21 Ago

Capítulo 236: Rara la hueá

Anoche sucedió un hecho increíble, y pese a que debería guardármelo como algo privado, tengo la necesidad de compartirlo. Esto no es para generar risas ni nada de eso, así que, si están buscando chistes de curaditos o ranciedad sin censura, pueden dejar de leer ahora mismo.

Todo comenzó cuando mi viejo me llamó desde el clandestino del flaco Lucho, pidiéndome que lo fuera buscar y que, de paso, le llevara calcetines y un pantalón limpio, porque se había cagado hasta las patas. Sin exigir más detalles, me dispuse a cumplir con mi labor de buen hijo: tomé una micro hasta su casa, pesqué las prendas encargadas, llegué al clandestino caminando, me serví una piscola y ayudé a mi viejo a cambiarse de ropa (se lavó el hoyo con vodka, dicho sea de paso, para así evitar infecciones y quedar con rico olor), pero con tanta mala cuea que, justo cuando le intentaba poner el segundo zapato, hizo mucha fuerza para encajarlo y, puta, se cagó de nuevo. “¿Me trajiste más pantalones?”, Me preguntó, “no”, le respondí, “puta que erí hueón”, dijo por último, haciendo un rápido gesto con la mano para indicarme que fuéramos para su casa. Nos servimos dos piscolas en vasos de plástico, así como para el camino, y partimos.

Antes de continuar, debo aclarar que considero una tontería todo aquello a lo que llaman sobrenatural o paranormal… o al menos eso pensaba hasta anoche, cuando, justo después de doblar la última esquina que nos llevaría a nuestro destino, notamos que un extraño auto negro se encontraba estacionado en la vereda de al frente. Y aquí viene lo raro: mi viejo, envalentonado como nunca, cruzó la calle a paso firme, sosteniendo a dos manos su piscola casi llena. Yo sólo me limité a mirarlo, pensando que iría a mear o algo así, pero no, esa no era su intención, y lo confirmé cuando de un momento a otro, y a pito de nada, alzó su vaso con la mano derecha, puso su más cuática cara de enojo, y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia el parabrisas del ya mencionado auto, dejándolo chorreado desde el vidrio hasta las luces delanteras.

– ¡Viejo, qué hueá! – Le grité, acercándome a la escena – ¡Por qué hiciste eso!
– ¿Cómo que porqué lo hice? – Me preguntó ofendido – ¿Acaso no lo escuchaste?
– ¿Escuchar qué?
– ¡Al hueón que está en el asiento del piloto po! Me gritó “¡Borracho culiao, qué hueá te creí, anda a echarte!”, Y eso sí que no lo iba a aguantar po Matías.
– Viejo, ¿De qué estái hablando? ¡Nadie te gritó nada!
– ¡Es que voh no lo escuchaste po, Mati hueón! Pero eso me dijo el desgraciado… eso me dijo… y por eso me enojé…

Ni medio segundo pasó cuando, desde dentro del auto, el chofer abrió la ventanilla, asomó la cabeza, observó el trago derramado, se giró hacia nosotros y gritó a todo chancho: “¡Borracho culiao, qué hueá te creí, anda a echarte!”.

– ¿Viste, Matías? – Agregó mi viejo, poniendo los ojos blancos – lo repito: yo no voy a permitir que me falten el respeto así…

Y dicho esto, dio la media vuelta y se fue a acostar. Rara la hueá, él nunca se va a acostar tan temprano.

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