21 Ago

Capítulo 235: “Minimarket Don Floro”

Don Floridor atiende el único almacén decente del barrio desde que tengo uso de razón, y digo decente porque allí, en el “Minimarket Don Floro”, no se lleva a cabo ninguna de las actividades ilícitas que tan comunes son en los negocios de por acá: no es clandestino, ni burdel, ni clínica para extirpar el apéndice, y todo gracias a que don Floridor, por lo que se ve, es un hombre recto, responsable, serio e intachable… o al menos lo es cuando está sobrio, porque lo cierto es que cada noche, y para hacer un poco más llevaderos sus extenuantes turnos, se toma sus traguitos el hombre, y sólo un par de sorbos le bastan para quedar arriba de la pelota, sacar a flote sus instintos más escondidos, ponerse coqueto con los chiquillos que le van a comprar cigarros y, por qué no, pegarse su polvito loco detrás del pasillo de las bebidas con los borrachitos angustiados que le van a pedir algo pal’ bajón. De todos modos, a nadie le interesa lo que don Floridor haga o deje de hacer en su negocio, total el poto es de él, el problema es que siempre, absolutamente siempre, el amante de turno aprovecha la distracción y la calentura del viejo para robarle algo a la pasada, ya sea plata de la caja o algún producto que se venda carito en cualquier feria del barrio. El “Minimarket Don Floro” está funado por ser “el negocio del viejo al que se le puede robar fácil después de ponérselo”, y este cuestionable acto pasional-criminal pasó a ser una tradición para los decadentes mecheros locales.

Si bien la situación es lamentabe, pocazo podemos hacer… el viejo se expone solo a ese tipo de peligros y a nosotros, sus vecinos, no nos queda más que reírnos de su desgracia… Pero todo tienen su límite, y en este caso el límite llegó el fin de semana recién pasado, cuando el líder de “Los pico hediondo”, la banda delictual más brígida del barrio, entró al minimarket faltando poco para las doce de la noche, le convidó a don Floridor un par de sorbos de su caja de vino, esperó a que al viejo le entrara agua al bote, le empezó a hacer ojitos, meneándole la cola y tirándole besitos, se lo llevó detrás del mostrador y, sin más complicaciones, comenzó a darle como caja. Ni cinco minutos pasaron cuando don Floridor, alertado por un sonido extraño, puso en pausa su excitación, se descorchó de su pinche, se subió los pantalones con dificultad, alzó la cabeza por sobre el mesón y miró con espanto como el resto de la banda de “Los pico hediondo”, aprovechándose del sacrificio de su líder, le robaban mercadería a manos llenas. No alcanzó a hacer ni a decir nada, los vándalos huyeron raudos del lugar tirando todo a su paso, y dejando a don Floridor sollozando, deshecho, sintiéndose vulnerable y, por sobre todo, caliente… triste, pero caliente. El saldo del robo, según informaron al otro día en la radio comunitaria, fue de 9 latas de atún, 4 cajas de puré, 3 jugos en polvo y 2 paltas maduras. Impresentable.

Por supuesto, el robo fue tema obligado en cada esquina del barrio, todos queríamos ayudar a don Floridor de alguna manera, pero nadie sabía cómo. Con la mano en el corazón, y actuando como los buenos vecinos que en el fondo somos, fuimos en patota hasta el ultrajado minimarket, le ofrecimos nuestro apoyo a don Floro y, sin que nos lo pidiera, comenzamos a aportarle ideas para que un hecho así no le volviera a ocurrir. El flaco Lucho, por ejemplo, se ofreció para chantarle un corcho en el hoyo cada noche, a ver si con eso lograba controlar sus pasiones, pero la verdad es que nos pareció demasiado invasivo y lo dejamos pasar; el chico Maicol, por su parte, dijo que lo mejor que podía hacer el viejo era contratar a un par de guardias, así crearía nuevos puestos de trabajo y, de paso, resguardaría la seguridad de su local, y mi viejo, luego de pegarle un cachamal al chico Maicol por considerar una mierda su cagá’ de idea, le brindó una solución mucho más simple y efectiva: “Lo que usted tiene que hacer, amigo Floro, ¡Es irse a afilar tranquilo a su casa con quien le plazca pue! Así de fácil, gástese parejo todo lo que quiera, ¡Pero en su casa! ¡No acá!”, “No puedo hacer eso vecino”, le respondió don Floridor cabizbajo, “si lo hago, ¿Quién me atendería el local?”, “¡Eso es lo más sencillo po!”, Replicó mi viejo, “usted lo que necesita, don Florito, es dejar a cargo a alguien responsable, cuidadoso y trabajador… alguien que no caiga en las tentaciones del alcohol y de la carne… o sea, en pocas palabras, a alguien como yo”. Todos nos reímos de buena gana, admirados de la capacidad de mi viejo de tirar una talla así de absurda en un momento tan delicado… bueno, todos menos don Floridor, quien, al parecer, y debido al trauma vivido la noche anterior, pensó que mi taita hablaba en serio, le agradeció su buena voluntad y, estrechándole la mano, le dijo: “me parece perfecto, vecino, el puesto es suyo, aquí tiene las llaves, puede comenzar ahora mismo”.

Al otro día, la radio comunitaria informó de un nuevo atraco en el “Minimarket Don Floro”. Esta vez, se robaron todo.

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