14 Dic

Capítulo 260: El ataúd

Cada vez que se siente harto del mundanal ruido de la capital, mi viejo llena su enorme mochila de camping con algunos cachivaches, me llama llorando con la excusa de que lo asaltaron y que necesita que le deposite una enorme cantidad de dinero a su cuenta de forma urgente, y parte a vacacionar a la costa de Curicó. Ahí, dependiendo de la hospitalidad – y paciencia – de algunos familiares y conocidos, pasa unos pocos días en Hualañé, otros en Licantén, después viaja pa’ Iloca, o a Vichuquén, o a Constitución, y así va dando vueltas hasta llegar a Hualañé nuevamente; y fue precisamente en ese lugar donde le sucedió una de las experiencias más traumáticas de su vida, y, pese a que yo no se la creo mucho, la cuenta cada vez que está demasiado arriba de la pelota, al borde de las lágrimas y agarrándose la cabeza como un buen viejo rancio arrepentido.

Todo sucedió en invierno, pero no en un invierno cualquiera, sino que en el invierno más lluvioso de la historia… según mi viejo, claro. El hombre había estado bolseando desayuno y almuerzo en la casa de un amigo hualañecino, y se disponía a hacer lo mismo a la hora de once, pero en la casa de una tía que vivía en una localidad vecina. Con esa lluvia torrencial, cualquier ser humano en su sano juicio hubiese optado por no moverse del lugar en el que estaba, pero mi viejo es un espécimen que nada tiene que ver con un “ser humano en su sano juicio”, así que pescó su mochila, se despidió a la rápida, no sin antes prometer que volvería por más comida al día siguiente, y salió a la calle a buscar un taxi que lo llevara a su nuevo destino… y caminó y caminó por aquellas calles cubiertas de barro, mojado como pico y sintiendo que se moriría de un resfrío inminentemente, y su desesperanza creció aún más cuando recordó que en el campo no pasan taxis, que en el mejor de los casos se podía topar con una carreta tirada por bueyes, (aunque con ese clima, difícil) y, justo cuando se iba a echar a morir, acurrucado bajo las ramas de un arbolito que encontró para cobijarse un poco, notó dos luces milagrosas naciendo a lo lejos, ¡Sí, estaba salvado! Era una camioneta de una cabina que disminuía su velocidad a medida que llegaba al lugar donde él descansaba, y que lucía un lúgubre logotipo en su costado que decía simplemente “Funeraria Santo Sepulcro”, más un número de contacto demasiado borroso como para ser leído.

– ¿Pa’onde va, gancho? – Le dijo a mi viejo el chofer, quien llevaba de copiloto a un robusto anciano que dormía sin darse cuenta de lo que estaba pasando.
– Voy a la casa de una tía que me convidó a zamparme unas tortillas de rescoldo pa’ la once – le respondió mi viejo, secándose inútilmente la cara – vive derechito siguiendo este camino de tierra, unos 45 kilómetros pa’ allá, en una casa que…
– ¡No me diga que usté’ es sobrino de ‘oña Pascuala!
– ¡Sí, a su casa voy! No sabía que ella era tan conocida.
– ¡Y cómo no va a serlo, mi gancho, si a la Pascualita ya se la ha servido más de la mitad del pueblo! Vamos pa’ allá no más, súbase con cuida’o.
– Gracias caballero, en serio gracias… Pero… ¿Dónde me acomodo? ¿Me dará un ladito su amigo? Habría que despertarlo, y…
– No, cómo se le ocurre… Tiene que irse atrás.
– ¿Atrás? Pero me voy a mojar entero po oiga.
– Sí sé gancho, pero el socio que aquí usté’ ve durmiendo es un cliente mío… y se le acaba de morir su taita…
– Chuta, qué lata… ¿Y si le pido que me lleve en las rodillas? Igual peso re poco, y…
– ¡No po amigo! No ve que el señor aquí tiene que llegar impecable al velorio… Váyase atrasito no más, ahí, al ladito del ataúd.
– ¿Cómo? ¿De qué ataúd me está hablando?
– Del ataúd que llevo atrás de la camioneta pue’ gancho, ¿O acaso no lo ve?

