20 Dic

Capítulo 263: Arcadas

Éramos los últimos dos clientes que quedaban en el único bar del barrio que abre los domingos, por lo cual el acto de hacernos ojitos y sentarnos juntos surgió de un modo casi instintivo. “Me llamo Marta, y soy enfermera”, fue su carta de presentación, y “mi nombre es Matías, y a veces me enfermo”, mi rápida respuesta para demostrarle que teníamos mucho en común. La primera ronda de piscolas nos sirvió para conocernos más a fondo: ella buscaba superar una ruptura amorosa ahogando las penas con el primer hueón que se le pusiera al frente, y yo… yo estaba dispuesto a ser aquel hueón; la segunda piscola fue ideal para comenzar a hacerme el chistoso, intentando así que mi simpatía opacara un poco mi fealdad; la tercera, perfecta para soltarnos un poco, y darnos el coraje para rozar nuestras piernas por debajo de la mesa, y la cuarta… la cuarta fue la motivación definitiva para que ella, mi conquista más fugaz, me propusiera continuar la conversación en su departamento, “allá tengo de todo, Matías”, aseguró, abriendo los ojos exageradamente, “alcohol, por supuesto, preservativos, como corresponde, y un botiquín de primeros auxilios, por si se nos pasa la mano, ¿Qué dices? ¿Nos vamos? Que el trago me dejó con ganas de seguir chupando… y no hablo precisamente copete, ¿Me entiendes?”.

La indirecta la capté recién cuando, ya en su cuarto, y después de muchas piscolas más, me quitó los pantalones y se ató el cabello firmemente a la altura de su nuca, para que así ningún obstáculo se interpusiera entre su boca y mi humanidad. Mientras hacía extrañas elongaciones con sus labios y encendía su equipo de música para crear un ambiente romántico, yo, borracho a más no poder, me preparaba del mejor modo posible para remojar el cochayuyo al fin, luego de meses rogando por un milagro de este tipo. La Marta me besó la boca suavemente en un principio, al punto de que podía sentir el placentero sabor del pisco en sus labios, y luego fue subiendo de a poco su intensidad, bravura que la llevó a bajar raudamente hasta el lugar donde quería ir, y si bien la borrachera la hizo ser poco cuidadosa y un poco más brusca de lo esperado (sobre todo cuando comenzó a darme pequeños mordiscos en las bolas, dios sabe porqué), me sorprendió gratamente cuando tomó un termómetro y me lo introdujo cuidadosamente en la zona prohibida, a la vez que me continuaba corneteando sin siquiera respirar.

– Oh, mierda… mierda, ya estoy casi – le dije gimoteando, agarrándola firmemente de ambas orejas.
– Dale, no me avises, no es necesario, me gusta tragármelo… es bueno para la salud…
– ¿Estás segura? ¿Qué puede tener de bueno… eso?
– ¡No me desconcentres, Matías! Sigue en lo tuyo, enfócate… enfócate…

Y sólo un par de succiones más bastaron para hacerme soltar todo lo que tenía acumulado en mi interior, y, tal como quien le da un gran sorbo a una bombilla, la Marta remató su trabajo chupeteando mi intimidad tal como si quisiera desinflarme.

– Marta… la cagó… – le dije, simplemente, al quedar seco, observando cómo su rostro pasaba de la confusión al asco en cosa de segundos – por un momento pensé que me querías arrancar la corneta de raíz… y puta, fue lo mejor, en serio la cagó…
– Ma… Matías – respondió la Marta, al borde del vómito – ¿Qué… pero qué mierda comiste hoy?
– ¿Qué comi? No sé, nada de otro mundo… ni siquiera me acuerdo, la verdad…
– Hueón, tu semen… ¡Tu semen tiene un gusto más raro que la cresta! ¿Y su textura? Mierda, aún lo siento pegado en mi garganta.
– ¿Mi semen?
– Es lejos, pero lejos, el semen más asqueroso que me he tragado, por la cresta, ¡Puaj!
– Pero… pero Marta…
– ¡Tengo que ir al baño, quítate! ¡Quiero vomitar, hazte un lado hueón, tengo que vomitar!

Apenas la Marta salió corriendo de su pieza, cubriéndose la boca y realizando sonoras arcadas mientras gritaba “¡Me ahogo, mierda, me ahogo!”, tomé mis pocas pilchas y salí arrancando del lugar. Ni siquiera le dejé una nota, ni mi número de teléfono apuntado por ahí para pactar una segunda cita y devolverle el favor, ¿Y para qué? Si los mejores revolcones son así: confusos y fugases, y aunque nunca sabré si la Marta vomitó al final o no, siempre me quedará una pregunta en la mente: ¿Se habrá dado cuenta de que me la chupó todo el rato con el condón puesto, y que se tragó enterito aquel insípido pedazo de latex, de puro borracha y golosa que es? Ojalá que sí, aunque sé que no, pero ojalá que sí.

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