09 May

Capítulo 24: El Toperol.

Mi papá conoció al Toperol hace unos 8 años. En aquella época mi viejo aún trabajaba como conserje de un edificio de Santiago Centro, y en una de sus tantas sacadas de vuelta para ir a un café con piernas fue testigo de una protesta que lo dejó sin aliento: cinco jovencitas veinteañeras exhibían sus torsos desnudos en plena Plaza de Armas en señal de rechazo al maltrato animal, o algo así, el punto es que a mi viejo se le llegó a caer la baba cuando vio a estas lolitas con las pechugas al aire y mensajes animalistas escritos en sus estómagos planitos, así que, como tantos otros viejos curiosos y calientes, se acercó a mirar qué decían dichos mensajes… No, mentira, se acercó a mirar tetas.

– Hola mijita – le dijo a la más voluptuosa de todas – ¿Están haciendo una colecta o alguna hueá así? ¿Dónde hago el depósito?
– ¡No caballero! – Le respondió la niña, ultra hiperventilada – ¡Estamos protestando en defensa de los animales!
– Ah, mire qué bien… mire qué bien… ¿Y por qué andan con las pechugas al aire? ¿Para salvar a las gallinas o algo así?
– ¡Para llamar la atención pues caballero! ¿Para qué más va a ser? ¡Ya, lo dejo, me está preguntando muchas tonteras!
– ¡No mijita, no me malentienda! ¡Si yo también soy animalista! – Mintió – Tengo un cachorrito que se llama Matías, es medio hueón pero a veces me cuida – Eso fue una especie de verdad – Dígame qué hacer para que usted no se enoje conmigo, a ver, lo que sea.
– ¿Lo que sea? Adopte uno de nuestros perritos pues – la niña señaló una cajita que tenían ahí mismo llena de cachorros callejeros (mi viejo ni siquiera la había visto) – Son de lo más tiernos, elija al que usted quiera.
– Pero mijita… ¡Estos perros están llenos de garrapatas! ¡Y mire, estoy seguro que ese de la esquina tiene tiña!
– Por eso pues caballero, usted adopta uno y lo cuida con todo su amor y cariño… y yo le estaré eternamente agradecida…
– ¿Ah sí? – Le preguntó dando paso a su voz coquetona – Mire señorita, como le decía anteriormente, yo soy súper animalista… ¡Soy el hueón más animalista del mundo! Siempre me preocupo de descorchar a los perros que andan pegados en la calle y hueás así, liberación animal, usted entiende.
– Entonces, “don animalista”, ¿Cuál de estos hermosos cachorritos adoptará?

“Puta madre”, pensó mi viejo, ya estaba metido ahí y nada lo iba a salvar. Miró la caja que alojaba a todos los cachorros callejeros y luego le miró las gomas a la muchacha, “¿Valdrá la pena?”, comenzó a reflexionar, y “¡A cagar no más!” Fue su sutil conclusión.

– Deme ese mi niña – le dijo apuntando al único que tenía cara de tranquilo.
– ¿Cuál caballero?
– Esa, el que está sentadito y se le sale el pájaro para afuera, ¡Ja! ¡Si parece que anduviera con un lápiz labial entre las patas!
– Sáquelo usted mismo, ¡Y lo cuida mucho ah! Mire que han sufrido bastante ya.
– Sí mijita, lo cuidaré en su honor… Y en su honor también lo bautizaré como “Toperol”, para así recordar siempre que fueron sus lindos toperoles los que me trajeron hasta acá.
– Lo tomaré como un cumplido – Le dijo la niña justo antes de despedirse de mi viejo con el feroz calugazo y una corrida de mano.

