13 Ene

Capítulo 269: Mi viejo, mi vieja y el hotel.

Yo tendría unos nueve años, o por ahí, cuando escuché a mi viejo gritar que había recibido la mejor noticia de su vida: el antiguo edificio en el cual trabajaba como conserje cerraría sus puertas para siempre, ya que lo destruirían para construir ahí un condominio absolutamente renovado, y, como consecuencia, él y sus colegas recibirían un finiquito enorme, correspondiente a los años de servicio que allí cumplieron, y a la infinidad de vacaciones acumuladas que tenían -y que nunca se quisieron tomar-, además de la promesa de ser recontratados cuando el flamante nuevo edificio estuviese terminado. Así, de la noche a la mañana, mi viejo se vio pleno, extasiado, con una cantidad de dinero inédita para sus siempre escuálidos bolsillos, absolutamente libre y deseoso de realizar, al fin, aquel sencillo viaje a la playa que llevaba prometiéndole a mi vieja desde que finalizaron su luna de miel, mucho antes de que naciera yo, cuando aún eran jóvenes idealistas a los que sólo les bastaba un morral y las ganas de salir a hacer dedo para recorrer así, con lo puesto, los rincones más bellos de nuestro país.

¿Pero para qué salir a mochilear? Pensó seguramente mi viejo, antes de proponerle un viajecito a la playa a su enamorada, ¿Para qué hacer dedo, para qué acampar? ¿Para qué pasar frío y dormir como la diuca, si tenía entre sus manos un turro de billetes más o menos? Turro de billetes con el cual podría, de seguro, costear unas cuantas noches en aquel ostentoso hotel que tanto les llamó la atención la última vez que visitaron Viña del Mar, aquél que sólo miraron desde lejitos, y que, durante algunos minutos, los hizo soñar con tomarse un traguito en su bar de primera, probar su lujoso baño, dejarse querer en aquellos colchones gruesos y blanditos que seguramente tenían sus camas, y dormir entre esas sábanas bordadas a mano por una monja ciega de alguna montaña mística de la India. El plan ya estaba en mente, y ahora sólo faltaba verbalizarlo: “¿Peguémonos una escapadita a Viña por el fin de semana, mi guacha?”, Le lanzó mi viejo a mi vieja, haciéndole ojitos y gestos cochinos, “¡Ya po guatón!”, Le respondió mi vieja, poniéndose de pie de golpe, y llenando su vieja maleta con trajes de baño y toallas desteñidas, “¿Y qué hacemos con el niño, guachita? ¿Lo tenemos que llevar?”, “No, cómo se te ocurre, guatón, si se supone que es un viaje romántico po, ¿O no?”, “¿Se lo dejamos al vecino entonces?”, “O a mi mamá, da lo mismo, total serán 4 ó 5 días no más”, “estamos listos entonces, ¿Nos vamos?”, “¡Nos vamos! Y qué tanta hue’á”.

Llegaron a su destino a eso de las 8 de la tarde, la hora precisa para reservar un cuarto en el hotel soñado. Mi vieja, con su antigua estampa hippie, subió las finas escalinatas que la llevarían a la recepción cargando su pesada maleta café, y vistiendo una falda floreada que hacía juego con esa blusa blanca que le había regalado mi viejo hace cinco navidades atrás, y que aún evidenciaba vestigios de la mancha de vino con la que su amado la decoró aquella lejana noche en el fragor del baile. Mi viejo, por su parte, lucía unos desgastados pantalones de mezclilla, parchados en muchos sitios diferentes, y una roñosa polera de la selección que se encontró tirada en la cancha del barrio luego de una pichanga mortal contra los de la población de al frente. De la mano se acercaron al estirado señor de terno que descansaba tras recepción, dejaron el equipaje a un lado y simplemente le preguntaron “¿A cuánto la noche?”.

– Disculpen, jóvenes, ¿A cuánto qué? – Les preguntó el recepcionista, frunciendo el ceño de forma exagerada.
– El alojamiento – respondió mi viejo – ¿Cuánto sale alojar acá? Somos dos… sólo los dos, y…

Antes de que mi padre terminara de hilar la oración, el recepcionista se excusó y se dirigió a paso apresurado hacia una empaquetada señora que fumaba y sacaba cálculos en una esquina, sola, imperturbable. Cuchicheos iban y venían entre los dos siúticos personajes, hasta que de pronto, y visiblemente molesta, la señora se puso de pie y se dirigió hacia donde estaban mis viejos.

