01 Dic

Capítulo 256: El terno

Llevaba poco menos de un mes viviendo solo, conociendo de golpe lo que significaba ser un joven-adulto medianamente responsable, y valorando al fin cada regaloneo y atención que mi vieja me brindó mientras estuve bajo su alero… Y no podía ser de otra forma, si de pronto descubrí que la cama no se hacía sola, que las ollas, si no se lavaban, se llenaban de hongos, y que la ropa, por mucho que estuviera colgada en el balcón para ventilarse un poco, se impregnaba con los olores que mi cuerpo (y uno que otro factor externo, como el humo del cigarro, el vómito y los copetes derramados, por ejemplo) le iban dejando. Lavadora no tenía; ánimos para llenar la tina con agua y detergente, para así fregar, enjuagar y estrujar cada prenda por separado, tampoco, y ganas de hacerme el tiempo para ir a una tienda y comprarme ropa nueva, menos. Los días pasaban, y todo mi closet, desde el par de calcetines que mi viejo me había regalado para la navidad, hasta la chaqueta de cuero XL que me dejó una ex metalera, porque a ella le quedaba demasiado apretada, emanaba un hedor putrefacto, ácido y lacrimógeno, y la única solución sensata que se me vino a la mente, así como para salir de aquella repentina crisis, fue agarrar todas mil pilchas, tirarlas dentro del lavaplatos, rociarlas con un poco de parafina y, sin más rodeos, quemarlas, “total ahora me acuesto, mañana llamo a mi mamá, le lloro un poco la carta y me traerá un montón de prendas nuevas”, pensé, recorriendo mi departamento con las bolas colgando, como un decadente Adán esparciendo su ranciedad por el viejo paraíso, cuando de pronto, como si la desgracia me persiguiera, recibí un llamado del Lolo Astudillo, el único amigo cuico que aún conservo, y que me telefonea siempre cuando tiene algún malón pantagruélico, con copete a destajo y delicias culinarias que un pelele como yo jamás podría costearse.

– Buena perrito, ¿En qué estái hueón? – Me preguntó el Lolo, hablando como si tuviese una papa en la boca.
– ¡Güena culiao! Na’ po, aquí… en pelota.
– ¿En pelotits? ¿Y por qué perrín? ¿Estái con una minits acaso?
– No… es que no tengo qué ponerme…
– ¡Ja! Tranqui man, me pasa siempre, ni te imaginái hueón, pal’ pico, entre tanta ropa, tanto diseño, tanta variedad, que las Polo por acá, que las Armani por allá, es tan difícil decidir, que siempre termino llorando y gritando “¡Mi dios, no tengo que ponerme, no tengo nada!”, siendo que, en realidad, tengo de todo… Es pal hoyo eso, perrín.
– Claro… pal hoyo…
– Oye perro, ¿Y vendrás a mi evento? ¡Las piscolits ya te están esperando, perrazo!
– ¿A cuál evento? No me has avisado de nada po.
– ¿Cómo que no, man? Te mandé la invitación por Facebook, ¿No la viste?
– A ver, deja revisar… aquí me sale algo… ¿Es el “Birthday Pool Elektro Summer Fest V.I.P. On Fire Old School Golden International Super Star Party Delux 2.5 Ultimate”?
– ¡Sí po perro, ése mismo! Es mi fiesta de cumpleaños, ¿Cachái? Va a venir puro filete corte fino papá, mata’o, tendré pura hierba de raza, destilados de primera, vino de exportación, y pa voh… puta, pisco y charqui, la misma hueá que me pedí siempre po perrín.
– ¡Buena! ¿Y habrá hielo?
– ¡Sí po perro, obvio!
– Porque en el clandestino al que voy no hay nunca…
– Tendré una piscina con hielo sólo pa’ usté’, ¡Si voh soy como mi hermano po perrito! Y vasos de vidrio también, como la última vez que nos vimos me confesaste que ya se te había olvidado la sensación de tener cristal en las manos… pucha, me conmoví…
– No se diga más, ¡De allá soy! Pero oye… ¿Me prestái un poco de plata? Así como pa’ comprarte algún regalo… es feo llegar a un cumpleaños con las manos peladas po…
– Sí pue perrito, como siempre, ni un rollo.
– Ya, deposítame no más, ¡Ah! Y agrega unas luquitas extras, así como pa’ irme en taxi y llegar directo a tu departamento, mira que la última vez que fui solo pa’ allá arriba toda la gente me miraba como si yo la fuese a asaltar, o no sé…
– No es pa’ menos po perrito, si andabai pidiendo plata todo borracho, meado y, pa’ más remate, a pata pelá’ en pleno Vitacura, ¿Qué más querí?
-No, si son entero de discriminadores allá hueón, la cagaron, entero de discriminadores…

