19 Ago

Capítulo 234: “La historia de mi primer amor”

Mati, te voy a contar una historia, la historia de mi primer amor. Y déjame decirte, antes de que me lo preguntes, que no, ésta no es la historia de cómo conocí a tu madre, no seas iluso, es bastante obvio que, antes de casarme con esa bruja y de procrearte a ti, la aberración a la que hoy llamamos hijo, tuve un montón de mujeres a mis pies, ¡Un montón! Y todas babosas por este pechito, todas deseosas de obtener aunque fuese un trozo de esta gloriosa humanidad, partiendo por la Pilarcita, de quien te hablaré hoy, y siguiendo por la… por la… ¡Bueno! En este momento no se me viene a la mente ninguna otra, ¡Y es que entiéndeme, es difícil recordarlas a todas! Fueron tantas, hijo mío, tantas y tan intensas que… ¿Cómo? ¿Tu mamá te contó que con raja me pescaban los maricones del barrio antes de que ella me diera la pasá’? ¡Blasfemias, Mati hueón! ¡Mentiras! Si a mí las mujeres me llovían, ¿Y cómo iba a ser de otra forma? Si la sensualidad la llevo dentro desde que estaba en los cocos de mi padre, y ésta, mi historia con la Pilarcita, es la prueba viva de ello, así que siéntate frente a mí, si es que no te duele el poto, y escúchame, que hoy te haré llorar. Como nunca, hoy te haré llorar.

Dieciséis tenía yo, y diecisiete tenía ella. Nos conocimos a fondo en plenas fiestas patrias, en el fervor de la fonda más pulenta que por esos años se instalaba por acá, cuando ambos estábamos solteritos y sufríamos por lo esquivo que nos parecía el amor. Por aquella época, -años setenta te estoy hablando- yo estaba recién conociendo las cosas buenas de la vida: hace poco había probado mi primera caña de vino, mi primer whiskacho y mi primera piscola, y, como era un mozuelo en las finas artes del beber, solía mezclar de todo sin saber que eso no se hacía, hasta el punto de terminar para’o en la corneta, obligando a mis pobres amigos a que me fueran a dejar arriba de una carretilla hasta la puerta de mi casa, lugar donde mi mami, avergonzada y roja de la ira, me tomara en brazos y, tal como si aún fuese su bebé, me recostaba a la tina, todo meado y vomitado, y me hacía despabilar a punta de gritos y chorros de agua fría, el castigo perfecto para que no volviera a repetir semejante barbaridad, según ella. Pero no, no había caso, día tras días mi viejita fue comprobando que su retoño era un caso perdido, que, tal como todos los hombres de la familia, no tenía cura ni tratamiento, estaba condenado a ser un pinganilla de primera, y eso, Matías, eso le partía el corazón más que cualquier otra cosa. Lamentablemente, sus pataletas no hacían mella en mi nefasta actitud; yo era un rebelde de tomo y lomo y, por lo mismo, me negaba rotundamente a enmendar mi camino… hasta que un día, tal como los sismos se convierten en terremoto y las batallas en grandes guerras, mi desobediencia excedió todo límite, y mi madre, mi santa madre, no dio más, y sencillamente explotó.

