20 Jul

Capítulo 224: La botillería nueva

Todo comenzó el viernes pasado, cuando mi viejo, a eso de las cinco de la tarde, me llamó casi llorando de la emoción, lanzando alaridos descontrolados y riéndose como un loco cada dos palabras. Según lo poco que le entendí, su euforia se debía a que una nueva botillería se había instalado al lado de su casa, la cual tenía una diversidad de copetes nunca antes vista en el barrio y, lo mejor de todo, es que era mucho, pero mucho más barata que la del flaco Lucho. Ni media hora pasó cuando llegué al mencionado lugar, y codo a codo con mi taita hicimos nuestro ingreso dando saltitos juguetones como si fuésemos niños visitando una chocolatería. Efectivamente, en las vitrinas había de todo: variedades de pisco que en nuestra vida habíamos visto, copetes típicos de otras partes del mundo, una fina selección de los vinos más pirulos de Chile y, lo que más atrajo nuestra atención, cientos y cientos de cervezas de distintas marcas y procedencias, todas ordenadas armónicamente en un enorme estante de madera, algunas en lata y otras en botellas coloridas y llamativas; cervezas de fábricas reconocidas y cervezas artesanales nunca antes vistas, muchas con nombres alemanes y todas a precios ridículamente económicos; cervezas grandes y cervezas chicas, algunas en envase grueso e imponente, y otras en frascos alargados y elegantes, todas apetecibles y todas altamente tentadoras, tanto así que mi viejo sólo se limpió la baba que corría por su mentón para balbucear algo así como “me las quiero zampar todas, hijo mío, todas toditas todas”, y yo sólo despabilé para responderle que llamaría a la pega de inmediato, porque iba a tomar tanto que no sería capaz de levantarme al día siguiente… ni tampoco los venideros.

Para comenzar, y debido a las escasas lucas que cargábamos en ese momento, compramos 12 latas de una pilsen en extremo barata, y cuyo envase nos llamó la atención por su tamaño superior al promedio. Nos fuimos para la casa de mi padre corriendo y, como si nos hubiesen tenido amarrados, nos tomamos la dosis de una pura sentada, y puta, qué les puedo decir… ¡Estaba más buena que la rechucha! Lejos, pero lejos, la mejor cerveza que habíamos probado en nuestras miserables vidas, y nos curamos tanto, pero tanto tanto, que mi viejo llamó a mi mamá y le cantó las mejores románticas de “Los Ángeles Negros”, y yo, para no ser menos, me grabé bailando en pelota y le mandé el video a la Rasca Choro, mi antiguo amor de verano. Al otro día despertamos con cero caña, “esta pilsen es mágica”, concluimos sorprendidos, y de un puro salto nos levantamos, fuimos a un cajero a sacar lo poco que me quedaba de sueldo y partimos a comprar más de la misma, y en eso nos entretuvimos todo el sábado, tomando, curándonos y haciendo las típicas cagadas que uno hace cuando pilsenea demasiado: mi viejo, por ejemplo, ideó un plan para meternos a la mala al zoológico y liberar a todos los animalitos, pero lamentablemente no lo pude acompañar porque estaba como un grifo vomitando en el lavamanos del baño, y fue tanta la fuerza con la que me apoyé en la hueá que se terminó despegando de la pared y, como estaba tapada con güitreo, quedó todo lo que había ingerido desparramado por el piso del baño y parte del living. Y no lo limpié.

El domingo en la mañana, ya sin ni uno, partimos a mi departamento sin siquiera ducharnos, pescamos mi tele y algunos discos y fuimos a una feria cercana a vender todo baratito para poder seguir chupando. Lo recolectado nos permitió comprar todo el stock de esa cerveza prodigiosa, y tal como los días anteriores la hicimos chupete y nos emborrachamos hasta perder por completo la capacidad de hablar fluido o de razonar, e incluso la decencia se nos fue a la chucha cuando empezamos a bailar en puros calzoncillos sobre la mesa del comedor, y con las cortinas abiertas para que todas las viejas del pasaje nos vieran meneando el paquete y haciendo el soberano ridículo, pero embriagados de dicha y felicidad.

A eso de las diez de la noche quedamos en pana de copete nuevamente. A mí me quedaban un par de lucas disponibles y mi viejo, meado hasta las patas, me dijo que fuéramos a comprar por última vez, que de seguro quedaban algunas latas guardadas de nuestra nueva chela favorita, y que si caminábamos abrazados, así como lo hacen los curaditos en las películas, podíamos pasar más piola con nuestra borrachera y, de paso, evitaríamos irnos de hocico en plena calle. Buena idea, le respondí con voz carrasposa, y partimos de vuelta a la botillería, cantando rancheras a viva voz y tropezándonos con lo que se nos cruzara.

– ¡Buenas noches, caballeros! Veo que volvieron – nos dijo el dueño del local, frotándose las manos animadamente.
– Bue… bue… ¡Hic! buenas no… ¡Hic! Buenas noches – le respondí, con un ataque de hipo repentino.
– ¿En qué los puedo ayudar? Veo que la fiesta sigue, está bueno eso.
– Quere… ¡Hic! Queremos más de esa pilsen, ¡Hic! De esa que, ¡Hic! De esa que hemos llevado todos los días, ¡Hic! ¡Hic!
– Pucha joven, cuanto lo siento, pero ésa ya se me acabó, ¡La compraron todas ustedes mismos, de hecho! Pero tenemos otras variedades bastante buenas, es cosa de que elijan no más.
– ¡No! – Respondió mi viejo, subiéndose las mangas en actitud desafiante – ¡Quiero de mi pilsen favorita! ¡Quiero de mi pilsen favorita, ahora!
– Es que señor, tiene que entenderme, traje pocas de esa marca, ¡Y ya no me quedan pues! ¿Qué quiere que le haga?
– ¿Y por qué trajiste tan pocas, desgraciado? ¿Acaso me querí ver sufrir? ¡Mala persona, mala persona!
– ¡Porque es lógico po caballero! Si tengo que pensar en mi negocio también: todo el mundo sabe que en este barrio viven puros viejos buenos pal copete, y puta, ¡Jamás pensé que una cerveza sin alcohol podría venderse tanto po!

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