21 Jul

Capítulo 225: El beso del amor eterno

En el colegio todos estábamos enamorados de la Feña… no, no, no, me equivoqué, usé mal las palabras, comienzo de nuevo: en el colegio, a todos les gustaba la Feña, pero a mí, puta… a mí se me encendían los ojos de amor cada vez que la veía, se me paraban los pelos cuando sentía el aroma frutal que desprendía su piel, se me aceleraba la cuchara al máximo al sentir su voz suave cerca de mi oído, ¡La amaba, y la amaba más de lo que hoy amo a la piscola, lo reconozco! Y por lo mismo me la jugaba por ella día a día, pero nunca sacaba nada, ¡Nada! Porque, si le regalaba un cassette con un compilado de sus canciones favoritas, ya otros quince hueones calientes le habían regalado algo parecido; si le dedicaba un poema romántico, la mitad del colegio le había dedicado alguno mejor, y si le quería declarar mi amor infinito, tenía que ponerme tras la enorme fila de jotes que buscaban hacer lo mismo en cada recreo… pero ya se los dije, yo no era como ellos, ellos no la amaban sinceramente, ellos no soñaban con su sonrisa cada noche, ellos no se reían solos recordando sus malos chistes, ellos no se imaginaban una vida entera a su lado, conversando frente a una chimenea o paseando por la playa durante una puesta de sol, una vida perfecta, una vida que, definitivamente, sí me imaginaba yo.

Pero el universo escuchó mis suplicas y el destino me tendió una mano: para la fiesta de año nuevo del 2000, todo el barrio se reuniría a esperar la medianoche en una cancha cercana al colegio, ya que la junta de vecinos había prometido un regio show de fuegos artificiales para el deleite de grandes y chicos. Mi familia iba a ir, la familia de ella iba a ir, y algunos otros jotes de los cursos más grandes también iban a ir, entre ellos el arrogante del burro Toledo – bautizado así gracias a su fama de hueón tonto, pero bien dotado – quien era mi principal rival en la lucha por el amor de la Feña. Demás está decir que el burro Toledo era infinitamente más encachado que yo… también mucho más canchero, puntudo y seguro de sí mismo; a sus 16 años ya le sacaba el auto al papá para ir a taquillar a los flippers, fumaba Derbys corrientes y tomaba Dorada desde la botella, es decir, el hombre perfecto para las chiquillas de la época: un rebelde sin causa, un malote como él solo. Yo, en cambio, era un pailón espinilludo, flacuchento y desaliñado, lucía el típico bigotito ridículo con el que tan poca pinta tiran los cabros a los 14 años, y de rebelde o carretero no tenía nada, ¡Si lo único que tenía bueno eran los sentimientos! Pero eso me dio lo mismo, nada de lo que me jugaba en contra me importó aquel día, y tomé la decisión de acercarme cara de palo a la Feña cuando faltara poco para las doce, declararle mi amor con las palabras más románticas que me salieran y, si era correspondido, darle el anhelado beso del amor eterno justo cuando el reloj marcara la medianoche, aquel beso mágico que buscaban darse casi todas las parejas chilenas para el cambio de milenio, el cual prometía, según contaban los más creyentes en la cosa esotérica, una relación duradera, estable y feliz, justo el tipo de relación que yo soñaba para la Feña y para mí.