– Así que fuiste al clandestino del guatón Lalo el otro día – me dijo, sosteniendo un uslero con ambas manos.
– Mamá, no sé qué te contaron, pero yo no hice nada, lo juro – lancé, poniéndome el parche antes de la herida.
– ¡Obvio que no hiciste nada po, chiquillo hueón! ¡Obvio que no hiciste nada! Si qué ibai a hacer…
– Pero mamá, no me retí.
– Dime algo, almácigo de hueas, mírame a los ojos y aclárame una sola cuestión… ¿A quién se le ocurre ir donde el guatón Lalo, consultar si doña Eulogia, la vieja que no tiene dientes, está trabajando, después preguntar cuánto valen sus servicios, hacer que la despierten…? ¡Y pedirle una cacha fiá’, por la cresta!
– Ay mamá, es que… es que yo…
– Ya sé, déjame adivinar, es que estabai borracho.
– Pucha, sí… pero perdóname, fue sin querer…
– ¿Que fue sin querer? A ver, ¿Cómo te emborrachái sin querer voh, ah? ¿Te caíste de hocico arriba de una pilsen acaso, infeliz? ¿Bostezaste, y algún hueón desde arriba de un árbol te tiró un chorro de chicha pa’ entro? ¡Dime po! ¡Explícame lo qué paso según tú, miéchica!
– No sé, mamá… no me acuerdo.
– ¡Y cómo te vai a acordar po, tonto hueón! Si, según me contaron, andabai cufifo a más no poder, llevabai una garrafa al hombro, ¡Y te la ibai tomando usando una manguera como bombilla, chiquillo de moledera! ¡Me tení hasta la tusa! ¡Hasta más arriba de la coronilla me tení!
– Ya, pero no me retí…
– Mira, mocoso del demonio, tú ya has hecho las de Quico y Caco, así que hasta aquí no más llegaste.
– Bueno mamá, te entiendo… ¿Me puedo ir a mi pieza?
– ¡No, si no te la tomí tan a la ligera! Ahora estoy hablando en serio. Me tení hasta el tuétano, cabrito, ésta ya fue la gota que rebalsó el vaso, ¡Te la llevái puro peluseando con Fulano, Megano y Zutano! ¿Y quién se desvive preocupada de que te vaya a pasar algo? ¡Quién po! Quién más va a ser, ¡Esta pobre hueona po!
– Mamá, relájate, no te vaya a dar un soponcio.
– ¡Cresta máquina que me dai rabia! ¡Si me dan ganas de sacarte la contumelia!
– Está bien, mamita, está bien… haré lo que tú me pidas, pero cálmate.
– ¡Ya no te creo nada a voh, mocoso hueón! Y déjame decirte que estái cocinado, porque con tu papá ya hablamos, fíjate, y los dos decidimos que tus travesuras hasta aquí no más llegaron. Apenas cumplái la mayoría de edad, pescái tus hueaitas y las guardái toditas en el closet, porque vamos a arrendar tu pieza. A voh te mandaremos a hacer el servicio.
– ¡Mamá, no! ¡Lo que quieran, menos eso! ¿O acaso no escuchaste lo que le pasó al tío Sergio en su primera noche en el regimiento de Punta Arenas? ¡Se lo afilaron mamá! ¡Se lo afilaron, y le quedó gustando!
– Bueno, ¿Y cómo es el Sergito ahora? Nada que decir: un cabro recto, intachable, el mejor peluquero de su barrio, ¡Un ejemplo para sus catorce gatos!
– ¡No, mamá! ¡Lo que sea, menos eso!
– No me digas que harás “lo que sea”, si sabes que no lo podrás cumplir.
– ¿Quieres que deje de tomar? ¿Es eso lo que quieres?
– Para empezar, sí. Sería un buen comienzo.
– Mierda… ¡Ya, está bien!
– ¿Perdón? No te escuché.
– Que está bien. Que aquí y ahora te prometo, mamita, que no me emborracharé más.
– ¿Estás seguro de lo que estás diciendo?
– Sí mamá, por tu salud, por tu bien, y por el bien de mi virginidad anal, que en el servicio de seguro perderé, hoy le digo adiós al copete.
– ¿Y si te pillo cura’o de nuevo?
– ¡Me metí a los milicos, cara de palo! Y te juro: ni siquiera me resistiré.
– Es un trato, entonces.
– Sí mamá, nuestro trato. Y confía en mí, que no te defraudaré.

No sé bien si fue por el miedo al castigo, o si en serio las palabras de mi vieja me llegaron al alma, pero ese día me retiré de las pistas decidido en que sería para siempre. Y pese a mis pronósticos pesimistas, vaya que me funcionó bien: en lugar de seguir yendo a las cantinas del barrio, salí a trotar a lugares a los que jamás había llegado caminando; cambié el trago por el agua, el charqui por la lechuga, y las putas por pasar más tiempo con mi familia; comencé a andar en bicicleta, dejé de fumar, empecé a ayudar en las labores del hogar, y así, en un abrir y cerrar de ojos, mi cuerpo se purificó completamente, ni una sola gota de alcohol quedaba en mi sangre, y eso, Matías, sin dudas me hacía sentir más poderoso que nunca. Hasta que llegó el dieciocho y, junto con las fondas, las ramadas y los volantines, llegaron las tentaciones. Y junto con las tentaciones, llegó la Pilarcita.

