12 Sep

Capítulo 243: De un solo golpe

Aunque nadie me crea, no siempre fui el cabro tranquilo y quitado de bulla que soy hoy en día, no señor, porque en mi infancia más temprana, cuando recién tenía unos 3 añitos, me caractericé por ser un pendejo explosivo, hiperquinético, extrovertido y seco pa’ sacarse la chucha, ¿Y cómo no iba a serlo? Si lo único que me gustaba – según recuerdo – era correr de un lado a otro, gritando, aleteando y tirando todo a mi paso.

Fue en uno de esos ataques de locura cuando, luego de dar un mal paso y tropezar con mis propios cordones desatados, me saqué la conchesumadre queriendo escapar de la casa, aterrizando de hocico a orilla de calle, y poniéndome a llorar como el niño que era casi de inmediato. Mi madre, espantada, me levantó rápidamente, me limpió la cara con escupito, se cercioró que de que estuviera vivo y, luego de las correspondientes chuchadas por imprudente, me dejó sentado al borde de la vereda. “¡Espérate aquí, cabro e’ mure!” Me dijo, “voy a buscarte algo pal cototo, y vuelvo”. Entró a la casa rauda y, luego de algunos segundos, volvió con un enorme y helado trozo de bistec, el cual apoyó contra mi mentón, y me indicó que lo sostuviera ahí por un buen rato, “¡Y na’ de moverse, cabro hueón!”, Agregó, “¡Yo voy a buscar unas chauchas pa’ llevarte al hospital, a ver si no quedaste con más pifias de las que ya tení!”. En eso estaba, esperando a mi madre con aquel enorme trozo de carne a la altura de la boca, cuando una tremenda fila de automóviles pasó por fuera de mi casa, y desde uno de ellos, del más oscuro de todos, descendió el mismísimo Augusto Pinochet Ugarte, quien, según entendí varios años después, andaba en plena campaña del “SÍ”. El viejo se me acercó junto a algunos miembros de su comitiva, me miró sonriente, luego fijó la mirada en el bistec que colgaba de mis pequeñas manos y, orgulloso, me tomó en brazos y clamó a viva voz: “¡Miren! ¿Quién dijo que en Chile se pasa hambre? ¡Sáquenme una foto con este gordito! Él es el símbolo de nuestro progreso”.

Desde aquel día, desde aquel abrazo, desde aquella foto, dejé de correr… como si algo, o como si alguien, me hubiese absorbido toda la energía vital de un solo golpe…

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