24 Ago

Capítulo 238: Eso sí que me importó

Me invitaste a pasar el fin de semana a tu departamento con la vieja excusa del “me siento solita, mi cama se me hace muy grande, y necesito un masaje por dentro”, y yo, como soy un balazo para las indirectas, me armé un bolsito con unas pocas pilchas y partí corriendo a cumplir con tus fantasías más perversas… total, y tal como me enseñó mi viejo, “el agua y el pico no se le niegan a nadie”.

No me importó que tuvieras la cagá en cada rincón de tu sucia morada, en serio no me importó, total, de cierta forma, ya me acostumbré a ello, tal como no me importó cuando me dibujaste un corazón con tu sangre menstrual en el pecho, o cuando te tiraste un tremendo peo en mi cara pensando que me causaría gracia. Me dio igual resbalarme con una cáscara de plátano apenas crucé el umbral de tu puerta, y aterrizar de cabeza sobre una bolsa de basura que quizás por cuanto tiempo tuviste al lado del comedor. Me hice el loco cuando, al abrir la ducha para quitarme los líquidos putrefactos que se me pegaron a la barba, el primer chorro de agua salió café, y el segundo y el tercero también, dándome a entender que no te bañabas hace semanas, quizás meses, y aún así no emití comentario alguno. Me dio lo mismo que no me ayudaras cuando me viste cubrirme la nariz con mi polera, tomar una bolsa enorme que estaba al lado de la tina, y echar en ella todos los trozos de papel higiénico que estaban desparramados por el piso, además de la espesa mota de vello púbico que obstruía el lavamanos; me importó la nada misma que me regañaras por querer ordenar tu pieza, por querer quemar aquellas tiesas sábanas amarillas que algún día fueron blancas, y por querer tirar a la basura ese repollo con hongos que, no me explico porqué, descansaba sobre tu velador… aún así asentí con la cabeza cuando me confesaste que en el fondo, muy en el fondo, creías que podríamos ser una buena pareja y, sorpresivamente, me regalaste una copia de tus llaves, para que intentáramos, así de a poquito y sin apuro alguno, vivir bajo el mismo techo. No me molesté cuando no quisiste ir conmigo a comprar casi todo nuevo, para así reemplazar aquel colchón roñoso al que llamas cama, por ejemplo, o aquellos trapos sucios que tienes por cortinas; me importó un coco que no movieras un solo dedo para ayudarme cuando saqué kilos y kilos de deshechos que opacaban nuestro nido de amor, que no quisieras acompañarme a desinfectar el wáter, la cocina, la lavadora y hasta los tenedores, y que tampoco me dieras una manito siquiera cuando trapeé el piso por horas, descubriendo, con asombro, que aquello que creía una alfombra nunca fue una alfombra, sino una capa de musgo que no sé cómo ni a causa de qué creció ahí, justo frente a tu sillón polvoriento.

Nada de eso me importó, insisto, te juro que me dio lo mismo, yo sólo quería darlo todo por nosotros y jugármela a concho para formar un hogar lindo y decente en conjunto. Por eso no entiendo cómo es posible que, luego de haberme visto limpiando, barriendo, desempolvando, trapeando, puliendo, desparasitando y ordenando tus cachureos por horas, me hicieras el tremendo show y me trataras de “cochino culiao” a grito limpio por dejar la tapa del baño arriba luego de echar la corta. Eso, querida… eso sí que me importó.

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