La Pilarcita era la hija única de doña Juanita Choro Flaco, mi antigua vecina. Su padre la había enviado a un internado de señoritas a temprana edad, lo que la había convertido en una chiquilla intachable y ejemplar, inteligente y educada, un excelente partido para todos quienes le echábamos el ojo desde que era chiquitita. Por motivos de estudios, la Pilarcita sólo llegaba al barrio durante las festividades, y por lo mismo yo, embobado por sus ojitos, esos ojitos verdes que me flecharon el día en que la conocí, le tiraba un piropo en la Navidad, luego otro en Año Nuevo, aprovechaba de preguntarle algo en Semana Santa, y esperaba ansioso su respuesta para las vacaciones de invierno, ese par de días que se quedaba en la casa de sus padres antes de salir a pasear para aprovechar los días libres, como corresponde. Pero ese dieciocho fue distinto: por milagros del calendario, la festividad duraría una semana entera, y si bien nunca se me pasó por la cabeza tener algo serio con aquel lejano y esporádico amor platónico, mi nuevo yo me obligó a jugármela, a pensar que nada era imposible, hueón, ni una hueá, y a convencerme de que si pude dejar la jarana, podía lograr lo que me propusiera con mi pintosa vecina.

– ¿Cómo le va, Pilarcita? Tantas lunas sin verla oiga – le dije galante, apenas la vi saliendo de su casa con dirección al almacén de al frente.
– ¿Vecino? ¿Eres tú? – Me preguntó, entrecerrando los ojos, desconociéndome – ¡Cómo estái po, vecino! Pucha que estái cambiado. Desde hace horas que me preguntaba “¿Y quién es ese flacuchento que está sentado ahí afuera, haciendo nada?”, Pero nunca me imaginé que fuerai tú. ¿Qué estái haciendo tan cómodo acá? Cualquiera diría que haciéndome guardia.
– ¿Quién? ¿Yo? ¡No! O sea, ¡No! Cómo se te ocurre, no, estaba… estaba…
– Ya, tranquilo vecino, no te pongái nervioso. Me imagino que andái pasando la caña no más, ¿O me equivoco?
– ¿Caña? No, para nada.
– ¡Ya, no me mintái! Si tu cara me lo dice todo. Ese rostro de chicha a mí no me engaña.
– No se equivoque, Pilarcita, lo que pasa es que, ahora que no tomo, sufro de sueños cañísticos.
– A ver, a ver, vamos por parte, ¿Cómo es eso de los “sueños cañísticos”?
– Muy sencillo, yo te explico: ¿Cachái que la gente, cuando no la pone durante mucho tiempo, sufre de sueños húmedos? ¿Se pasan películas toda la noche imaginando que afilan y afilan, y en la mañana, al despertar, tienen la corneta toda pegoteada? Bueno, lo mismo pasa cuando uno deja el copete: soñái toda la noche que tomái y tomái y, en la mañana, despertái con la tremenda caña, como si en realidad te hubiesei zampado todas esas piscolas y cajas de vino que tu mente creó.
– Cuática la hueá.
– El poder de la mente al servicio del hombre. Nada más.
– Oye, ¡Para, para, para! ¿Y cómo es eso de que no estás tomando? Digo, no te conozco mucho, pero vez que te veo estái poniéndole.
– Es que la gente cambia… la vida cambia…
– Pucha, y justo que este año le agarré el gustito al copete. Una lástima, hubiésemos compartido un vinito juntos.
– ¡No, pero si tomo! ¡Tomo como condenado! Es que estaba en un tratamiento médico – mentí – un procedimiento experimental para achicarme un poco el pene, pero ya lo terminé, así que pongámosle cuando querái no más.
– ¿En serio? Cualquiera diría que sólo buscas agradarme.
– ¡Pero por favor! Cómo puedes pensar eso de mí, me estás juzgando sin conocerme.
– Sí vecino, perdóname – me dijo la Pilarcita con su vocecita tierna, tomándome de la manito, como si quisiera pololearme – Ay… que maravilla esto…
– ¿Qué? ¿Qué cosa es una maravilla?
– Esto. Darte cuenta que, justo al lado de tu casa, vive alguien tan amoroso, tan groso… tan encachado.
– ¿Quién? ¿De quién estás hablando?
– De ti po, tontito… de quién más voy a estar hablando…

