28 Nov

Capítulo 255: La carta al viejito pascuero

No es por dármelas de rudo ni nada de eso, pero les juro que a estas alturas de mi vida, cuando ya he visto casi de todo, son pocas las cosas que me conmueven realmente. Pero este niño… este niño marcó la diferencia.

Es poco y nada lo que sé de él, ni siquiera lo conozco en persona, y peor aún, él ni siquiera sabe de mi existencia ni de lo mucho que me he preocupado por su bienestar durante la última semana, pero así es como funciona esta dinámica, donde el contacto entre benefactor y beneficiario es prácticamente nulo: uno va a la sede del barrio, habla con el presidente de la junta de vecinos, le pide una de las tantas cartas que los niñitos de escasos recursos le envían al viejito pascuero y, luego de leerla y empatizar con el emisor, busca el regalito solicitado y se lo deja en el arbolito navideño que decora el salón principal de la ya mencionada sede, para que, durante la noche de navidad, un viejo guatón se chante un traje rojo y una barba blanca, y se lo vaya a dejar a la puerta de su casa. Una actividad simple, noble y tremendamente gratificante.

Mis palabras jamás serán tan potentes como las de aquel niño, y contar esto desde mi perspectiva nunca logrará el impacto emocional que su carta alcanzó en mí, así que, sin mayores rodeos, les dejaré algunos fragmentos de su sentido mensaje, a ver si algún ser caritativo se conmueve y me apoya en mi afán de regalarle una navidad perfecta a este pequeño inocente. La carta dice así:

“Querido viejito:

Quiero una caja de botellas de pisco. Eso. Una vez las vi: son grandes, y traen como 6 botellas dentro, es un espectáculo hermoso, un placer para los ojos, un sueño imposible… ¡Ah! Pero no te confundas, no son para mí, ¿Cómo se te ocurre, viejito? Si yo soy sólo un niño… tengo 10 ó 12 años, no sé, y las botellas las quiero para… ¡Para rifarlas! Sí, tal como leíste: haré una rifa, el copete será el premio, y todo lo recaudado será para mi abuelita, pobre viejita, está muy enferma de algo, y la platita le vendría más que bien.

Ahora, viejito, si pudieras acompañar las botellas de pisco con unas bolsitas de charqui, sería ideal… no como hace días, y algo para picar me vendría más que bien. Y si, además, mandas papas fritas, sería la guinda de la torta.

Y viejito, si aparte del pisco, del charqui y de las papas fritas también me mandaras algunos billetitos, no me quejaría… en serio, mi abuelito está enfermísimo, ya te lo dije, y cualquier ayuda extra sirve… Hazme feliz, ¿Ya viejito? Dame este gustito, y yo estaré eternamente agradecido.

Y no te preocupes por venir a dejarme el regalo a la casa, viejito, no me sé mi dirección… déjalo en el arbolito de la sede no más, mandaré a un tío a buscarlo, lo reconocerás de inmediato: es algo calvo, encachado y, por sobre todo, muy, pero muy sensual. Pásale mi regalo a él no más, confía en mi viejito, y regálame la mejor de mis navidades.

Se despide con cariño:

Un niño.

P.D.: Si al regalo pudieras sumarle unas bebidas, y otros pocos billetes para comprar hielo y vasos de vidrio, mucho mejor. Mi madrina, que está tan enfermita la pobre, lo agradecerá eternamente”.

Es extraño, lo sé, pero hay algo en este mocoso que me hizo sentirlo cercano, casi familiar, y si tengo que gastar todos mis ahorros para tenderle una manito, lo haré sin dudarlo. Hay que dar hasta que duela, dicen por ahí, aunque bueno, cuando se trata de una buena causa, no veo porqué debería doler…

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