04 Jul

Capítulo 222: Génesis

Génesis se llamaba, y cómo no recordarla. La conocí un domingo de otoño, hace poco más de dos años, en el caótico patio de comidas de un mall del barrio alto. Ella almorzaba un plato de ensaladas junto a una pareja de amigos, y yo, en solitario, me tragaba una grasienta hamburguesa justo frente a su mesa. Me venía recién arrancando del cumpleaños de un ex compañero cuico que vive para esos lados, no me bañaba desde hace unos tres días, estaba vivenciando una caña de los mil demonios y, quizás gracias a mi patético aspecto, la Génesis se compadeció de mi persona, se acercó a mi puesto y me regaló unas monedas en modo de limosna. “No señorita, no se confunda”, le dije, cubriéndome la jeta para disimular mi tufo a piscola, “no soy un mendigo, es sólo que… he dormido poco, es eso, he dormido muy poco”. Mientras las palabras me brotaban dificultosamente, no pude evitar quedarme pegado en sus enormes ojos azules y en su larga cabellera rubia… “¿Cómo? ¿Una rubia de ojos azules metiéndome conversa? ¿A mí? ¿Sonriéndome? ¿Prestándome atención? ¿Clavando su hermosa mirada en mis ojos borrachines?” Me pregunté, recordando que ese prototipo femenino solía ser mi fetiche de infancia, “no, esta hueá no puede ser, esto tiene que ser un sueño, o una broma, o no, seguramente es una trabajadora sexual y, tarde o temprano, me dirá su tarifa… pero no, me habló porque creyó que era un vagabundo, imposible que quiera algo así de mí, ¿Por qué me sigue hablando? ¿Qué? ¿Y ahora está rozando su mano con la mía? ¿Qué hueá está pasando aquí?” Y así continué delirando hasta que la Génesis me dijo que debía volver a su mesa, que sus acompañantes la estaban mirando feo ya, “pero préstame tu celular un poquitito”, agregó, “¡Listo! Te dejé anotado mi número y, de pura patuda, me metí a tu Facebook y me envié una solicitud de amistad… más ratito hablamos entonces, ¿Te tinca?”, ¿Y cómo no me iba a tincar? Si la Génesis era, por lejos, la mina más linda con la que había hablado en mi vida, y por lo mismo le puse todo el empeño del mundo a nuestro flirteo cibernético, ¡Si ni garabatos escribía cuando chateábamos! Oculté todas las fotos en las cuales salía curao como pico, puse de perfil una siútica imagen tomando once junto a mis abuelos, le dediqué canciones románticas de bandas mamonas que ni siquiera me gustan, y le sacaba carcajadas con lindas historias familiares que inventaba en el momento; ella, por su parte, me contó que participaba en grupos juveniles donde se reflexionaba en torno a la vida de nuestro señor salvador Jesucristo, que asistía regularmente a la Iglesia del Milagro Santo del Séptimo Día, que no tomaba ni fumaba ni carreteaba, pero que le encantaba pasar el tiempo con sus amigos, ya que consideraba ser una persona tremendamente sociable.

– ¿Como los chicos con los que estabas en el mall? – Le pregunté, haciéndome el interesado.
– ¿Quiénes? ¡Ah, no po Matías, tontito! Ellos no eran amigos, ellos eran mis papás.
– ¿Cómo? ¿Tus papás? ¡Estás bromeando! Si tú tienes 20, ¿Y ellos? No les echo más de 35.
– Es que ellos me tuvieron muy jóvenes, eso pasa, toma en cuenta que para nosotros la fornicación es sólo un acto de procreación, o sea, el fornicar por fornicar es un pecado gravísimo, la búsqueda del placer carnal por sobre la búsqueda del amor a nuestro señor Jesucristo es algo tremendamente inmoral, así que mis papis, cuando no se aguantaron más, decidieron engendrarme y listo, se quitaron el deseo de encima para siempre.
– Espera, espera, entonces… tú… ¿Tú nunca has…?
– ¿Yo? ¿Ser una fornicaria? Obvio que no po, tontito, ¿Cómo voy a fornicar, si aún ni siquiera me piden matrimonio? Las cosas tienen que hacerse bien pues, Matías, de otra forma estaríamos haciendo enojar a nuestro salvador… ¿Y tú? ¿Ya sentiste el llamado para ser padre? ¿Te sientes preparado para perder tu virginidad junto a la indicada?

¡Conchesumadre! ¡Conchesumadre, conchesumadre! En qué me metí ahora, por la chucha, ¡Por qué a mí me tienen que pasar estas cosas, por qué! Ya le había dicho a la Génesis que me gustaba, que saliéramos, que intentáramos dar un paso importante en nuestra fugaz relación, y ahora ella me soltaba que, si quería chantarle algo, tendría que ser un anillo no más. Igual antes ya me había dado algunas pistas de sus pensamientos religiosos extremos, como cuando me comentó que los días sábados no hacía nada, ya que era un día creado para adorar a dios, ¡Y nada más! Nada de salir a comprar, ni ver televisión (a menos que se tratara de algún programa religioso), ni tocar instrumentos musicales, ni orinar ni defecar, y es más, eran tan cuáticas sus limitaciones que, por ejemplo, si querían tener la luz de la casa encendida, tenían que prender las ampolletas el día viernes, antes de que oscureciera, y podían apagarlas recién el sábado por la noche, luego de la puesta de sol.