La Pilarcita se me aferró al corazón cuan garrapata se aferra a su perro regalón, y en ese momento, en el que gozaba de un segundo aire en mi corta -pero veloz- vida, no podía darme el lujo de desaprovechar semejante oportunidad. La Pilarcita ya estaba en edad de merecer, y yo, por mi parte, ya tenía las hueas bastantes hediondas, lo cual era señal inequívoca de que, si lográbamos formalizar este incipiente amor, podríamos comenzar una vida juntos, pensar en un lindo casorio, en una casa enorme construida con estas manitos que dios me dio, y con un hermoso jardín para que jugaran nuestros hijos, unos cabros admirables y llenos de energía, no como el hueón pajero que me fue a salir al final, y con esos pensamientos en mente invité a la Pilarcita a tomar once aquella tarde, para que conociera a mi madre y, si todo se daba como debía darse, terminaran siendo uña y mugre…

Y qué puedo decirte, la reunión fue todo un éxito: la Pilarcita llegó puntual a la hora citada y, como si fuera poco, llevó un kuchen de nuez preparado por ella misma, el cual fue un deleite para el paladar de mi viejita y, sobre todo, para el mío. Contamos anécdotas, nos reímos, nos emocionamos, recordamos los episodios más memorables de nuestras vidas, soltamos algunas infidencias y, al finalizar la jornada, cuando mi madre me dijo orgullosa “ya hijo, vaya a dejar a su amiga a la puerta”, y ella le respondió “hasta pronto tía. Espero que para la próxima vez me diga nuera, eso sí”, nos dimos un besito tímido apoyados en la reja de su casa, un beso de esos que duran apenas unos segundos, pero que, en los recuerdos, duran para toda la vida.

– Pasa a buscarme más rato, para que vayamos a la fonda – me dijo, aún afirmada a mi cuello.
– Muero por zapatear unos pies de cueca contigo – le respondí, sin abrir los ojos.
– Y yo muero por verte cada día de mi vida – agregó – sobre todo ahora, que me quiero venir a trabajar a Santiago… para que estemos al ladito…
– Te vengas o no te vengas – le dije – estaré a tu ladito de todas formas.

Un nuevo beso nos dimos, aún más apasionado que el anterior, y nos separamos por un par de horas para volver a encontrarnos en un ratito más, a eso de las once, con el sano fin de ir a bailotear por primera vez juntos, como los dos enamorados que éramos hasta entonces. Llegué a mi casa dichoso, “ella es la indicada” me dijo mi madre, dándome unos tiernos golpecitos en la espalda, “lo sé”, le dije yo, antes de entrar a la ducha para emperifollarme, y echarme su buena colonia inglesa en cada parte que quería que Pilarcita me oliera esa noche.

Nos juntamos a las once puntual afuerita de su casa. Ella llevaba un vestido rojo floreado que parecía especialmente hecho para su esbelto cuerpo, y una tierna chaquetita de mezclilla en la cual, según me dijo, escondía algo para mí, para ella, para nosotros…

– ¿Qué es? Ya po, muéstrame, no seas malita – le pedí, jugueteando como un quinceañero.
– ¡Ya, ahí está! Pero tienes que dejarme un poquito, no seas glotón – me respondió, entregándome en mis manos una pequeña petaca que, al parecer, contenía pisco en su interior.
¡Cresta! Había olvidado completamente que la Pilarcita juraba que yo seguía siendo seco pa’l copete. Por un lado, daba lo mismo, claro: le había prometido a mi madre parar la mano con el alcohol, y eso la Pilarcita lo podría entender, pero, por otro lado, ¡Cómo la iba a dejar con la mano estirada po! Pobrecita, con sus deditos tan suaves, tan delicados, tan dispuestos a darme un regaloneo que, al final, yo mismo me busqué… ¡Y qué tanta hueá! Pensé, me tomaré un sorbito pequeño, una cosa poca, para no ser descortés, y listo, y con eso en mente tomé la botella, me la llevé a la boca suavemente, y le di apenas un besito, nada más, total, ¿Qué tan malo podía pasar?

Desde ahí para adelante, todos mis recuerdos son más que borrosos… el tiempo sin consumir ni una sola gota de alcohol me pasó la cuenta, y de eso me percaté cuando, apenas separé la petaca de mi jeta, se me vino el mundo encima, el cielo comenzó a darme vueltas y, sin más, me fui de raja al suelo, balbuceando palabras inentendibles mientras la Pilarcita, pensando de seguro que me había dado un paro cardiaco, o algo así, corría a buscar a mi mamá, quien, apenas me vio ahí tirado, baboseando e intentando ponerme de pie torpemente, supo cuál era el diagnóstico para mi mal. Le dijo a mi enamorada que se entrara un ratito, que ella se haría cargo de mí, que no se preocupara, porque, desde ahora, el que tenía que preocuparse era yo.

