31 Dic

Capítulo 265: El anillo

Aunque suene tonto, y por sobre todo poco creíble, hace ya muchos años mi viejo eligió el día de los inocentes para pedirle matrimonio a mi vieja. Su lógica no tenía nada del otro mundo, en todo caso, “si me dice que sí, pulento”, pensó, “y si me dice que no, puta… le pego un paipe y le grito ¡Te la creíste, agilá! Y hago pasar la propuesta como una más de mis regias bromas, y pulento igual”, concluyó, y con ese plan en mente se puso en campaña para ahorrar y ahorrar, y así llevar a cabo el mayor acto romántico de su vida: vendió sus pertenencias más costosas, dejó de carretear durante un año y medio, trabajó horas extras en el edificio donde hacía las veces de conserje, se encalilló con los mafiosos más brígidos del barrio y al final, cuando ya había recaudado una cantidad de plata inédita para su bolsillo, le compró a mi madre, el amor de su vida, el anillo más costoso que encontró en una de las joyerías mejor catalogadas de la ciudad. Y es que mi padre estaba embobado, los encantos de mi vieja lo hacían sentir en las nubes y, por lo mismo, ni siquiera se arrugó al entregarle al vendedor la montonera de billetes que le valió aquella sortija soñada, la prueba de su compromiso, el sello de su amor.

Como la ocasión lo ameritaba, mi viejo no dejó pasar la oportunidad para planear una propuesta original, divertida y altamente sorpresiva. Por aquella época, ni siquiera un refrigerador tenían en su vacía morada, y por lo mismo el pobre creyó que sería buena idea conseguirse una caja grandota, llenarla con decenas de trozos de plumavit, e incrustar en uno de ellos, en el primero, en el más visible, el costoso anillo de compromiso, cosa que mi vieja abriera la caja, jurando que contenía el soñado electrodoméstico, y que, en cambio, se encontrara con esa enorme joya turquesa que la encandilaría de inmediato, joya tanto o más soñada que un insípido refri.

– Mira bruja, te traje un regalo – le dijo mi viejo a mi vieja, cargando la enorme caja fingiendo que estaba insoportablemente pesada.
– ¡Guatón! No me digas que es…
– Sí, es lo que has deseado desde que nos vinimos a vivir juntos.
– ¡No lo puedo creer! ¿Y de dónde lo sacaste? ¿Te costó muy caro?
– Se cuenta el milagro, pero no el santo pue mijita… pero sí, me costó más caro que la chucha.
– ¡No puedo esperar más, lo voy a ocupar de inmediato! Ayúdame, mi vida, ayúdame a abrirlo, que no dejo de tiritar de la emoción.

Y mi viejo, empleando todas sus dotes actorales, despojó poco a poco de su envoltura a aquella engañosa caja, y dejó que mi vieja la contemplara extasiada por algunos minutos, a sabiendas de que, luego de que viera la real sorpresa, se emocionaría aún más.

– ¡Mi amor, es el refrigerador con el que siempre he soñado! Mira, tiene una hielera súper grande, ¡Estoy feliz! Haré helados de agua ahora mismo, ¡Estoy dichosa!
– Pero ábrelo primero po, mi guacha, no vaya a ser que no te guste el color… o que te quede grande…
– ¿Que me quede grande? Voh estái bien hueón, ¿De qué estái hablando? Ya oh, no me des más jugo y pásame una cuchilla, que quiero abrir esta cosa pronto.
– Tome, mi guacha, tome, pero con cuidado eso sí, no se le vaya a pasar la mano.
– ¡Trae pa acá voh! A ver… ¿Qué hay acá? ¿Plumavit?
– Sí… busca, busca…
– Y más abajo… hay más plumavit…
– Así es… pero mira…
– Y por acá… más pluma… ¡Puta el culia’o! ¡No me digái que esta hueá es una broma del día de los inocentes!
– Sí mi amor, algo así, pero ve bien que ahí hay un…
– ¡Ah, hueón maricón, valí callampa, tenía razón mi papá cuando me dijo que no me quedara con voh! ¡Valí callampa, la pulenta, ahí tení tu cagá de regalo!

Y dicho esto, mi vieja agarró la caja con una rabia nunca antes vista por mi viejo, y, sosteniéndola por sobre su cabeza, la lanzó por la ventana hacia la calle, y lo hizo con tanta fuerza que, tal como si tratase de una explosión, las decenas de trozos de plumavit salieron volando lejos, quedando algunos tirados junto a un tacho de la basura, otros al borde del alcantarillado, y los menos desparramados al medio de la calle, listos para que una fila de autos y micros pasaran sobre ellos, destruyéndolos completamente.

Más de 30 años han pasado desde aquel acontecimiento y, aun así, cada vez que sale de su casa, mi viejo mira hacia el suelo con la esperanza ciega de encontrar la joya perdida, la misma que lo obligó a postergar su matrimonio por años, los suficientes como para volver a ahorrar, trabajar, vender tesoros de familia y hacer de todo para reemplazarla por otra de igual valor, “¡Si incluso tuve que arrendar el poto, hijo!”, Me ha confidenciado, medio en broma medio en serio, cada vez que intento consolarlo sugiriéndole que no busque más, que ese anillo ya se perdió, que nunca lo encontrará, “tú no sabes… tú no entiendes lo que esa argolla significa para mí”, me responde, con su voz tiritona, “simboliza todo lo que me esforcé por concretar una relación, por vez única en mi vida, todo lo que sudé, todo lo que sufrí, todo lo que me esperancé, y por lo mismo, el día que lo encuentre, hijo mío… ese mismo día, le pegaré una pulidita, lo llevará a la joyería más cercana, lo revenderé, y me gastaré toda la plata en maracas. He dicho”.

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