09 May

Capítulo 25: Vida y obra del flaco Lucho.

Dice la leyenda que el flaco Lucho fue profesor de Historia en un liceo municipal de Talca y que, luego de la llegada de la reforma, tiró las tizas a la chucha, le echó mano a unos ahorros y se instaló con un carrito de completos al lado de un supermercado. Según él mismo, su mayonesa casera era la mejor de la región, y su técnica para calentar el pan (con vapor, dentro de una olla) convertía a su producto en un manjar de dioses. Su jornada de trabajo comenzaba a eso de las 10 de la mañana, finalizaba tipín 2 de la madrugada y, como se alimentaba únicamente de sus completos, se podría decir que no hacía nada extraordinario que lo sacara de esa rutina. En resumen, le gustaba tanto su pega que se convirtió en un esclavo de la misma, y eso se tradujo en que ganara muchos pesos, pero también mucho peso. Ahí fue cuando sus clientes sureños lo bautizaron como el “guatón Lucho”. Con el tiempo el guatón Lucho, debido a su simpatía y cara de buena persona, se comenzó a hacer popular entre jóvenes universitarios, quienes lo visitaban después de los carretes para bajonear en masa. “Ya po gancho Lucho, deje tomarnos una pilsen fondeaos´ dentro de su carrito”, le dijeron cierta noche, “si vamos a pasar piolita oiga, no ve que así vamos a disfrutar de sus completos tal como un chancho disfruta el barro, ¡Uyuy!”, y no era para nada mala idea, el guatón Lucho se dio cuenta de que su público era mayoritariamente bueno para el trago, así que a partir de la noche siguiente comenzó a dejar entrar a grupos pequeños de cabros a tomar escondidos dentro de su carrito. Ese fue su primer clandestino, y ahí sí que ganó lucas.

Llegó un momento en el cual sus manos no daban abasto, por un lado tenía que picar tomate, moler palta y todo ese hueveo, y por otro cuidar que los borrachines que estaban dentro de su carrito no se mandaran alguna cagá. Fue ahí cuando contrató a una especie de ayudante, una vieja que se las daba de chef, pero que con cuea´sabía cocer una salchicha. El guatón Lucho, necesitado de cariño a más no poder, comenzó a hacerle ojitos, y ella no se hizo de rogar para nada y se lo comió. La verdad es que muchos datos no tengo de cómo evolucionó esa relación, sólo sé que la vieja resultó ser una bruja que le succionó el alma al guatón, quería toda la atención para ella y no dejaba que su hombre socializara con la clientela. Con el tiempo don Lucho se convirtió en un macabeo total, dejó de ir a trabajar para atender las exigencias de su pareja y, no conforme con eso, le pidió matrimonio y la convirtió en su esposa. Como la vieja era media agrandada, le dijo a su esposo que se tenían que ir sí o sí a Santiago, “en la capital viven los famosos y no andaban caballos en las calles” fueron sus argumentos. El guatón Lucho, hueón como el solo, le hizo caso sin cuestionar nada, vendió todo lo que tenía y partió a la gran ciudad, con tan mala raja que justo arriendó un departamento en el edificio donde mi viejo era conserje.

Según cuenta mi taita, la esposa de don Lucho le exigía tanto al pobre hombre que al primer año de casados ya lo tenía demacrado, ojeroso, paliducho y flacuchento, y por lo mismo se ganó las burlas de sus nuevos amigos santiaguinos, quienes lo bautizaron como el “flaco Lucho” en señal de lástima por su mierda de vida. Gran parte de los ahorros del flaco Lucho se fueron en pagarle a su esposa los lujos extravagantes que le exigía (más que nada, comprar un montón de hueás en los malls, eso calentaba a la vieja), así que, en la necesidad de generar ingresos, le preguntó a mi viejo cuál era el negocio más rentable para un comerciante dispuesto a invertir, y la respuesta de mi padre fue, cómo no, “una botillería… cerca de mi casa”. Cuento corto, el flaco Lucho se encalilló con un montón de préstamos, compró una propiedad antigua y gigante que le permitió instalar su local y, además, vivir en los cuartos de atrás. Obviamente a su esposa no le agradó la idea, ella soñaba con vivir en un barrio cuico y tomar tecito con las señoras de grandes empresarios, aunque con el tiempo se dio cuenta de su realidad y no le quedó más que ser otra vieja arribista en una ciudad llena de viejas arribistas. Y yo cacho que se adaptó fácil, porque ahora la veo y de la puerta para afuera se las da de pituca, pero dentro de su casa huevea más que puta curá. Al poco tiempo tuvieron a su primer hijo, un cabro piola, quitado de bulla, algo afeminado y, por lo mismo, su madre (dentro de su inmensa ignorancia) lo mandó a hacer el servicio. Ahora el cabro pololea con un ex compañero del regimiento, viven juntos en Punta Arenas, son felices y publican en Instagram todo lo que comen.

