablando, mocosa? ¡Me quedó la raja! A ver, hace uno mejor voh po, ¡A que no podí, a que no!
– Dame esa pluma, y ya verás… mis compañeros de salón pintan caricaturas de conejitos todo el día, observa, yo te enseñaré: primero, se hacen dos bolas grandes, así, bien redonditas, y luego, al medio de esas bolas, dibujas algo como una vara colgando hacia abajo, pero gruesa, como una zanahoria, o como un pepino, ¿Ves? Y con una cabecita al final, igual a la de las paletas, así… luego le agregas unos pelitos a las bolas y, finalmente, en la puntita de abajo, una rayita, que no sé exactamente qué es, pero mis compañeros de salón me dicen que así son todos los conejitos, que tienen una cicatriz en el mentón, así, tal como ésta, ¿Y? ¿Te gustó?
– Chuta prima… así que ése es un conejo según tú ah…
– Sí, primo Matías, y me quedó divino, ¿No crees?
– ¿Y los ojos? No le hiciste los ojos… veo sólo… venas sobre su rostro, y pelos en… lo que sea que sean esas cosas redondas, ¿Son las orejas?
– ¡Sí primo, son sus orejitas! Y no, no tiene ojos… o no lo sé en realidad, mis compañeros de salón me dicen que es tuerto, pero no sé qué querrá decir aquello.
– Ya, ahora entiendo todo… Sofía, ¿Te puedo decir algo? Pero no te enojes, ¿Ya?
– Está bien, primo Matías, prometo no enfadarme.
– No dibujes nunca más a este conejito, ¿Bueno? Porque en realidad no es un conejo, sino que es un tremendo pedazo de… pucha, de algo que no deberías dibujar simplemente, ¿Está bien?
– Primo Matías.
– ¿Sí, Sofi?
– ¿No estarás envidioso de mi talento?
– ¿Yo? No, yo estoy orgulloso de tu talento, ¿Por qué dices eso?
– Porque mi padre siempre comenta que tú eres un perdedor, y que nadie nunca, pero nunca jamás, debería seguir tu ejemplo, ¿Es verdad eso, primo Matías?
– ¿En serio? ¿Eso te dijo tu papi?
– Sí, eso dijo.
– ¿Sabes, Sofi? Sí, es verdad, y tu papi tiene toda la razón: no deberías hacerme caso nunca… es más, ahora mismo deberías ir y dibujarle muchos de tus conejitos en la cara con este plumón permanente, ¿Qué te parece? ¡De seguro le encantará! Y dibújale conejitos en sus camisas también, y en sus documentos y en las paredes de su pieza, ¡Será una gran sorpresa!
– ¿Tú crees, primo Matías?
– ¡Por supuesto, prima! Yo ya me voy, tú comienza a dibujar no más, así mismo, eso, vas muy bien… Y Sofía.
– Dime, primo Matías.
– Bienvenida a la familia.

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