08 Dic

Capítulo 259: La pista

Anoche, como nunca, casi toda la familia de mi viejo se juntó para celebrar – simbólicamente, claro está – el cumpleaños de doña Tencha, mi abuelita paterna, quien falleció hace algunos meses. A los diez minutos de comenzado el encuentro, la conmemoración se volvió tomatera, y luego bailoteo, y finalmente, cuando el living de la finá’ estaba repleto de gente que en mi vida había visto, karaoke. Pasa que un tío músico tenía micrófonos, amplificadores, un proyector y un notebook para que todo el canturreo se desarrollara de la forma más profesional posible, y con mi viejo, ansiosos por cooperar con el jolgorio, nos ofrecimos para darle play a las pistas que aquellos incipientes cantantes entonarían con su cero talento y sus voces borrachas.

El primero en pedir el micrófono fue, cómo no, mi tío Benjamín, uno de los hermanos menores de mi viejo, y famoso por ser uno de los más artistas de la familia. A sus 48 años, no se le conocía pareja alguna, ni pololas ni pinches ni nada, y aunque nadie reparaba en ese tema en particular (más por prudencia que por curiosidad), algunos de sus hermanos más desatinados no dejaban pasar la oportunidad para tirarle una que otra indirecta piola sobre su cuestionada condición sexual, pero nada grave, como mucho un “ya po, Benijita, ¿Y la polola cuándo? Tú sabes, soltero maduro…”, y nada más. El punto es que anoche mi tío Benja se subió al improvisado escenario que armamos empleando la cama de mi difunta abuela, pescó el micrófono a dos manos y nos pidió que le pusiéramos una canción de algún artista de su gusto, cualquiera, le daba igual, total se las sabía todas. Mi viejo, con la intención de gastarle una broma infantil, comenzó a buscar algún hit de Juan Gabriel, y como se demoraba más que la cresta en encontrarlo, por culpa de su ñurdería informática, todos los asistentes comenzaron a pifearlo, incluso le lanzaron fotos familiares por la cabeza, y le dedicaron el humillante canto del “¡Chúpalo DJ!” para hacerlo sentir mal.

– ¡Ya pue maestro! –dijo mi tío Benjamín al micrófono, aún arriba del escenario – ¿Ya decidió qué quiere que cante? ¡Tíreme una pista pue!
– ¿Una pista? – Preguntó mi viejo, aún buscando la canción indicada.
– Si, una pista, la que sea.
– Ya bueno, ahí te va: El cantante que te va a tocar… ¡Es colipato! ¡Igual que voh!

Y de pronto, todas las pifias, todos los gritos, todos los abucheos, se convirtieron en silencio. Algunos de los presentes sólo atinaron a cubrir su rostro, en señal de rechazo o vergüenza ajena, y otros, simplemente, se hicieron los sordos y salieron al patio a hacer como que fumaban. “Oye”, le dije a mi viejo, tomándolo del hombro, “creo que el tío Benja se refería a que le pusieras una canción… una pista, una canción…”, “si sé, hueón, recién caché”, me respondió, mientras el resto de mis tíos lo sacaban de la casa a punta de empujones y patás’ en la raja, prometiéndole que no lo invitarían nunca más a un emotivo encuentro familiar.

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