17 Nov

Capítulo 253: La mancha

Desde que está soltero, mi viejo ha enfocado toda su energía en dos de sus grandes pasiones: la gastronomía y, cómo no, la manfinfla. Según he apreciado con mis propios ojos, cuando espío su historial de navegación de puro morboso que soy, se la pasa gran parte del día buscando en internet recetas de cocina novedosas, económicas y muy poco saludables, y también páginas pornográficas centradas en las más diversas parafilias, como hueones afilándose a mujeres con barba, o encendidas orgías de enanos disfrazados de payasos. Pura finura.

Hace unos días, y con la sana intención de invitarlo a ver un masivo de zumba que se realizaba en la multicancha de la esquina, llegué hasta su hogar y le ordené que se levantara de un solo salto, “¡Las minas más lindas del barrio están moviendo el tambembe aquí afuera, viejo!”, Le grité, y “¡Dame un segundo, Mati hueón! ¡Un segundito y nos vamos!”, fue su exasperada respuesta. Quizás desde hace cuánto no ve la luz del día este pobre viejo, pensé, mientras lo observaba correr hacia su refrigerador, pescar un bistec, ponerlo a descongelar en el microondas, untarle mantequilla y encerrarse en la cocina indicándome que no lo interrumpiera por nada del mundo, porque se relajaría con su pasatiempo favorito por un par de minutos antes de salir, de otro modo, andaría de malas pulgas toda la tarde.

Tal como lo prometió, ni cinco minutos pasaron cuando salió listo para acompañarme, con su rostro enrojecido y sudoroso, arreglándose el poco pelo que le va quedando, y tragándose un trozo de pan como si necesitara recobrar de un golpe las energías perdidas.

– Listo Mati, ¿Nos vamos? Aunque no sé… como que se me quitaron las ganas de ver minas…
– ¡No hueí viejo! Si te vine a buscar es por algo, ¿Hace cuánto no hacemos algo juntos, como padre e hijo? No te corrái ahora po.
– Ya, está bien, ¡Pero sólo porque soy un buen padre! Por nada más.
– ¡Buena! Y entonces…
– ¿Y entonces qué?
– ¿Te vas a demorar mucho más?
– ¿Yo? Pero si estoy listo po.
– Viejo, por favor, estás todo sucio, ¿Qué onda? No pensarás salir a la calle con esa ropa.
– ¿De qué estái hablando, Mati hueón? ¿Qué tiene de malo mi pintacha?
– A ver, cómo te lo explico… puta, ¡Tu pantalón tiene una mancha de semen po viejo!
– ¿Semen? Estái hueón, ¿Dónde?
– ¡Ahí!
– ¡Ahí dónde po ahueona’o!
– ¡Ahí po! ¡En tu pierna izquierda!
– ¿Esta mancha?
– Sí, esa mancha.
– Puta que erí ignorante Mati hueón, se nota que no sabí na’ de gastronomía… ¡Pa que voh sepái, esta mancha es de leche condensada, saco e’ hueas! ¡Leche condensada!
– No sé viejo, a mí me parece semen.
– ¡Pero si te estoy diciendo que no es semen! Mira, hace un rato entré a la cocina y, para darme un gustito, me hice un sanguchito y un café con leche condensada, ¿Cachái? De seguro en ese momento se me derramaron algunas gotitas del tarro sobre el pantalón, y listo, fin del misterio.
– ¿Seguro?
– ¡Sí po! Mira, ¿Querí probar?
– ¡No! ¡Qué asco!
– ¡Cabro hueón, te digo que es leche condensada! ¿Por qué te va a dar asco? ¡Porfia’o no más!

Y dicho esto, mi viejo llevó su dedo índice hasta aquella enorme mancha blanca y, luego de capturar poco menos de la mitad del líquido con su yema, lo esparció por su lengua y procedió a saborearlo.

– A ver, a ver… ¡Viste, Mati hueón! ¡Es leche condensada!
– Ah, ya… menos mal…
– ¿Cachái que erí mal pensado hueón? Siempre esperái lo peor de mí, me tratái como si fuera un viejo cochino, un degenerado, ¡Y na’ que ver po!
– Ya, cálmate.
– ¡Ni siquiera me creíste cuando te expliqué el origen de la mancha! ¿Qué clase de hijo cuestiona a su santo padre de esa manera? Estoy tremendamente ofendido, Matías…
– No le pongái color tampoco po viejo, si no es para tanto… igual confío en ti.
– ¿Ah sí? ¿Y por qué no saboreái la mancha tú entonces?
– Porque, puta, no sé po… no me tinca no más…
– Saboréala…
– ¿Ah?
– Pasa tu dedo por la mancha, y tómale el gusto, a ver si en realidad confías en mí.
– Viejo, ni cagando… sabemos cómo terminará esto…
– ¡Matías, es leche condensada, ya te lo dije!
– ¡Si sé viejo! ¡Te escuché la primera vez!
– ¡Entonces por qué rechucha no la querí probar!
– ¡Porque me da asco!
– ¡Por qué te va a dar asco, si es simple leche! ¡Leche condensada!
– ¡Hueá mía po!
– ¡Pruébala, Matías!
– No quiero.
– ¡Pruébala, y demuéstrame tu lealtad! ¡Demuéstrame tu confianza! ¡Demuéstrame el amor que me tienes!
– ¡Ya, viejo hueón catete! ¡Está bien! ¡Ya!

Y con el dolor de mi alma, dirigí mi dedo índice hasta su pierna, y lo unté en el resto de la sustancia cremosa que quedaba sobre su pantalón. Claro, era como la leche condensada: blanquecina, tirando para transparente, y se sentía levemente tibia al tacto. Me la llevé hasta la boca sin pensarlo dos veces, con el fin de saborearla y hacer gárgaras con ella si era necesario, para que mi viejo parara de hacerse el ofendido de una buena vez.

– ¿Viste Mati hueón? – Me dijo – ¿Viste que era leche condensada? ¡Te lo dije!
– Viejo… esta hueá está salada…
– ¡Ya po! ¿Y el sabor de la leche condensada, cómo es?
– ¡Es dulce!
– ¿Estái seguro?
– ¡Sí po viejo! ¡Esta hueá’ es semen!
– No…
– ¡Es semen fresco!
– ¡Chucha, ya! ¡Perdóneme, don sabelotodo!

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