O al menos eso es lo que cuenta él, no le creo mucho, la cosa es que si mi papá ya era rancio en aquella época, el Toperol era peor, y por lo mismo se llevaron como la callampa por un buen tiempo. En pocas palabras, el problema se debía a que el perro se lo pasaba violando, así tal cual, cada vez que mi papá llegaba borracho el perro se le montaba y comenzaba su meneo, incluso una noche mi viejo se cayó de la cama de puro curado, con tan mala suerte que quedó con todo el cuerpo en el suelo y las puras piernas sobre el colchón, ¿Así que qué hizo el Toperol? Se paró en dos patitas, apoyó las delanteras en las orejas de mi papi y vamos dándole, hasta que mi viejo despertó por culpa de la sensación extraña que comenzó a sentir dentro de su boca. “¡Me quería pintar los labios con su rouge este animal!” Me decía al borde del llanto ¡Y yo me cagaba de la risa! ¡Qué más iba a hacer! Si mi viejo y el Toperol eran la prueba viva de aquella creencia que dice que “cada mascota se parece a su dueño”.

– Mati hueón, este perro me tiene desesperado – Me dijo cuando llevaban apenas una semana juntos.
– ¿Qué te hizo ahora, a ver?
– ¿Qué no me ha hecho? ¡Si pareciera que me tiene mala! Fíjate que anoche invité a una mina que me estoy joteando a tomarse unas pilsocas, y cuando estábamos de lo mejor en el living este perro condenado entra a mi pieza como a buscar algo, sale y viene corriendo hacia nosotros con unos calzoncillos todos cagados colgando del hocico.
– Pero viejo, puta que erí chancho, ¿Quién tiene unos calzoncillos cagaos en la pieza, por favor?
– ¡Se me había olvidado oh! Es que la noche anterior fui donde el flaco Lucho, y en una visita al baño me puse a mear y no medí la fuerza que hice, así que me cagué un poco… El punto es que me vine y se me olvidó echar a remojar las hueás, qué tanto.
– Pero es un animalito po viejo, sólo es cosa de enseñarle.
– Mati hueón, el Toperol es indomable, ¡Mira! ¡Si ahora mismo se está afilando mi pierna, mira!
– Según yo, viejo, son tal para cual… Tómatelo con humor, al menos alguien te quiere.
– No me da risa, nada de nada… ¡Sale Toperol! ¡Sale! ¡Si le debí haber puesto “Pato”, por lo hueco!
– Ya viejo, como yo sí que le tengo buena a tu perro le traje un regalito, toma, un plato para echarle comida, otro para el agua y un saco de alimento de primera, ¿Qué tal?
– Está bien oh… deja los platos por ahí y rellénalos al tiro, mira que iré donde el flaco Lucho a pasar las rabias… y no quiero que Toperol se cague de hambre tampoco…
– ¿Viste que igual lo querí?
– ¿A ver? – Me dijo cambiándome el tema – ¿Y tú qué tení que andar gastando plata en perros ajenos? ¿Por qué mejor no me prestai unas lucas para no llegar pidiéndole fiado al flaco Lucho? ¿O acaso querí más a un perro que a tu papá? ¿Ah?

Me cagó. Aunque de todas formas todo resultó para mejor: mi viejo fue al clandestino, se lo tomó todo, volvió a su casa tan pero tan borracho que entró gateando y, producto del bajón, comenzó a comerse la comida del Toperol, ¡Si hasta el agua le tomó! Me imagino que el pobre perro, al ver a mi papá hincado y con la cabeza enterrada en el platito, pensó “este viejo ranció es de los míos, se ha ganado mi respeto”, y tal como en la cárcel los hueones más malos se hacen aliados, el Toperol y mi papi se convirtieron en amigos inseparables. Actualmente es normal llegar a la casa de ambos y pillarlos comiendo del mismo plato (ya sea alimento para perros o comida “para humanos”, ninguno le hace asco a nada), la mayoría del tiempo duermen juntos y, cuando mi viejo agarra de desaparecer por días, el perrito sabe cómo atenderse solo. Lo único malo es que, desde que se convirtieron en una especie de súper dupla, mis piernas comenzaron a ser el mayor deseo amatorio del Toperol… Soy como su puta… y él lo sabe…

Comentarios

Comentarios