La fiesta de año nuevo se desarrolló con total normalidad: a las 11:50 de la noche todos los viejos del barrio andaban arriba de la pelota, agarrándose a cornetes y meados hasta las patas, y tipín 11:58 las viejas cortaron todas luces del lugar, para que el pulento espectáculo pirotécnico se apreciara más nítidamente. Allí, entre los gritos y la oscuridad, me acerqué hasta la silueta de la Feña, a quién identifiqué fácilmente por su figura, su aroma, su risa, su todo, y le dije simplemente lo primero que se me ocurrió en ese momento: “Feña, me gustái caleta, así, cachái… dejaría de coleccionar tazos para comenzar a coleccionar tus abrazos, cambiaría todos mis juegos del Súper por sonrisas tuyas, y borraría todos mis VHS para grabar en ellos imágenes de nosotros caminando de la manito”, y sintiendo como su boca se entreabría y sus tiernas mejillas rozaban las mías, la rodeé entre mis brazos y le planté el beso de amor más sincero que he dado en mi vida, mi primero beso con todas las de la ley, y la seguí besando hasta que comenzó la cuenta regresiva, y la besé en el diez, y la besé en el nueve, y la besé en el cinco, en el cuatro, en el dos, en el uno, y la besé durante los gritos de feliz año nuevo, champañazos y fuegos artificiales chantas, la besé cuando comenzaron los abrazos y la besé cuando los abrazos continuaron, y fue justamente mi viejo quien, tomándome de un ala para darme uno de esos tantos abrazos, nos separó sin darse cuenta de lo ocupados que estábamos, y luego vino el turno de mi vieja, y después, sin escuchar mis lamentos, me llevaron de vuelta para la casa porque tenía organizado un jolgorio con todos los amigos de la familia, y me mandaron a acostarme tempranito, ya que no entendían el motivo de mi repentina cara de poto, y tampoco les importaba. No vi a la Feña al otro día, ni tampoco los días siguientes, ni menos en marzo, ya que, según nos contaron a todos, se tuvo que cambiar de colegio luego de que sus padres se separaran, y nadie nunca me dijo cómo ni dónde ubicarla.

La pena me duró por años, busqué su sabor en otros labios y su suavidad en otras pieles, pero nunca encontré a una como ella. Algunos amigos afirmaban haberla visto por ahí, tan linda como siempre, tan encantadora como la recordaba: en el 2005 me juraron que la divisaron pidiendo plata en el paseo Ahumada luego de haber sido mechoneada, otros me contaron que fueron atendidos por ella en un consultorio dental por allá por el 2011, y el año pasado mi madre me aseguró que la cachó celebrando una despedida de soltera en un pub de Providencia. Muchas veces la busqué en My Space, en Fotolog y, obviamente, en Facebook, pero fue recién ayer cuando, sin razón alguna, realmente me esmeré y escribí su nombre en todas las variables posibles, hasta dar con su perfil. Qué curioso, nunca hubiese pensado que se tenía como “Fernanda” en esta red social, siempre la busqué como “Feña” o “Feñita” o “FhéñítháxXx”, pero filo, estaba más linda de lo que recordaba, lo cual, sinceramente, no me sorprendió, así que no esperé más, le envié la solicitud de amistad y no me despegué del computador hasta la noche, cuando al fin me aceptó. Como no sabía qué decirle, opté por no decirle nada, y me lancé de inmediato a psicopatear cada detalle de su perfil, cada estado, cada foto, cada video, ¿Y qué es lo primero con lo que me encuentro? Por la cresta… ¡Casada con el burro Toledo, conchetumadre! ¡Con el burro Toledo! ¡Con ese saco e’ hueas! Por la mierda, por la mismísima mierda, ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Cómo sucedió? ¿Por qué él y no yo? Al borde de las lágrimas, comencé a ver las fotos de su boda… ¡Y fue recién este verano, por la santa chucha! ¡Hace nada! ¡Recién ahora! Y puta que se veía linda vestida de novia, en todas y cada una de sus fotos me recordaba el por qué estuve tan enamorado de ella durante toda mi juventud, y entre esa multitud de imágenes tenía que aparecer una del culiao del novio, del maldito burro Toledo, con la misma cara de antipático con la que lo recordaba, con esa sonrisita de mierda del hueón que la hizo, y abajo, en la descripción de la foto, la linda historia de su amor narrada por su amada, por la Feña, quien contaba emocionada cómo lo conoció en la escuela, cómo rechazó cada uno de sus intentos de conquista y cómo, luego de un serie de acontecimientos mágicos, lo besó a oscuras durante el año nuevo del 2000, embobada con las palabras que le había dedicado, sin saber en ese momento que se trataba de él, y como él posteriormente le había confesado que era aquel besador misterioso que tan maravillada la dejó aquella noche de amor eterno, el cual por tanto tiempo buscó, y que, por gracia divina, y luego de preguntarle directamente “¿Fuiste tú? Recuerdo que estabas en esa fiesta”, le confesó que sí, que había sido él… que había sido él, y nadie más que él.

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