Mi viejo con el flaco Lucho se convirtieron en amigos inseparables, incluso él fue quien convenció al flaco de transformar la antigua pieza de su hijo en un clandestino y, a la larga, de comenzar a llevar chiquillas para recrear la vista. El punto negativo es que tienen una especie de juego macabro que consiste en hacerle una broma pesada al primer hueón que se quede dormido de borracho, y la verdad es que se ahueonan demasiado. Ahí es cuando pelean y luego no se hablan por un buen tiempo, pero el amor por la jarana es más fuerte y siempre terminan reconciliándose. Por ejemplo, una noche el flaco Lucho tomó tanto que se vomitó entero y luego se quedó raja sobre la mesa, y mi viejo con otros curagüillas fueron a buscar mierda de perro a la calle y se la untaron en el bigote. Al despertar el pobre flaco anduvo todo el rato diciendo “hay olor a mierda, ¿Sienten ustedes? ¿No? Está pasado a mierda, ¡En todos lados hay olor a mierda, cómo nadie más lo siente!”. En otra ocasión fue mi viejo el que se durmió primero, y el flaco Lucho le bajó los pantalones, le depiló toda la zona íntima y luego, usando La Gotita, le pegó los pendejos en las cejas. Anduvo como una semana con las cejas crespas mi taita, incluso me llegué a acostumbrar a verlo así.

El punto es que anoche fui a visitar al flaco Lucho para arreglar las cuentas de mi viejo, que sigue en cama gracias a la sadomasoquista fanática de Grey. Me invitó a pasar, me ofreció una piscola y, como yo no tenía nada mejor que hacer, acepté. No nos dimos ni cuenta cuando habíamos bajado dos botellas de Mistral y comenzamos a tomar vino, y luego pilsen, y en la mañana empezamos a darle a la malta con harina tostada, a la hora de almuerzo nos hicimos unos melones con vino y después… no sé, me desmayé de curado. Yo creo que fueron las presas del melón. Desperté tarde, el flaco Lucho dormía bajo la mesa, así que tomé las llaves, abrí la puerta y me vine al departamento aún ebrio. Al poco rato recibo una llamada de don Lucho.

– Matías, soy don Luís, ¿Ya llegaste a tu departamento?
– Sí don Lucho, todo bien, gracias por preocuparse, se pasó.
– No, si no te llamo por eso… te llamo para advertirte de algo, me mandé una cagaita.
– ¿Qué onda?
– Es que anoche, cuando te quedaste dormido, llamé a tu papá para preguntarle qué broma podía hacerte… y bueno, no hay forma fácil de decir esto… a ver, cómo empezar… ¡La hueá es que te metí un condón con leche condensada en el poto!
– ¿Que hizo qué? ¿Me está hueviando?
– Es que queríamos que creyeras que yo te había afilado en la curadera, pero ahora lo pensé bien y no fue buena idea, una vez se la hicimos a un hueón y casi se suicidó. Eso, buenas noches, duerme bien, pero antes intenta sacarte esa hueá del culo, es fácil, sólo métete el dedito y tiras para afuera.
– Pero don Lucho…
– ¡Las hueás que se le ocurren a tu papá po! Desquítate con él, yo te abrí el hoyo y te metí el condón no más, nada más.

El flaco Lucho era un sureño de buen corazón, su esposa lo convirtió en un hueón sumiso y mi viejo lo transformó en un monstruo. No importa, igual me voy a vengar flaco Lucho culiao, prepárate.

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