– ¿Sí, jóvenes? Yo soy la dueña de este lugar, ¿Qué necesitan? – Les preguntó, mirándolos de pies a cabeza.
– Buenas noches dama – respondió mi viejo, ya algo incómodo por la extraña situación – na’ po… queríamos saber, aquí con mi guacha, a cuánto tiene el alojamiento.
– ¿Cómo? ¿Pretenden pasar la noche aquí?
– Sí po, o sea… ésa es la idea… ¿Cuánto sale? ¿Cuál es el precio?
– ¿El precio? ¡Ja! – Repuso la señora, dándoles una última mirada, la más despectiva de todas – No, no se molesten… es mucho para ustedes…
– ¿Cómo dice? – Preguntó mi vieja, hirviendo de rabia.
– Dije que mucho para ustedes… demasiado… así que bueno, ¿Necesitan algo más?

Mi madre, sin exagerar, le hubiese puesto una patada en el hocico a la vieja en ese mismo instante de no haber sido por mi padre, quien la abrazó fuertemente y le dijo al oído “calma, tranquila, mi guacha, vámonos pa’ otro lado no más, si por aquí cerca hay alojamientos rebonitos también, no nos hagamos mala sangre”… y así lo hicieron: encontraron un hostal de lo más cómodo a pocas cuadras de ahí, perfecto para ellos; se ducharon, se cambiaron de ropa, salieron a comer, volvieron temprano –porque ambos confesaron estar muriéndose de sueño, producto del cansancio- y se levantaron a primera hora de la mañana para buscar donde desayunar, y así aprovechar el día a concho.

Abrazados, como dos locos enamorados, caminaban hacia el mar cuando, como si fuese casualidad, pasaron por fuera del lujoso hotel donde habían sido rechazados la noche anterior y, al mismo tiempo, se quedaron pegados observando cómo un gran contingente policial interrogaba a su dueña en las afueras del mismo, quien, aleteando como maniática, apuntaba hacia distintos puntos de su recinto, dando indicaciones que nadie entendía bien, y refregándose ambas manos por el rostro desesperadamente.

– ¿Qué está reclamando la vieja, oye? – Le preguntó mi padre a un joven que regaba el pasto, y que, al parecer, era empleado del lugar.
– Es que entraron a la mala al hotel anoche…
– ¿Sí?
– Sí, por la ventana que da a la pieza de la señora…
– No me digas…
– Sí le digo… y fíjese que… no le robaron nada, pero, pucha… le dejaron un mojón en la cabeza…
– Mira tú ah… ¿Y tienen alguna pista de quién habrá sido? – Volvió a consultar mi viejo, conteniendo la risa.
– No, nada… Pero un cura’ito de por aquí cerca dijo que había visto a un hombre entrando a la mala tipo cuatro de la mañana, pero todo cubierto, no le alcanzó a cachar la cara… ése tiene que haber sido el que le dejó el zurullo a la doña en plena frente.
– Ah…
– Sí… y después, tipo seis, vio a la mina.
– ¿Cómo? – Repuso mi viejo, confundido – ¿Qué mina? ¿De qué hablái?
– Sí po, una mina que entró toda fondeada también, como si fuese una ninja… pero ésa no le dejó na’ un mojón a la doña…
– Ah… menos mal…
– Le dejó una toalla higiénica… y usada, fresquita… pegada entre la nariz y la jeta.
– ¿Qué? ¿Cómo? ¿En serio?
– Si po mi amigo, ¿No le ve la cara a la dama, acaso? ¡Si llegó a quedar flaca de tanto vomitar! Aunque no le miento, no siento lástima por ella ni nada, porque la pulenta que es como el pico… se la ganó bien ganada la vieja, y así, entre nosotros, le juro que admiro a quienes le hicieron lo que le hicieron…

Mirando la escena lleno de sorpresa, mi padre sintió como mi madre lo abrazaba fuertemente y le lanzaba una mirada cómplice, coqueta e íntima, mientras le decía “vámonos guatón, quiero ir a la playa luego, mira que dormí poco anoche”.

– Ya – respondió simplemente mi viejo – vámonos… antes de que nos pillen.
– ¿Qué nos pillen en qué, mi vida? – Replicó mi madre, sonriendo.
– Que nos pillen que nos amamos, mi guacha… que nos pillen que nos amamos…

Comentarios

Comentarios