Y tal como me lo había prometido, el Lolo Astudillo me depositó una cantidad de lucas suficiente como para llegar hasta su departamento en taxi, comprarle un chocolatito en alguna bencinera de por ahí y, con el vuelto, costearme cuatro meses de arriendo por adelantado… pero antes debía solucionar el problema de la ropa… “¿Dónde podré comprar unos pantalones y una polera un viernes, lejos del centro, y a las once de la noche?”, No… estaba caga’o, completamente caga’o, y en un ataque de desesperación me abalancé sobre mi closet con la esperanza de que algo hubiese sobrevivido a la quema, ¡Algo! Algún pantalón de esos que uno da de baja porque, en un movimiento brusco, se rajaron en la zona testicular, o una polerita manchada con cloro más que fuera para salvar un poco la situación, ¡Pero nada! Lo único que encontré a salvo fue un calcetín guacho, una venda con manchas de sangre y una bufanda a medio tejer, nada más, pero justo en el momento en el que me iba a dar por vencido, y me preparaba para recostarme desnudo a llorar en posición fetal, se me ocurrió revisar una arrugada bolsa negra que descansaba dentro de una caja que nunca abrí al momento de la mudanza; una bolsa polvorienta y muy bien amarrada, que alojaba en su interior nada más ni nada menos que el terno negro que ocupé para mi graduación de cuarto medio, más una camisa azul planchadita, y una corbata finísima que hacía juego con todo lo anterior. “¡Qué hueá!”, Pensé, al probarme la prenda y descubrir que me quedaba impecable, incluso mucho mejor que la primera vez en la que me la chanté, y con justa razón, si mi vieja me lo había comprado varias tallas más grande para que me durara, como mínimo, hasta el matrimonio, así que me convencí y decidí ir al carrete formal no más, “me pegaré su buena peiná’, lustraré mis zapatos con escupito, me cortaré estos bigotes torrantes, les diré a todos que soy empresario, y listo… ¡Problema solucionado!”.

Siempre he escuchado que las apariencias son importantes, obviamente, que el cómo te vistas es la forma en la cual el mundo te percibirá, “vístete para el puesto que quieres, no para el que tienes”, dicen por ahí, pero, sinceramente, nunca pensé que fuera para tanto… y es que, por ejemplo, yo muchas veces he tomado taxi, ¡Muchísimas! Pero nunca había visto que un chofer se bajara a abrirle la puerta a un pasajero… ¡Y me pasó po! ¡Por andar de terno me pasó! Aunque eso no fue lo más extraño, no señor, eso fue sólo el comienzo. Primero, la conversación con el taxista se centró en la realidad política del país (él repetía incesantemente frases del tipo “gente como usted salvó a la patria hace muchos años atrás”, o “ustedes, que tienen la plata, son los que pueden hacer crecer de nuevo a nuestra nación”, y otras burradas que no recuerdo); luego, me pidió consejos para invertir en el extranjero, para importar productos desde China, para ahorrar en fondos mutuos, cosas sencillas, pero que de todas formas desconozco, y de pronto, de la nada, comenzó a contarme que soñaba con armar una empresa textil cuyos empleados fueran únicamente inmigrantes ilegales, y me pidió uno que otro secreto para sacarles el jugo explotándolos harto, pagándoles poco y, por supuesto, sin ningún tipo de contrato. Le respondí puras hueás, en todo caso, mi único interés en ese momento era llegar pronto al carrete del Lolo Astudillo, y la conversación que me proponía el taxista facho me tenía más que lateado. Aunque no me quejo, igual me dejó en la puerta del departamento de mi amigo, me dijo que la carrera iba por su cuenta y que, si alguna vez requería de un chofer privado para una de mis tantas limusinas, me acordara de él. Le prometí que así sería, y me alejé de su vehículo rogando no verlo nunca más.