Pudo haber sido por la desesperación, o por el hambre tal vez, pero mi viejo nunca notó que, efectivamente, en la parte trasera de la camioneta transportaban un enorme cajón negro, amarrado precariamente con unas sogas, y que lucía una enorme cruz dorada pintada en la tapa.

– ¡Puta amigo, se puso pálido! – Le dijo el chofer a mi viejo, en tono burlesco – ¡No me diga que se churreteó también!
– ¿Ahí… ahí va el… el muerto? – Preguntó mi viejo, tiritando.
– ¡No po socio, no sea ahueona’o! Yo me encargo de llevar el sarcófago a la casa del fina’o no más, ahí adentro no hay ni un fiambre ni na’, así que súbase tranquilo, y acomódese como pueda ahí, a un costado, ¡Mire que me iré echo un peo! ¿Estamos, compa’re?

El frío y la lluvia cada vez cobraban más fuerza, así que mi padre ni la dudó y se subió de un puro salto a la parte trasera del vehículo, e intentó torpemente protegerse del aguacero con sus manos esqueléticas. Sabía que estaría en su destino en, mínimo, unos 50 minutos, pero la situación ya lo estaba superando, no había ni un solo centímetro de su ropa que no estuviese completamente empapado, y, pese a que a veces se consideraba un poco supersticioso, sabía que sólo había una cosa que podía hacer para hacerle frente a esa tortura: desnudarse completamente, meterse al ataúd lo más rápido posible, y descansar ahí el resto del viaje.

Ni cinco minutos pasaron desde que mi padre se encerró en aquel cálido féretro, cuando se durmió profundamente y al fin logró relajarse. Tuvo el mejor descanso de su vida, según cuenta; por vez primera se desconectó completamente de la realidad, y sólo despertó por culpa de una serie de voces acampadas que algo murmuraban en el exterior.

– Ay mamita… tengo miedo mamita – sintió que decía un niño, de no más de 13 años, con voz temerosa y chillona – ¿Irá un muerto ahí, mamita? ¿Por qué no nos bajamos mejor, y seguimos caminando no más?
– ¡Si ya te dijo el chofer que no hay nada ahí dentro, chiquillo porfia’o! – escuchó que le respondía al niño una señora ya mayor, quien, seguramente, era su madre – ¡Tení que agradecer que el caballero quiso traernos! ¡No seái mala clase oye, y cierra la jeta será mejor!
– Harto maricueca te salió el chiquillo, ¡Se nota que sacó tus genes, y no los míos! – Decía ahora una voz masculina, bastante grave y tosca – ¡Hácete hombre, cagá’! ¡En esta vida hay que tenerle miedo a los vivos, y no a los muertos!

Y aquí es donde la historia se torna caótica, porque mi viejo asegura que, con la única intención de defender al niño y hacerlo sentir mejor, empujó lentamente la tapa del ataúd hacia arriba, sacó una mano, primero, para buscar sus calzoncillos y, al no dar con ellos, salió completamente de su confinamiento bostezando, y tal como dios lo hecho al mundo: desnudo, decrépito y ciertamente hecho bolsa. Sin pensarlo dos veces, el padre de la familia lanzó un alarido estrepitoso y, junto con ello, se lanzó de un puro salto a la calle, sin importarle que la camioneta estuviera en movimiento. El chofer, al ver que uno de sus pasajeros estaba tirado de hocico en el suelo, frenó su vehículo de un solo golpe y preguntó qué pasaba, momento que aprovecharon la señora y el niñito para bajarse de la camioneta gritando, aleteando y rezando, tal como si hubiesen visto al mismísimo diablo de frente. Mi viejo, temiendo que volvieran a lincharlo, enterrarle una estaca o algo así, no atinó a nada más que arrancar a poto pela’o hacia un cerro cercano, improvisar unas prendas de vestir con unos sacos harineros que encontró por el camino, y volver a la capital escondido en el maletero de un viejo bus que vio estacionado en un paradero durante la madrugada siguiente.

Desde aquel día, cada vez que vamos a Hualañé, nos vemos obligados a escuchar, llenos de vergüenza, la historia del “muerto de hue’as lacias que volvió a la vida durante una fría tarde de lluvia”. Mi historia de terror favorita, sin lugar a dudas.

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