02 Ago

Capítulo 229: El misterio de Alondra

Cómo olvidar mi primera vez… aunque bueno, para ser totalmente honesto, creo que mi primera vez no fue mi primera vez oficial… digo, hice todo lo que se hace en una primera vez, pero no podría considerarla como tal, o quizás sí, no sé, el punto es que fue extraña, incalificable, gloriosa y decepcionante al mismo tiempo: comenzó bien, como casi todas las primeras veces, pero terminó pésimo, reitero, como casi todas las primeras veces…

La historia fue así: llevaba un par de meses cursando primero medio, y poco más de un año metido de lleno en la olvidable edad del pavo, etapa maldita que se manifestó en mi ser convirtiéndome de la noche a la mañana en un pendejo espinilludo, prepotente, taimado y, por sobre todo, califa… muy, pero muy califa. La Alondra, por su parte, era una chiquilla que se había integrado a mi curso a finales del primer semestre, y todo gracias a que la pillaron macaqueando a un compañero en plena hora de religión en su colegio de toda la vida, lo cual le valió una expulsión inmediata. Tal como en las películas gringas, la Alondra llegó quince minutos tarde a su primer día en el liceo nuevo, la obligaron a presentarse ante el curso y, para rematar, la mandaron a instalarse al lado del único huea que se sentaba solo al fondo del salón, o sea, yo. Durante semanas no fui capaz de hablarle, me parecía una mujer absolutamente inalcanzable, “como las modelos de la tele”, pensaba, “incluso, se ve que es mucho mayor que yo… más alta, más desarrollada, más madura… de seguro ha repetido más veces que la chucha”, seguía reflexionando, hasta que un día, un glorioso día de julio, ella tomó la iniciativa, se giró hacia mi puesto y rompió el hielo de una vez por todas.

– ¡Oye, ahueonao, deja de mirarme las piernas! – me dijo simplemente, dándome un severo puñete en las costillas.
– ¿Qué? Pe… pero… yo no… yo no estaba mirándote las piernas, ¡O sea, sí! Digo: no estaba mirando directamente tus piernas, sólo me fijaba en los moretones que tienes en las rodillas, eso era… ¿Estás bien? ¿Te caíste? Las tienes bien peladas, por lo que veo…
– ¿Cuáles moretones? ¿Estos? ¡Ja! No, de seguro me los hice anoche, cuando me fue a ver el loco Jerry a la casa.
– Ah… ¿Y qué estaban haciendo? ¿Rezando de rodillas, o algo así?
– ¿Qué? ¡No po! ¿Cómo no vai a cachar? ¡Ya, no importa, se acabó el tema! No quiero meterme en atados por abrirle los ojos a cabros chicos, en mi ex colegio tenía 5 hojas con anotaciones negativas por lo mismo, y no quiero que eso se repita acá.
– ¡5 hojas! ¿Y por qué? ¿Llegabas tarde muy seguido? ¡No me digas que hacías la cimarra!
– No, nada de eso, me anotaban por puras tonteras la verdad, “alumna que cornetea a compañero en las duchas luego de la clase de educación física”, o “le muestra una teta al profesor, y le dice que le enseñará la otra a cambio de 3 décimas para la prueba”, tú sabes, cosas normales, cosas así.

Me cayó bien de inmediato, ¡De inmediato! ¿Y cómo no? Si en esa época yo era un cabro enamoradizo que caía rendido a los pies de cualquier fémina que me dirigiera la palabra (que, a decir verdad, eran bien pocas), y era califa, ya lo dije, califa como pendejo de primero medio, aunque mis frases para el joteo nunca me resultaran, y los innumerables consejos de conquista que me daba mi viejo, basados en ser directo y no andar con rodeos hueones, me habían hecho ganarme más de una patada en los cocos… pero la Alondra era distinta, era mucho más abierta (metafórica y literalmente) que el resto de mis compañeras, y teniendo eso en cuenta me lancé con todo, la miré de frente y le pregunté lo que hace rato quería preguntarle.

– Oye Alondra.
– ¿Qué pasa?
– ¿A ti te gustan que te tiren pichí blanco en el ojo?
– ¿Qué? ¿De qué estái hablando, cabro chico?
– Un amigo mío, el Piti, siempre dice que a las minas les gusta eso: que les tiren pichí blanco en la guata, en la espalda y, por sobre todo, en el ojo… lo vio en una película parece.
– A ver Matías, dime algo… ¿Tú no cachái nada de nada, cierto?
– ¿Cachar qué? ¿A qué te refieres?
– ¡Ya, me aburriste! A la salida te vai conmigo, hoy estoy sola en mi casa y aún no invito a nadie, así que te haré el favor… total, si vamos a estar sentados juntos el resto del año, es importante que nos conozcamos más a fondo po.
– ¿Cuál favor? Ya po, dime, ¿Qué significa esto? ¿Me dejarás metido? Ya po, ¿A qué vamos? ¿Me vai a tirar pichi blanco tú acaso? ¿Es eso? En serio, dime, ¿Es eso?