Hice ingreso al edificio del Lolo Astudillo dispuesto a cumplir con la rutina de siempre: saludar al conserje, entregarle mi cédula de identidad, dejar que me registrara, darle tiempo para que llamara con toda la calma del mundo al departamento del Lolo, esperar la confirmación y escuchar, cabeza agacha, los sermones que siempre me daba: que “no consuma alcohol en el ascensor, porque blablablá”, que “no haga gestos obscenos a las cámaras, porque nosotros lo vemos todo y blablablá”, o que “el ascensor no es baño, y blablablá”, pero nada de eso ocurrió, esta vez todo fue distinto porque, apenas puse un pie en la entrada, el conserje, el mismo viejo hueón pesa’o con el que terminó peleando cada vez que voy para esos lados, se levantó de su puesto para saludarme con solemnidad, evitando el contacto visual, por supuesto, y agregando un “pase no más, distinguido caballero, adelante, no se moleste en registrarse, sea usted bienvenido, mi señor, y que tenga buena estadía en éste, nuestro humilde edificio”, que me dejó convencido de que el terno, aquella prenda que por tanto tiempo tuve en el olvido, era como una capa de invisibilidad que cubría toda mi ordinariez e incipiente ranciedad. Sólo por probar, me bajé los pantalones apenas me subí al ascensor y, mirando fijo hacia la cámara, esperando a que desde intercomunicador saliera un reto descomunal, fingí que me pondría a cagar ahí mismo, arrodillado en una esquina, pero eso no sucedió, el terno me traía súper poderes, y no había quién pudiera detenerme.

Cuando entré al departamento del Lolo Astudillo, el jolgorio ya estaba encendido: dos DJ’s enmascarados pinchaban discos como locos en una esquina de aquel enorme living, y un grupo de guapas promotoras se acercaban sonriendo a recibir a los invitados, regalando bebidas energéticas de cortesía y extrañas drogas alucinógenas que, sólo porque me advirtieron que no se podían mezclar con copete, rechacé. Si bien todas las ampolletas estaban apagadas, y sólo unas alocadas luces láser le otorgaban brillo al lugar, la mayoría de los asistentes lucían onderos lentes de sol, a sabiendas de que con ellos puestos no verían ni una mierda. Aunque la verdad es que yo tampoco veía nada, alcé la cabeza un par de veces para buscar al cumpleañero entre la multitud y, como no di con él por ningún lado, tomé una de las tantas botellas de pisco que descansaban sobre la mesa y me fui a chupar solo a la esquina más obscura que encontré, sabiendo que, con terno o sin terno, no me podría adaptar jamás a un entorno así… y fue entonces cuando sucedió lo impensado: mágicamente, como si portara un imán que atrajera a zorrones, todos los presentes comenzaron a mirarme, a regalarme gestos aprobatorios y a lanzarme sendos piropos a mis espaldas. De la nada, unos flacuchentos rucios, narigones y extremadamente bronceados me invitaron a surfear, a esquiar, a hacer trekking y a andar en moto al otro día, ¡Y sin siquiera darse el tiempo de conocerme! Y un puñado de guapas chicas de voz ronca, que andaban de chaperonas de estos zorrones, me rodearon para preguntarme con quién andaba, si acaso estaba soltero, que quién era mi papá y si mi familia ya me había arreglado un matrimonio con la hija del gerente de alguna multinacional.

– Calma, calma chiquillas, vamos más lento – les dije a las cuicas, dando un paso hacia atrás – ni siquiera me han preguntado el nombre, y ya quieren saber de mi intimidad.
– ¡Ay, qué hueonas, sorry! – Se excusó la del pelo más amarillento – Es que con las chiquillas te encontramos demasiado, demasiado pero demasiado interesante, te lo juro, te morís lo que queríamos venir a saludarte desde que te vimos entrar… y ya po, disculpa lo desubicás’, ¿Cómo te llamái?
– Matías. Pero díganme Mati no más. ¿Y ustedes? ¿Se puede saber?
– Pero obvio, ¡O sea! Ya, mira, ellas son la Mimí, la Fifí, la Cocó y la Titi. Y yo, la más linda y simpática de todas, soy la Ja.
– ¿Ja?
– Sí, Ja… es el diminutivo de Javiera, ¿Me cachái?
– Qué raro… siempre pensé que el diminutivo de Javiera era “Javi”… o algo así.
– ¡No, qué atroz! “Javi” es como de vieja, ¡Así le decían a mi bisabuela! Pa’l hoyo, ¡Pero no le demos con el tema! La idea es que la noche avance y… ¿Qué dices? ¿Nos tomamos algo?
– ¡Ya po! ¿Qué te querí servir? ¿Su pilsen? ¿Su piscola?
– Una chelita no estaría mal… hay Coronas en el congelador.
– ¿Coronas? Necesito como veinte de esas hueás pa’ curarme.
– Pero lindo, la idea no es esa tampoco… la idea es conocernos mejor…

Dos botellas de Corona después, yo estaba demente, al borde del vómito y hablando puras hueás. Y es que a veces olvido que tengo una debilidad con los copetes suaves: me curan el triple que los fuertes e, incluso, los mal llamados “tragos pa’ mina”, como la piña colada o la primavera, me dejan arriba de la pelota y con la lengua trabada casi al primer sorbo. La Ja, igual o peor que yo, comenzó a dar jugo con que la fiesta estaba latera, que andaba con ganas de tirarse un ácido y de que viráramos de ese carrete de una vez, y yo, intentando parecer consiente, le aconsejé que tuviera cuidado con esas cosas, en muchas películas había visto que el ácido derretía hasta los huesos de un ser vivo, y nada que ver que quisiera arriesgar su vida de esa forma po. Sin mediar más palabras, la Ja me tomó de la corbata y me susurró que ya era hora de irnos; llamó a un taxi, para que nos llevara a algún motel cercano, y me comió a besos hasta que se me apagó la tele como nunca.

