10 Ago

Capítulo 230: El reencuentro con el pelao Ulises

No hay forma fácil de resumir la vida del pelao Ulises… lo más cómodo es decir, simplemente, que ha pasado por un montón de etapas disimiles, todas bien marcadas, y todas llevadas al extremo, repasemos: durante nuestra época liceana fue punky a rabiar, se chantaba ropa apretadita, se bañaba una vez al mes y se dejaba crecer un mohicano exageradamente empinado, el cual teñía día por medio con témpera, pintura de uñas y ají de color. Por lo mismo nadie se extrañó cuando, antes de cumplir los 25, se le comenzó a manifestar aquella inarmónica calvicie que tantas burlas le costó, además del poco creativo apodo de “pelao”. Luego de eso todo fue caos y confusión: se puso a pololear, dejó de ser punk, se casó, empezó a actuar como un tipo serio y responsable, se separó, retomó su faceta punk, volvió a actuar como un pendejo vago e inmaduro, comenzó a explorar la sexualidad más profundamente, pololeó con el hijo del flaco Lucho, terminó con el hijo del flaco Lucho, se gastó parejo con la mitad de la comunidad cola santiaguina y, para rematarla, y luego de un carrete olvidable con mi viejo, se volvió evangélico, partió a predicar a las micros y después, con un megáfono en una mano y la santa biblia en la otra, se fue a recorrer Chile, todo con el único y noble fin de difundir por cada rincón de nuestra patria la santa palabra del pulento. Sinceramente, y a riesgo de quedar como mal amigo, ni siquiera me preocupé de buscarlo o, por lo menos, de averiguar algo de su paradero, y es más, me costó un mundo reconocerlo cuando, casi al finalizar mis vacaciones de invierno, lo pillé de casualidad predicando en pleno centro de Valdivia, vociferando a todo tarro vaticinios sobre el fin del mundo y vistiendo un terno demasiado grande como para su cagá’ de cuerpo.

– ¡Buena po, pelao culiao! – Le grité más fuerte de lo que gritaba él, pegándole, además, un cachamal en toda la nuca, así como para sorprenderlo.
– ¡Santo señor del santo sepulcro! – Chilló asustado, dando aletazos como loco y tirando su megáfono a la chucha – Esto… esto no puede ser… ¿Hermano Matías? ¿Eres tú?
– Sí po pelao, ¿Quién más iba a ser?
– No… no… ésta es una trampa que me está poniendo el señor, lo sé, una trampa para ponerme a prueba, para ver si repito los pecados del pasado, ¡Para ver si caigo en la tentación de las fiestas, el alcohol y la promiscuidad nuevamente! ¡Aléjate! ¡Aléjate de mí, te lo ordeno en nombre del Jehová, del manto sagrado y la virgen santísima! ¡El poder de Cristo te obliga! ¡El poder de Cristo te obliga!
– Ya, ¿Viste que erí chanta pelao? Si se supone que voh no creí en la virgen po, ¡Para de hacerte el santo, hueón, y vamos a celebrar nuestro reencuentro!
– ¿Celebrar? ¡Ja! Lo único que hay que celebrar hoy, hermano Matías, es que nuestro salvador nos dio la posibilidad de estar vivos un día más, ¡Aleluya, amén! ¡Un día más! ¡Tres hurras por el tatita dios! Hip, hip, ¡Hurra! Hip, hip, ¡Hurra! Hip, hip…
– ¡Ya cállate, hueón latero! Puta, está bien, entiendo tu nueva parada y todo eso, pero pelao… nosotros somos amigos po pelao, crecimos juntos, aprendimos a macaquearnos el mismo día, con la misma porno y en el mismo sillón, ¿Y ahora qué? ¿Seremos desconocidos? ¿Harás como que todas nuestras historias nunca ocurrieron? ¿Eso quieres?
– No, hermano, Matías, no se trata de eso, es que…
– Es que nada po pelao… yo a ti te estimo caleta, ¿Cachái? Y te juro que tu amistad me ha hecho falta últimamente… así, demasiada falta…
– ¿Es en serio eso? Espero que sea así, porque me has tocado el corazón, hermano Matías… no tanto como me lo ha tocado nuestro señor salvador, pero algo es algo…
– ¿Y entonces? ¿Vamos a sentarnos a alguna parte para ponernos al día? No necesariamente tiene que ser en un bar, entiendo que no quieras caer en la tentación, puede ser en un local más cálido, más familiar, comer algo rico, probar la gastronomía local, ¿Te parece?
– Claro que sí, hermano Matías, me parece perfecto, acepta tu invitación… ¿Qué tienes en mente?

Y así, como un flashazo, recordé que mi viejo me dateó que tenía que ir sí o sí al restorán de una de sus tantas familiares que viven en el sur, “¡La tía Petunia te atenderá como rey, Mati hueón!”, Me dijo, cuando le conté de mi improvisado viaje, “si pasái por Valdivia no dejí de ir a probar su mano, ¡La mejor mano de la zona, por lejos! Mejor, incluso, que la del Romualdito, su competencia directa; te mandaré una foto con su dirección, ¡No te vai a arrepentir! Pura carne fresca y en abundancia encontrarás ahí, y si erí muy regodión, ¡De lo que pidái te hace la vieja! Déjale mis saludos y, de pasá’, y aprovecha de pagarle lo que le debo, ¡Que no se te olvide ese detalle sí po!”, y con esa recomendación en mente partí donde la veterana, con el pelao Ulises feliz a mi lado, echando la talla y conversando, en la medida de lo posible, como en los viejos tiempos.