– Pero suegra – le dijo la Pilarcita, asumiendo su condición de yerna – ¿Su hijo está bien? ¿Se va a recuperar?
– Sí mijita, usted no se preocupe. – le respondió mi madre, tiernamente – Usted es una buena niña, no quiero que se aflija demás. Váyase a su casa, y yo le aviso cualquier cosita, ¿Bueno?
– Está bien… me imagino que entre ustedes se entienden…
– Sí, mi niña, tú tranquila. Entre nosotros nos vamos a entender.

Desde mi cuasi inconciencia, sentí cómo la Pilarcita se acercaba a mi oído, y me susurraba un suave “te amo. Recupérate por favor” antes de entrar a su casa, y cerrar su puerta para siempre.

– ¿Qué te dije, ahueonao? ¿Qué fue lo que te dije? – Me recriminó mi madre, mientras me ayudaba a ponerme de pie y, con una fuerza increíble, sostenía todo mi peso apoyando mi brazo derecho sobre sus hombros.
– Es que… es que mamá… mamita… es que… – gemí, incapaz de hilar una oración coherente.
– ¡Las perdiste todas conmigo, chiquillo de mure! ¿Por qué volviste a tomar? ¿Tení muchos problemas acaso, tontorrón? ¡Por qué po! ¡Dime por qué!
– Mamá… no… no me retí… mamá…
– ¡Habla, cabro de mierda! ¡Dame una explicación convincente, a ver si logro perdonarte! ¡Dime por qué lo hiciste, por qué te pusiste a tomar nuevamente, a ver si te salvái de esta, hueoncito!

Sabiendo que tenía las de perder, no me quedó más que apelar a la imaginación, a creanear algo lo suficientemente convincente que fuera capaz de justificar el condorito que me acababa de pegar, algo que me zafara de ésta rápido y sin repercusiones, una chiva tan buena, que lograra que mi madre no me mandara al servicio, y me permitiera seguir viviendo bajo su techo durante, al menos, unos cuantos años más.

– Es que… es que mamá… – comencé, tomé aire, y continué – pasa que la… la Pilarcita… la vecina…
– ¿Sí? ¿Qué pasó con la Pilarcita?
– La… la… la Pilarcita…
– ¡Habla po!
– ¡La Pilarcita me cagó!
– ¿Qué?
– Me… me confesó que tiene a otro, ¡Hic! Y por eso yo, por eso… por eso yo, yo tomé, ¡Hic! Tomé, tomé harto, ¡Hic! Para… para… para… ¡Para olvidarla! ¡Hic!
– Pero hijo, ¿Me estás hablando en serio?
– Sí, ¡Hic! Sí, súper en se… ¡Hic! Súper en serio.
– Hijo, me parte el corazón que sufras por amor.
– ¡Hic! A mí, a mí también, ¡Hic!
– Ya, vámonos a la casa, quédate tranquilito, todo va a estar bien.
– Bue… bue… bueno, ¡Hic! Vamos.
– Y que te quede claro, ¡No te quiero volver a ver con esa niñita otra vez!
– ¿Qué? ¡Hic!
– ¡Eso que escuchaste! No quiero saber que andas con ella nuevamente, ¡Lo que menos quiere una madre es ver a un hijo sufrir? ¿Me escuchaste?
– Bue… bueno mamá… ¡Hic! Bueno, ya…
– Prométemelo, hijo. Prométeme que nunca dejarás que alguien te pase a llevar.
– Te lo prome… ¡Hic! Te lo prometo – respondí, sin pensarlo del todo bien, imaginando, seguramente, que el reconocer la verdad sería aún peor, que el aceptar mi realidad sería aún un peor castigo.

La Pilarcita, al notar mi indiferencia durante los días venideros, volvió a su internado para terminar los últimos meses que le quedaban, y declinó su proyecto de comenzar a trabajar en la capital, y todo para estar lo más lejos posible de mí, de su primer y fallido amor. Yo, por mi parte, comprendí que mi error me pesaría durante toda mi vida: el destino no deja pasar una cagada de ese tamaño tan fácilmente, y bueno… poco tiempo después conocí a tu madre, y aquí me tení po… aún pagando…

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