23 Dic

Capítulo 264: Bigotes

– ¿Otra piscola, Mati hueón?
– ¡Ya po viejo! Pero sírvemela tú eso sí po.
– Ya, mocoso pajero, ya… ¿Con tres hielos?
– Claro, como siempre.
– Cagaste, no me queda ni uno.
– Puta la hueá…
– Así que vai a tener que irte pa’ tu departamento no más, y yo, que no le hago asco a na’, terminaré de bajar la botella solito, así mismito, al natural tirando pa’ tibia, qué tanta hueá.
– No po viejo, no seái inútil, raspa un poquito del hielo que siempre se te junta en el congelador, y problema resuelto, ¿Cuántas veces la hemos hecho así?
– Siempre po.
– ¡Siempre po! Así que agarra un cuchillo y comienza a picar no más, ¡No lo vayái a hacer tira eso sí! Que ese refri pretendo venderlo algún día como reliquia.
– Si yo soy cuidadoso, Mati hueón, no hablí hueás… aparte, este aparatito lo cuido como hueso santo, ¡Si tiene cualquier historia el pobre! Cualquier historia…
– ¿El refri? ¿Me estái hueviando?
– Sí po, ¡Y no me lo mirí a huevo, culiao! Fíjate que esta joyita fue el único regalo que recibimos con tu mami en el día de nuestra boda.
– Ah, igual importante.
– Y por lo mismo, no lo pongo a descongelar desde el divorcio… no sé, pienso que toda esa capa de hielo, acumulada por años y años, representa nuestra separación, y que, si algún día se derrite, a tu vieja le va a bajar el amor de nuevo y va a volver hueviando con que nos casemos otra vez y todo eso, y ya no me dará la pasá’ por deporte, como lo hace hasta ahora, sino que querrá amor, y que paja.
– Qué linda metáfora… supongo…
– Aunque igual, no te miento Matías, cada vez que lo abro para sacar una pilsen recuerdo cuando comenzamos a armar esta casita, mucho antes de que tu nacieras… cuando éramos ella, yo, y nadie más, dos enamorados en la simple compañía de este refrigerador, una mesa, dos sillas, una tele en blanco y negro, y el pequeño Bigotes…
– ¿Bigotes?
– Sí, Bigotes, nuestro gato en aquel entonces.
– Viejo, ¿Teníai un gato? ¿Y se llamaba Bigotes? La hueá maraca.
– ¡Lávate el hocico antes de hablar mal de Bigotes, saco e’ huea! Él fue como un hijo para tu madre y para mí, nos hacía inmensamente felices, corría por la casa jugando todo el día, dormía a nuestros pies cada noche, y era nuestra principal alegría al despertar… bueno, eso hasta que llegaste tú…
– ¿Y por qué viejo? ¿Tuvieron que regalarlo, producto de mi alergia?
– ¡Estái más hueón! ¡Jamás hubiésemos regalado a Bigotes! ¿Qué te pasa?
– ¿Y entonces?
– Nada… se enfermó el pobrecito, y de un día para otro paró la chala…
– Chuta…
– Yo creo que nunca se acostumbró a la vida en la ciudad, la verdad… sus padres eran del campo, sureños, ¡Si con tu mami lo encontramos botadito en un cerro cercano a Temuco, durante nuestra luna de miel! Era chiquitito, y estaba todo afligido ahí, con sus padres muertos al lado, recién atropellados… y él maullaba con su carita de pena, sus ojitos, sus bigotitos… con tu vieja no lo dudamos, y lo adoptamos de inmediato.
– Viejo, qué fuerte, no conocía esa historia…
– Por lo mismo, cuando Bigotes estiró la pata, cuando tú erai chiquitito, lo primero que se me ocurrió fue volver a aquel cerro, y enterrarlo cerca de donde lo encontramos… cerca de donde sus taitas fallecieron…
– Que lindo gesto papá, en serio me conmueves, nunca hubiese imaginado que tenías una sensibilidad tan grande, te juro, me sorprendes un montón.
– Sí… y esa fue la historia de Bigotes, el ser vivo al que más he amado en esta vida… hubiese deseado siempre tener un hijo con esa viveza, esa fuerza, esa sensualidad, pero ya está, su existencia fue fugaz, y ya nada hay que hacerle. Fin.
– Oye, pero no me dijiste lo más importante po, ¿Fuiste de propio a Temuco a enterrarlo? ¿Te acompañó mi vieja? ¿Me llevaron? Cómo fue eso po.
– Ah, no po, obviamente no podíamos llegar e ir a Temuco, había que trabajar, que juntar plata, ¡Y era el tremendo pique! Por lo mismo decidimos esperar un poco para llevar su cuerpo a su última morada.
– Qué lindo.
– Sí, y mientras tanto, lo guardamos en el congelador.
– ¿Cómo? ¿En qué congelador?
– En el del refri po hueón, ¿En cuál más va a ser?
– Espera… ¿Metiste a un gato muerto al congelador?
– ¿Y qué tiene? Si fue por unos días no más, no sé, una semana, o un mes, pa’ que se conservara, no me acuerdo…
– ¡Cómo no te vai a acordar! ¡Quién no se acuerda de que viajó por horas con un gato muerto a cuestas, por dios!
– No, si no fui a enterrarlo yo al final, me parece que fue tu mamá sola, nunca nos pusimos de acuerdo… ¡O no sé! Pero me parece que ella fue.
– Viejo, descongela tu refrigerador por favor…
– No, no pienso.
– ¡Entonces pasa ese cuchillo para acá! ¡Yo mismo voy a limpiar esta hueá!
– ¡Ya, Mati hueón, para, estái dejando la cagá en el piso! ¡Cuidao hueón! ¡Si ahí no hay nada! ¡Ya, déjate de botar hielo, mierda!
– ¡Espera viejo, ya queda poco!
– ¡Para!
– Ya queda… conchemimare…
– Oh, conchetumare…
– No me hueí que esto es una…
– Sí…
– ¿Es la cola de Bigotes?
– Tal como la recuerdo…
– Nunca sacaste al gato del congelador, viejo hueón…
– Así parece…
– Por eso siempre me salían los bistecs con pelos entonces…
– Sí… y mira, le sacamos varias lonjas, al parecer…
– Caleta… pero se ve tranquilo eso sí, hay que decirlo.
– Es que bigotes era muy tranquilito… un angelito hecho gato…
– ¿Y qué harás ahora? ¿Irás a enterrarlo, o no?
– No sé… se ve en paz ahí…
– Igual es como… raro, ¿No?
– Sí, pero con un par de piscolas más lo encontraremos normal, ¿Te sirves?
– Puta, ya po, dale, pero sírvemela tú eso sí…
– ¿Vamos a comprar hielo, o…?
– No, ocupemos este mismo, el raspado… total, no creo que Bigotes le haya hecho nada malo.
– Toda la razón, Mati hueón, Bigotes sería incapaz… porque Bigotes es el mejor… el mejor…

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