Al otro día, desperté en pelota en la que parecía ser la cama más suave, cómoda y grande del mundo. A mi lado, también desnuda, continuaba durmiendo la Ja, tan rubia y linda como la recordaba. “Cuático”, pensé, “nunca había estado con una mina con el poto tan blanco”, y en esa divagación estaba cuando, sólo por curiosidad, comencé a mirar todos los lujos que habían a mi alrededor, desde el techo hasta la alfombra, pasando por las paredes y… ¡El terno, conchetumadre! ¡El terno no estaba por ninguna parte! Mi fuente de poder, mi disfraz de persona decente, mi armadura contra la discriminación social había desaparecido, y así como que no quiere la cosa, en uno que otro flash difuso que me llegó de pronto, recordé habérmelo quitado de súbito antes de afilarme a la Ja, y, en la euforia, haberlo tirado a la chucha hacia un lado del cuarto, justo donde hoy descubría que había una enorme ventana abierta, precisa para que cualquier objeto lanzado contra ella cayera a la calle y se perdiera para siempre. En un esfuerzo por salvar mi dignidad, zamarreé a la Ja hasta despertarla, con el único afán de que bajara a ver si encontraba mi traje por ahí o, en el peor de los casos, me comprara un pantalón y una polera a la rápida en alguna tienda del sector. Pero nada de eso iba pasar.

– Ja… Ja, ya po, despierta, necesito de tu ayuda.
– Pero, pero qué… ¡No! ¡No, no me haga nada! ¡Ayuda! ¡Auxilio! – Gritó mi más reciente conquista, lanzándome certeros cachuchazos, y lanzando alaridos como loca.
– ¡Ja! ¡Cálmate! ¿Qué onda? ¡Soy yo!
– ¡Señor delincuente, por favor, no me haga nada!
– ¿Cómo? Pero loca, relaja la vena, respira profundo, intentemos hablar.
– ¡Señor delincuente, no comprendo su jerga! ¡No sé coa, no manejo el lenguaje de la calle! ¿Dónde está el Matías? ´¿Qué hizo con él? ¿Lo secuestró acaso? ¡Por favor, se lo ruego, no me haga nada! ¡Tengo plata, le puedo dar lo que quiera, pero no me haga nada!

“¿Qué mierda?” Pensé, “¿Esta mina no me reconoce? ¿Todo el tiempo sólo se fijó en mi pinta, y nunca en mi cara ni en mi forma de hablar? ¿Podía ser posible esa hueá?”.

– ¡Señor delincuente, escúcheme por favor! Tengo plata… tengo plata…
– Te lo preguntaré sólo una vez… ¿Esto es una broma, cierto? ¿El Lolo Astudillo te pidió que me jugaras esta talla? ¿Es eso?
– ¿Quién es el Lolo Astudillo? No sé de qué me está hablando.
– El cumpleañero. El de la fiesta de anoche.
– ¿Fiesta? Señor, con mis amigos pasamos de carrete en carrete, no conocemos a nadie, o sea, ni siquiera nos conocemos entre nosotros, no sé a qué quiere llegar con todo esto, ¡Yo sólo le pido que no me haga nada! ¡Y si le hizo algo a mi acompañante, al Matías, la dura que me da lo mismo, yo no le contaré a nadie! ¡Será nuestro secreto! Pero a mí, al menos a mí, no me lastime por favor…
– Tranquila, no te haré nada… ya cálmate…
– ¿Y qué quiere de mí entonces? ¿Quiere plata?
– Ya basta…
– ¿Es eso lo que quiere? ¿Plata? Porque es lo único que tengo para ofrecerle… se lo juro, es lo único que tengo…

Y bien, al final me dio lo mismo venirme desde el barrio alto hasta mi casa vestido sólo con una fina sábana que cubría poco y nada de mi humanidad, total, con todo el billullo que me pasó la Ja, de puro pajarona que es, renové mi closet entero, ¡Ah! Y también me compré un terno nuevo, por si algún día me daban ganas de invitarla a salir otra vez.

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