09 May

Capítulo 23: Don Julio Chicha.

Cuando tenía 10 años mi viejo me llevaba a pasear por el Barrio Brasil y me decía, súper motivado, que ese era realmente Brasil, el país. Yo, como de chico soy hueón, caía redondito en su engaño, y abría la tremenda jeta cuando me señalaba que, en las pocas palmeras que decoraban el lugar, andaban monos colgando y tomando jugo de coco. “Mira Matías”, me decía cuando llegábamos a la plaza, “en este país son todos secos para la pelota, lorea como juegan esos cabros chicos, le ponen bueno. Anda a preguntarles si hablan español y si te dejan ser arquero que sea”, y para allá partía el pobre Mati, mientras mi taita aprovechaba de tomarse unas cañas de vino y ver uno que otro partido con los papás de los mismos mocosos en una cantina de por ahí, ¡Si estaban todos coludidos esos borrachos! Y La verdad es que en aquella época ni siquiera mi mamá sabía que el viejo era bravo para el guarisnaque, así que nuestros paseos por la Plaza Brasil se convirtieron en su excusa perfecta para chupar junto a sus amigotes. Por mi parte, los constantes viajes al “país mais grande do mundo” me estaban aburriendo, los pendejos que jugaban pichangas ya no me pescaban (por malo) y, por más que miraba los árboles, nunca vi ningún mono. Para hacer más soportables aquellas tardes comencé a llevar mis revistas “Barrabases”, y me instalaba a leer sentado en una banquita y a soñar que era tan buen futbolista como Pirulete. Ahí fue donde conocí a don Julio Chicha.

Era todo un misterio don Julio, nunca supe su real apellido, pero el “Chicha” le venía como anillo al dedo debido a su amor por aquel rústico brebaje. Tampoco supe su edad, aunque él tampoco la tenía muy clara, pero me dijo que era vagabundo desde los 30 años y que llevaba más de 40 viviendo en la calle. La primera vez que se me acercó fue porque creyó que yo estaba perdido, y es que claro, un cabro chico sentado solo da para sospechar. Pese a lo que se pueda creer, don Julio Chicha se ganó mi confianza de inmediato, su rostro transmitía aquella nobleza que transmiten los abuelitos más dulces, y su personalidad serena distaba de lo que uno podría esperar de alguien en su situación. Tampoco era tan bueno para el trago, o quizás le daba por chantarse las tardes en las que mi viejo me dejaba tirado… El punto es que don Julio Chicha se convirtió en mi primer mejor amigo, y eso es mucho decir, éramos como el niñito y el viejito de Up! Pero en versión guachaca. Ahora, lo más bacán es que don Julio las tenía todas: había participado como el doble de Leo Dan en el programa “Éxito”, del Pollo Fuentes, (pero le ganó el doble de Pablito Ruiz); se sabía al revés y al derecho las historias de Pedro Urdemales, y me las contaba con una gracia suprema que me hacía llorar de risa; dibujaba como un profesional, incluso de repente se ganaba algunas luquitas pintando murales por ahí, entre otros tantos talentos que nunca alcancé a apreciar debido a lo efímera de nuestra amistad. Gracias a don Julio Chicha me comenzaron a llamar la atención diversas manifestaciones artísticas, gracias a don Julio Chicha supe que estaba en una plaza chilena – y no hueviando en Brasil – y gracias a don Julio Chicha mis tardes se convirtieron en momentos gratos y tremendamente entretenidos. Hasta que un día mi viejo salió más temprano de la cantina, me vio con don Julio y cruzó espantado a ver qué estaba pasando.

– ¡Aléjate de mi hijo, borracho degenerado! – Le gritó desde la mitad de la calle. Dicho sea de paso, mi viejo sí que estaba borracho, y además tenía el cierre del pantalón abajo.
– ¡Tranquilo papi! – Le dije, intentando proteger a don Julio – Él es mi amigo, se llama Julio Chicha, es buena persona.
– ¡Pero Matías, hijo! Yo te traigo de paseo para que juegues con otros niños, no para que te hagas amigo de un borrachín.
– Discúlpeme señor – le dijo don Julio Chicha, empleando su voz suave y templada, propia de un hombre humilde – la verdad es que quise acompañar a su niño porque me dio nostalgia verlo tan solo. Además, yo no soy “borrachín”, desde hace años estoy intentando dejar el trago, y conocer a un cabro tan noble como el Matías me ha ayudado a redescubrir lo bueno de la vida.
– ¿Viste papá? Don Julio es mi amigo – Le dije con voz entrecortada – es mi mejor amigo.
– ¿Es cierto eso, don Julio? – Le preguntó mi viejo.
– Sí caballero, es cierto.
– ¡Entonces no se hable más! ¡Los amigos de mi hijo también son mis amigos! Estoy en la cantina de la esquina y ahí venden una chicha dulcecita, ¿Le tinca ir a tomarse un traguito, para celebrar la amistad?

Don Julio me miró, luego miró a mi viejo y después se puso de pie de un puro salto.

– ¡Vamos! – Le respondió, y partieron sin mirar atrás.

Sí, mi viejo me acababa de arrebatar a mi mejor amigo, y en los días siguientes confirmé que don Julio Chicha había vuelto a hacerle honor a su apodo. Mi padre lo arrastró a la perdición y don Julio ahí se quedó, aunque me conformo pensando que, a lo mejor, volvió a ser feliz gastando sus codos en todos los mesones. Por otro lado, a mi viejo se le empezaron a soltar las trenzas más de la cuenta y mi vieja le sacó todo el rollo, así que no le quedó más que retirarse de las pistas por un par de años. Así son las vueltas de la vida, don Julio Chicha retornó a las cantinas y mi papá retornó a su rol de cincuentón monótono, hasta que le dio la hueá nuevamente y, por un error de cálculos, llegó a acostarse borracho y con una mancha de lápiz labial en la corneta. Ese fue el principio del fin.

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