19 Nov

Capítulo 254: Correr

Aquel día, sin ninguna razón en particular, decidí salir a correr… aunque bueno, para ser del todo sincero, razones habían de sobra: mi paupérrimo estado físico, sumado al infernal calor veraniego, ya me estaba pasando la cuenta, y mi cita con la nutricionista (que mi madre me obligó a visitar, de puro catete que es) no había andado nada de bien; la vieja, a grito pelado, y mirándome como si yo le diera asco, me juró y me recontrajuró que, si seguía con este estilo de vida tan cerdo, me moriría mórbido, feo y solo antes de los 40, así que ya era hora de hacer algo al respecto y comenzar a desarrollar, aunque fuera de a poquito, una rutina de vida saludable, alejada de los vicios, y tremendamente fome.

– Entonces, ¿Tengo que comer pura lechuga? – Le pregunté a la doctora, al borde de las lágrimas.
– Tampoco es para tanto, Matías, es sólo cosa de que te ordenes, y que pares de, por ejemplo, comerte tres hamburguesas a las cinco de la mañana sólo porque llegaste a tu casa borracho y con bajón.
– ¡Quién le contó eso!
– Tú, Matías… tú me lo contaste hace menos de dos minutos, ¿Viste? ¿Te das cuenta que tu mala vida, incluso, te está afectando la memoria?
– Ya, ya entiendo, está bien, le haré un poco de caso… aunque me duela, y pese a que probablemente me muera de hambre, dejaré de darme bajones después de mis tomateras, ¡Muchas gracias! Nos vemos.
– A ver Matías, creo que no nos estamos entendiendo – repuso la señora, poniéndose de pie – ¿Quién te dijo que podías seguir tomando?
– ¿Qué? ¿Cómo?
– ¡Es el trago el que te tiene así de fofo, niño! ¡Así de hinchado, así de destruido! Mira, revisemos tu rutina diaria nuevamente: te levantas a las 7:30 de la mañana, con caña, siempre, te tomas los conchos de la bebida de la noche anterior, y te vas al trabajo sin desayunar. Luego, a la hora de almuerzo, te comes dos completos; para la once, cerveza, ¿Cierto? Mucha cerveza, y otro completo, y, para la cena, “algo más fuertecito”, como tú mismo dijiste, media botella de pisco, por lo general, acompañada con charqui para afirmar la guata, y después, cuando llegas borrado a tu hogar, fríes cualquier cosa y te la engulles sin importar la hora, ¿Te das cuenta? ¡Tienes 30 años, chiquillo, y estás hecho bolsa!
– ¡Doctora, yo hago lo que sea! ¡Le juro, lo que sea! ¡Oblígueme a comer pasto todo el día! ¡Deme una dieta de puro repollo si quiere! Pero por favor, le ruego, por favor se lo pido, ¡No me condene a no chupar nunca más! ¡Eso sí que no! ¡Le pago lo que sea! ¡Lo que sea, pero no me condene a eso!
– Lo siento Matías… esa es la única salida… aunque bueno, al final la decisión es tuya, tú puedes hacer con tu vida lo que quieras, aunque ya te lo dije, yo te recomiendo que…
– O sea, ¿No es obligación que yo le haga caso?
– ¿Qué? ¿De qué hablas Matías? ¿Habías venido a un control médico antes? ¿Sabes que lo que yo determine como lo mejor para tu salud no es una ley, cierto?
– ¿No?
– No, Matías…
– Qué buena, no tenía idea. Siempre me dijeron que a los médicos había que hacerles caso en todo, ¡En todo! Así que viví creyendo que ustedes eran como los carabineros, o como los jueces, o algo por el estilo.
– ¿Estás bromeando, cierto?
– Pero ahora que me lo aclara, me puedo ir más tranquilo, ¡Chaito!
– Matías, ¿Te cuidarás?
– Le prometo tomarme las piscolas con menos bebida.
– Matías, insisto, yo te recomiendo que…
– ¡Déjeme ser feliz, mujer malvada! ¡Tengo derecho a ser feliz!

Quizás hice mal al salir pataleando y gritando de su consulta, y claro, tal vez no fue la mejor publicidad para ella como profesional el hecho de que todos sus pacientes vieran como un gordo histérico la difamaba y le levantaba el dedo de al medio acusándola de tortura sicológica, pero bueno, lo hecho hecho está, y lo que realmente importa es que esa misma noche, cuando me zampaba las piscolas de rigor, me vino un arrepentimiento a pito de no sé qué. En cada sorbo que le daba a aquel sucio vaso, continente bendito que hacía reposar la mezcla perfecta de hielos, bebida y alcohol, no veía más que una muerte inminente, una muerte causada por aquel brebaje que tanto amo, y que durante tanto tiempo prometí nunca dejar… ¡Conchemimadre! Pensé, esa vieja latera tiene razón, debo cambiar mi vida si quiero seguir gozando de ésta, y debo cambiarla cuanto antes. Estaba decidido: al otro día, antes de irme a trabajar, comenzaría una rutina diaria de ejercicios; al otro día, y por primera vez en mi miserable existencia, iba a salir a correr.