Llegamos a la picá’ a eso de las seis de la tarde. Asumiendo que la hora de almuerzo ya había pasado hace rato, golpeamos el enorme portón de madera -que se encontraba cerrado- rogando que quedara un raspado de olla más que fuera pa’ echarle al buche. Finalmente, cuando una tosca voz femenina nos preguntó qué necesitábamos, sólo nos bastó con decir el nombre de mi viejo para nos fuera a abrir corriendo.

– ¡Dentren chiquillos, dentren, con confianza! – Nos señaló una señora decrépita, vestida con una bata de seda, y que afirmaba con destreza un cigarro fumado a medias entre sus desgastados dientes – Yo soy doña Petunia, “La Putania” pa’ los amigos. Recién estoy abriendo el boliche y ustedes son los primeros en llegar, así que están de suerte, ¿Qué se van a servirse los lolos? ¿Se les frunce un enguindao, o gustarían pasar directo al plato de fondo?
– No, no se preocupe, vamos al plato de fondo no más – respondí, mirando el pintoresco lugar con cierta curiosidad.
– Ah, bueno, si es así… adéntrense por acá.

Y dicho esto, la dama abrió una cortina que se encontraba detrás de la barra y, casi a empujones, nos hizo pasar a un cuartucho húmedo y lúgubre cubierto completamente de humo, y cuya única fuente de luz provenía de una ampolleta rojiza que colgaba en una de las esquinas, arribita de unos destruidos sillones de cuero.

– ¡Ya chiquillas, a elongar, miren que tenimos visitas! – Gritó la vieja Petunia a viva voz. Acto seguido, dos señoritas, que ya bordeaban los sesenta años, hicieran su ingreso por una puerta trasera.
– ¡Matías! ¡Pero Matías! – Me dijo el pelao Ulises, tironeándome del brazo izquierdo – ¡Dónde me trajiste Matías! ¡Dónde me trajiste!
– Listo cabritos – lo interrumpió la Petunia – les voy a presentar a las chiquillas, están recién lavaditas, desparasitadas y con todos sus papeles al día. Ella es la Asunción, la trabajadora más antigua de por aquí… según el doctor le quedan, máximo, dos meses de vida, así que cada polvo se lo pega como si fuese el último; y esta otra es la Eduvigis, es mudita, les advierto que grita medio raro… le dan ataques de epilepsia de repente también, así que, si quieren grabarla o sacarle fotos mientras los cornetea, va a tener que ser sin flash, a menos que quieran que les corte la tula de un mordisco… ¿Y? ¿A cuál se va a servirse cada uno?
– Matías, escúchame, tenemos que hablar… – me susurró el pelao Ulises, afligido, aún tironeándome.
– ¡Yo pido a la Asunción! – Grité por instinto, alzando ambas manos y tumbándome sobre uno de los sillones como si fuese un saco de papas.

El pelao, completamente consternado, se sentó a mi lado, temeroso, tiritando, casi fuera de sí, “Matías, vámonos, arrepiéntete, aún estamos a tiempo”, me decía una y otra vez, “aún puedes salvar tu alma, Matías, sólo basta con que te subas los pantalones, moderes tu erección, te pongas de pie y salgas de aquí junto a mí. Vámonos amigo, no te tientes, devolvámonos a Santiago, yo me voy contigo, lo prometo, pero devolvámonos a Santiago”. En el fondo, quería hacerle caso, controlar esos instintos rancios que me vienen de repente y salir corriendo de ahí, pero más en el fondo, en aquel lugar recóndito y obscuro de mi alma que heredé de mi progenitor, tenía un bichito que me decía “dale no más Mati hueón, bájate los pantalones y aprovecha de remojarlo, saco e’ hueas, plántaselo a la vieja, te lo está pidiendo, recuerda que el pico y el agua no se le niegan a nadie”, y así, sin darle más vueltas al asunto, me quité toda la ropa y me quedé tumbado a merced de la Asunción, quien me agarró de las bolas, dirigió sus arrugados labios a mis partes bajas y engulló mi humanidad hasta tocar su campanilla. El pelao miraba la escena con desaprobación, de reojo y a brazos cruzados, y yo, tal como me dictaba mi voz interior, sólo me dejaba querer… aunque la verdad es que la vieja no le pegaba mucho al asunto y, pese a mis quejidos de dolor y molestia, me mordía la cabeza a cada rato con sus pocos dientes buenos.

– No… esto está mal… esto está mal – susurraba el pelao, sin siquiera pestañear.
– Tranquilo pelao, déjate llevar hueón, vuelve a ser el que eras, reconoce que éste no eres tú, vuelve a ser el de antes, pásalo bien, olvídate de todo y pásalo bien…
– Es que… es que Matías, esto está mal, esto está muy mal…
– Relájate amigo… sólo vuelve a ser tú… sólo sé tú… sólo sé…

Y no terminé ni siquiera de hablar cuando el pelao, envalentonado como nunca, se puso de pie de un salto, tomó a la Asunción del pelo y, de un solo tirón, la lanzó hacia atrás con furia, “¡Así no se chupa la diuca, maraca! ¡Yo te voy a enseñar!”, le gritó, justo antes de ponerse de rodillas frente a mí, abrir su boca al máximo y, luego de un par de chupadas, perder mi amistad para siempre.

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