En ese momento de embobamiento sólo podía pensar en una cosa: o la convierto yo a mi estilo de vida, o me convierte ella al suyo; no existían términos medios, nuestros mundos eran tan distintos que no había forma de complementarlos, eso estaba más que claro, y aún sabiendo que no tenía ni una posibilidad de agarrarle una tetita siquiera antes de un potencial matrimonio, igual accedí a visitarla cierto día sábado en el cual, me dijo, estaría sola en su casa, ya que sus padres andaban en un retiro espiritual y no la llevaron como castigo por haber olvidado bendecir la mesa antes de almorzar. “Si esta loca no puede ni cagar los sábados, puta, ni pensar en afilar po”, pensé el día antes de nuestra cita, pero no podía comportarme así, no señor, me negaba a ser tan frívolo, tan vacío, tan califa, iría a visitar a la Génesis con el mejor de los ánimos y, si en una de esas resultaba lo nuestro, pegarme su polvito en post de la procreación no más po, ¿Y qué tanto? Si el amor es así, uno lo encuentra en los lugares menos esperados, y en mi caso lo había encontrado en una fanática religiosa con una cara de pecadora increíble, ¡Si era la tentación hecha persona! Y con ese pensamiento salí a carretear aquel viernes en la noche con unos amigos, y entre talla y talla me entró agua al bote y se me trabó la lengua a más no poder, tanto así que fui incapaz de responder las decenas de llamadas que me llegaban de la Génesis, y todo para que no escuchara mi voz de borracho que, de seguro, la espantaría de inmediato.

Al otro día, y sin saber cómo, desperté en la tina de mi departamento, completamente desnudo y con el celular en la mano. Miré la pantalla: las 5 de la tarde, 58 mensajes sin leer y 137 llamadas perdidas de la Génesis, “¡Puta la hueá!” Grité simplemente, recordando que había quedado de llegar a su casa a la hora de almuerzo. Aprovechando la situación, me duché de inmediato y llamé a mi enamorada para sacarme los pillos y, cómo no, ver si aún seguía en pie nuestro esperado encuentro.

– ¡Aló, Génesis! ¡Hola! – Dije gritando al teléfono, con el fin de hacer ver que algo grave me había pasado.
– ¡Pero Matías! ¿Qué te pasó? Me dejaste plantada. Espero que tengas una buena explicación para esto.
– ¡Sí, mil disculpas! Lo que pasa es que mi papá me pidió que lo acompañara a darle desayuno a unos abuelitos, y los viejitos, tan tiernos ellos, comenzaron a contarnos historias y, pucha, se me hizo tarde, en serio perdona, fue sin querer.
– ¿Y anoche? ¿Por qué no me llamaste anoche?
– ¿Anoche? ¡Ah, sí! Lo que pasa es que no tenía plata en el celular. Vi tus llamadas perdidas tarde, y pucha, no pude cargarlo, porque ya todos los negocios estaban cerrados y… y eso po…
– Para, y entonces… ¿Cómo me estás llamando ahora? Se supone que no tenías saldo.
– ¡Ah! Salí a cargar el teléfono recién, te juro, hace no más de 5 minutos que le puse una luca, por eso.
– Espera, ¿Me estás diciendo que hiciste una transacción monetaria hoy? ¿Hoy sábado? ¿El día dedicado a la alabanza de nuestro señor Jesucristo?
– Pucha, sí, ¿Qué tiene?
– ¡Pecador, pecador! ¡No puedo hablar contigo! ¡Si tú cometiste pecado al hacer una transacción para tu teléfono, ese pecado se me está transmitiendo por medio de este llamado! ¡Debo ir a rezar, tengo que rezar, no me llames más, pecador! ¡No me llames nunca, pero nunca más, hijo de Satán!

Y, sin darme tiempo para inventar una excusa mejor, la Génesis me cortó de golpe, apagó su celular, al otro día me bloqueó de Facebook y nunca más supe de ella… nunca más hasta ayer, cuando me la topé de frente en una tienda del centro junto a su pequeño hijo de un año y tanto, rubiecito y pintoso como ella, quien, pese al paso del tiempo, seguía tan linda y risueña como la recordaba, aunque un poco más rellenita, pero eso era lo de menos.

– Así que te casaste, ah – le dije, observando fijamente a su bebé, el fruto de su amor.
– No, al final preferí no hacerlo – me respondió, con cierto dejo de vergüenza.
– ¿Y cómo? ¿Qué pasó con todo eso del pecado de la fornicación y la hueá?
– Ah… lo que pasa es que él es producto de un condorito que me pegué con mi primo Ezequiel, y por eso preferí no casarme… aunque bueno, mi primo Ezequiel es casado igual, así que no había mucho que hacer ahí…
– Interesante… interesante… y entonces, tomando en cuenta que ya pecaste una vez y todo eso, podríamos salir por ahí algún día, así por ser, ¿Te parece? Así como para recordar viejos tiempos…
– ¡Ya po! Encantada, pero después del parto, ¿Ya? Ahí le damos sí o sí.
– ¿Del parto? ¿Qué hueá? ¿Estái embarazada de tu primo de nuevo?
– ¿De mi primo? No po Mati, tontito, cómo se te ocurre, nunca tan maraca. Es del pastor de mi iglesia, en realidad, pero tampoco me puedo casar con él, porque…
– Porque está casado…
– Sí, porque está casado.
– Ya po, entonces te llamo en…
– En unos 10 meses más, ¿Te tinca? Así como para respetar la cuarentena esta vez que sea.
– ¡Hecho! Es una cita entonces, ¡Qué emoción! Esperé tanto para esto, que esperar casi un año más será la nada misma.
– Sí Mati, al fin, es una cita… y prepárate, porque en 10 meses más te haré ver el paraíso… si es que no me embarazo de nuevo antes, claro, así que reza para que no sea así, y en serio te haré ver el paraíso, Matías… el paraíso…

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