Es curioso eso de correr, sobre todo para alguien que no lo hace ni siquiera para los temblores; “si algún día me ven corriendo, es porque algo muy grave pasó”, creo haber afirmado en más de una ocasión, y es que me cuesta entender el sentido de querer gastar energías en algo cuyo propósito no comprendo, ¿Correr por correr? ¿De qué serviría esa hueá? Aunque bueno, ahora, en mi situación actual, comprendía que un poco de actividad física no le venía mal a nadie, y menos a mí, así que, tal como me lo propuse, y sin alumbrarlo en ninguna red social, me levanté a las seis de la mañana, me chanté una polera vieja, un pantalón de buzo que sólo ocupé una vez, cuando me operé de un testículo, me entubé mis audífonos, le di play a un álbum motivacional y comencé a correr como loco por todo el barrio. No sé si se debió a que lo nuevo, algunas veces, se hace fácil, pero el llevar un ritmo constante de trote no me costó absolutamente nada, y, es más, al cabo de algunos minutos comencé a aumentar la velocidad paulatinamente, sin ningún tipo de trabas. Ya iban a ser las 6:30 cuando me dije “¡Ya! Está bueno por hoy, ahora para la casa, a ducharse, y luego a la pega”, pero no, mis planes se vieron truncados cuando, al quitarme los audífonos y darme la media vuelta para comenzar mi retorno, vi que todos los borrachitos que prácticamente viven en el clandestino del flaco Lucho, incluido mi viejo, venían corriendo tras de mí. Dios mío, no lo puedo creer, me dije, lleno de orgullo, soy un ejemplo para todos estos viejos chicheros… soy un líder, un modelo a seguir, ahora que decidí optar por una vida sana, todos estos curagüillas también lo harán, así que no puedo flaquear; no me puedo detener, seguiré motivándolos por algunos kilómetros más, y, con esa convicción, miré directamente hacia sus rostros cansados y sudorosos, y les grité con voz agotada “¡Vamos, corran! ¡Corran conmigo! ¡Háganlo por su bien! ¡Corran detrás de mí, y yo los sabré guiar!”, y retomé mi carrera nuevamente. Igual le pusieron ganas los viejos, aunque a más de alguno tuvimos que esperar porque se puso a vomitar en plena calle. Llegamos hasta los límites de nuestra comuna, saltando cercas y esquivando obstáculos, y si bien más de un viejo se fue de hocico en el intento por seguir mi rutina, continué corriendo fuerte y derecho hasta que mi cuerpo comenzó a darme señales de que ya no podía más. Y fue ahí, justo en una plaza, cuando me subí a una banca y les dije a mis improvisados acompañantes que ya era hora de emprender el camino de retorno, que los felicitaba de corazón por tener la voluntad de darle un giro a sus tóxicas vidas, y les prometí que cuando ellos quisieran podíamos repetir la aventura, porque para eso estaba yo, para ser su gurú deportivo desde ahora en adelante.

– ¿De qué… hablái… Mati hueón…? – Me preguntó mi viejo, al borde de un ataque de asma – ¿Ya… estamos… bien? ¿Estamos… a salvo?
– O sea, a salvo completamente aún no po, hay que seguir haciendo esto día a día, ahí recién estaremos a salvo de un ataque, por ejemplo…
– ¿De un ataque… zombie?
– No viejo… cardíaco…
– Mati… dinos una hueá… ¿De qué chucha veníai arrancando?
– ¿Arrancando?
– O sea… con los cabros aquí estábamos tomándonos unas pilsens afuera del clandestino del flaco, te cachamos pasar corriendo como maricueca, agitando las manos y dando saltitos, y puta, ¡Nos asustamos po! Y salimos corriendo también…
– Chucha…
– ¿Y entonces? ¿Era un asalto? ¿Una balacera? ¿Una redada? Porque puta, todos aquí sabemos que voh no corrí ni pa’ los temblores po, algo cuático tiene que haber pasado…
– Sí, es cuático, déjenme contarles… antes de que me juzguen, déjenme explicarles…

Y volvimos a nuestro origen corriendo nuevamente: yo a la cabeza, a toda velocidad, y ellos a mis espaldas, lanzándome piedras, pollos y sendas patadas en la raja.

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