El resto del día se me hizo eterno, ¿Y cómo no, si el lado pánfilo de mi cerebro tenía mil dudas sobre el plan que la Alondra se traía entre manos para nuestra improvisada cita, y el lado más vivaracho, ése que se mantiene dormido la mayoría del tiempo, no hacía más que hacerme sentir ansias al asumir que la compañerita quería puro descartucharme para hacerle un bien a la humanidad? Y así, entre incertidumbres y fantasías varias, el reloj avanzó y la hora de los quiubos llegó, a las cinco de la tarde en punto sonó la campana y la Alondra, sin decir ni media palabra, me tomó de un ala y me llevó hasta su casa, donde me besó efusivamente apenas cruzamos el umbral de la puerta, y luego, empleando sus manos expertas, me empiluchó por el pasillo hasta llegar a su catre, el cual recuerdo por lo desgastado de sus resortes y lo tieso de sus sábanas. Debo reconocer que, pese a que di lo mejor de mí, ella lo hizo todo, y es más, por unos minutos se convirtió en mi maestra y soportó estoicamente mi inexperiencia para enseñarme del amor y de la sensualidad, a saber: tomó la iniciativa a la hora de la previa, me indicó dónde debía meterle mis dedos y dónde no, me tranquilizó al explicarme que si le chupaba las gomas no le saldría leche (soy intolerante a la lactosa, sólo me preocupé un poco) y, como yapa, me dio la libertad para dejar fluir mis deseos más primitivos y sacar a flote mis anhelos, “dime lo que quieres, Matías, con confianza, ¿Qué es lo que más te gustaría?”.

– Tener una PlayStation – le respondí, buscando ser honesto, mientras ella me ponía un condón con la boca.
– ¿Qué? ¡No po Mati! ¿De qué chucha estái hablando? ¡Me refiero a ahora! ¡Qué es lo que más deseas en este momento!
– Es que en serio, no sabes cuánto deseo una PlayStation… mi Súper Nintendo está medio malo ya, debe ser porque no lo apago nunca y…
– ¡Ya, cállate hueón! ¡Cállate, y hazme tuya de una vez!
– Ehhh… pero Alondra…
– ¿Qué pasó ahora?
– Se supone que, para realizar el acto sexual, y según nos enseñó el profe de Biología, yo debo meter mi cosito en tu cosito… como si estuviésemos jugando al emboque, así nos dijo…
– Ya, ¿Y?
– ¿Y cómo quieres que lo meta, si estás dada vuelta, dándome la espalda? ¿Qué haces así agachada, se te perdió un aro o algo? ¿Te ayudo a buscarlo?
– Puta la hueá, ¡Que tenga que hacerlo todo yo por la cresta!

Y dicho esto, la Alondra estiró su brazo izquierdo hacia atrás y, agarrando firmemente mi humanidad, la acercó hacia la suya y la introdujo lentamente. De un segundo a otro, cuando recién la primera embestida se llevaba a cabo, mi mente se llenó de imágenes coloridas, felices y luminosas: me imaginé corriendo por un campo amplio, edénico y con olor a humedad; imaginé fuegos artificiales, música clásica y aplausos, muchos aplausos; imaginé un mundo sin guerras, un mundo perfecto de cielo azulado, y en eso estaba cuando, de un segundo a otro nuevamente, la Alondra se echó hacia delante, dejando mi segunda embestida sin nadie que la recibiera, y se puso de pie llevándose las manos a la boca, en clara señal de vergüenza.

– ¡Perdón Matías, perdón, perdón, perdón!
– ¿Qué? Pero… ¿Pero qué te pasó? – Pregunté, aún moviéndome de atrás hacia adelante, de forma casi instintiva.
– ¡Perdón, en serio perdóname, fue sin querer!
– ¿Qué fue sin querer? No entiendo, ¿Pasó algo malo?
– ¡Ay Matías, no me digas que no te diste cuenta! ¡Qué plancha, dios mío! ¡Ahora qué pensarás de mí!
– ¿Darme cuenta de qué? Pucha, no caché nada, estaba en otro mundo, súper concentrado, ¿Qué onda?
– Ya po Matías, no seas pesado, sé que estás fingiendo no haberte dado cuenta de lo que hice sólo para hacerme sentir bien, pero no actúes más, sé que lo escuchaste… y eso me mata de vergüenza… ¡Me siento sucia! ¡Perdón, por favor, perdón!
– ¡Escuchar qué, por la chucha! ¡Escuchar qué! ¡Si en serio no escuché nada!
– Lo siento, no te puedo volver a mirar a los ojos nunca más… mañana mismo le pediré a la profe que me cambie de puesto, no puedo cargar con esta culpa… y Matías, por favor, no le cuentes a nadie…
– ¡Que no le cuente a nadie qué! ¡Si ni siquiera sé lo que pasó!
– Lindo… sé que quieres subirme el ánimo y hacerme olvidar lo que acabo de hacer… pero lo hecho hecho está, y no hay nada que me lo saque de la cabeza, nada…

Y, tal como lo prometió, la Alondra no volvió a dirigirme la palabra jamás en su vida, me esquivaba la mirada cuando pasaba por mi lado, y con el tiempo fue incluso más allá y pidió que la cambiaran de curso. ¿Si me dolió su indiferencia? Sí, sin dudas que me dolió, pero más me dolió el nunca haber podido concluir el polvo que comenzamos, y aún más el quedar por siempre con la incertidumbre de lo que realmente sucedió aquella tarde. A veces pienso que, debido a mi rudeza y virilidad, la rajé por dentro apenas entré en ella, eso explicaría el extraño ruido que sentí en aquel momento, pero esas son puras especulaciones, teorías vagas, porque la verdad la sabe únicamente la Alondra, sólo la Alondra y nadie más que la Alondra.

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