07 Dic

Capítulo 258: El SMS

A la Paz la conocí en un antiguo salón de chat destinado a lolitos solteros en búsqueda del amor. Ambos teníamos 16 años, vivíamos en la misma comuna, nos gustaba la misma música y disfrutábamos de películas similares. Con esos antecedentes, no fue extraño que pincháramos de inmediato, incluso intercambiamos números telefónicos para enviarnos mensajitos de texto coquetos durante las noches y, de puro calientes, concertamos una cita para conocernos dentro de esa misma semana; mal que mal, ¿A cuántas personas con tus mismos gustos e intereses puedes encontrar navegando por la internet dentro de un día normal? ¿Apenas veinte, o treinta? Bueno, igual son hartas, o no sé, da lo mismo, porque con la Paz todo era distinto, ¡En serio éramos almas gemelas! Si incluso nuestra forma de escribir en el chat, intercalando mayúsculas con minúsculas, era la misma, y se podría decir que la única diferencia entre ambos, ¡La única! era que ella gozaba de una belleza muy por encima del promedio, y yo… bueno, yo era un pánfilo espinilludo, con cara de pajero y bastante alejado de la mano de dios. Aunque ese detalle no lo supimos hasta el día de nuestra cita.

– Está lindo el día, ¿O no, Paz? – Le dije, luego de reconocerla esperándome a la salida de un metro, vestida tal como me había dicho que iba a estarlo.
– ¿Matías? Dime que tú no eres el Matías, por favor…
– ¿Sabes? – Continué hablando, sin prestar atención a su comentario, para así parecer interesante y romper el hielo – Me encanta pasear por el parque en días así… incluso, a veces sólo tomo mi mochila, le echo algunas cosas básicas, como mi discman y algunos libros, y salgo a aislarme del mundo, recorriendo todos estos paisajes y lugares que… los lugares que… ¿Paz? ¿Hola? ¿Paz, me estás escuchando?
– ¿Qué? ¿Me hablaste?
– Sí, te decía que, a veces, yo…
– Oye, ¿Tienes hora? Es como tarde ya, ¿O no?
– ¿Tarde? Pero si nos juntamos apenas hace … ¿2 minutos?
– ¡Uf! ¿Tanto tiempo ha pasado?
– ¿Y tu celular no tiene hora? Digo, lo tienes en la mano… y no paras de mirarlo…
– Sí, es que estaba revisando algo.
– Ah… igual se siente raro esto, te juro, es primera vez que lo hago.
– ¿Qué cosa?
– Esto po, juntarme con una chiquilla que conocí por chat.
– Ah, sí, me imagino.
– Es que contigo me pasó algo especial, ¿Cachái? Cuando hablamos por primera vez, sentí de inmediato que teníamos una conexión, algo único, y por eso yo… chuta, disculpa, me llegó un mensaje de texto…
– ¿A ti?
– Sí, sólo dame un segundo, es de… ¿Qué onda? ¿Éste es tu número?
– Chuta, a ver… no, no, no, no…
– Sí, mira, es tu número, y el mensaje dice: “Amiga, ¡S.O.S! Llámame urgente y finge que tuviste un accidente, o algo, quiero puro arrancarme de un hueón feo”.
– ¡Oh, pero qué raro, yo no escribí eso!
– ¿No?
– ¡No! ¡Tiene que ser un virus! A ver, déjame revisar, ¡Igual estos errores son súper comunes en los celulares! Un amigo informático siempre dice que pueden tener este tipo de fallas, no te pases películas…
– Ah ya… ¡Será po! Como te iba diciendo, la primera vez que hablamos yo… yo… espera, me llegó otro mensaje, dice: “¡Hueona! ¡Qué atroz! ¡Me equivoqué y le mandé un SMS que era pa ti a un hueón con pinta de tula chica con el que me junté! ¡Sálvame, amiga, sálvame!”, y es… de tu número, nuevamente…
– Oh, ¿En serio? ¡Es que la cagó! ¡Pero qué virus más raro! A veces se cruzan las líneas igual, ojo, eso tiene que ser, ¡Porque yo no he enviado nada! No, cómo se te ocurre, por favor.
– Paz…
– ¿Sí, Matías?
– ¿Quieres decirme algo?
– No sé a qué te refieres, Matías.
– Mira, no es por nada… pero estoy pensando seriamente en que todo eso de que se cruzaron las líneas, y lo del virus y no sé qué más, no es tan cierto como dices.
– Matías, ¿Qué insinúas?
– ¿Sabes? Creo que será mejor que nos vayamos…
– ¿Que nos vayamos? ¿Adónde?
– Digo, tú por tu lado… y yo por el mío…
– Pero espera, ¿No se supone que íbamos a ir al cine? En serio quiero ver esa película de la que hablamos, y tú me invitaste y…
– No, lo siento… creo que lo mejor es dejar esto hasta aquí.
– Pero Matías…
– Lo lamento mucho, nada de peros, hasta aquí llego yo… adiós…

Y por vez primera en mi miserable existencia, saqué coraje de no sé dónde y di la media vuelta para continuar con mi vida de la forma más digna posible. A mis espaldas, la Paz murmuró un par de palabras que no fui capaz de descifrar, pero que seguramente, según pude inferir por su tonalidad, se trataban de unas disculpas o de algún tipo de conciliación, pero nada de eso me importó, ya me había prometido ser fuerte, y ninguna frase bonita me haría cambiar de opinión. O eso pensaba hasta esa noche, cuando mi celular vibró una vez más, y la pantalla monocromática me avisó que tenía un nuevo mensaje de texto en bandeja de entrada. Un nuevo mensaje de la Paz:

“Hola… Sé que fui una desgraciada contigo, y de veras lo siento. En serio me gustas, aunque no me lo creas; me gustas tú, solamente tú, y nadie más que tú, y pese a que quizás ya no me quieras ver, te cobraré la invitación que me hiciste, y te daré a cambio aquello que sé que tanto deseas. Un besito. Siempre tuya, Paz”.

No mentiré: La cuchara se me aceleró, los cachetitos se me pusieron colorados, y ni dos segundos pasaron cuando mandé la rudeza a la chucha, me metí la dignidad por la raja y, completamente embobado, llamé a la Paz con la intención de echar afuera todo aquello que tenía que decirle.

– ¡Paz!
– Matías…
– ¡No digas nada!
– Bueno…
– Tú también me gustas, Paz, y también soy tuyo, y por siempre, si es que así lo deseas. Perdona mi comportamiento del día de hoy, estaba nervioso y… y bueno, reaccioné mal, ¡Pero te amo, Paz! Te amo, y por supuesto que mi invitación sigue en pie, ¿Cuándo quieres que nos veamos? ¿Hoy mismo? ¿Mañana temprano? ¿Cuándo?
– Matías… ¿De qué estás hablando?
– ¿Cómo que de qué estoy hablando? Del mensaje que me enviaste recién po, Paz… del mensaje de texto que…
– ¿Cuál mensaje? ¡Puta la hueá, no me digái que me equivoqué de nuevo!

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