09 May

Capítulo 27: El mechoneo.

Año 2003. Dos días para entrar a clases.

– ¿Aló, papá?
– ¿Con quién hablo?
– ¿Cómo que “con quién hablo”? Si te dije “papá” po, ¿O acaso tienes más hijos?
– ¡Ah, Matías! Ahora caché que eras tú, por lo llorón.
– Mira viejo, no te llamo para pelear, sino para recordarte que entro a la Universidad el lunes y aún no me pasas la plata que me prometiste.
– ¿Y para qué querí plata Mati hueón? ¿Acaso cobran entrada en la U?
– Viejo, ni siquiera he comprado cuadernos, ni tampoco mochila, ¡Además tengo pura ropa vieja! Te dije que quería comprar unas camisas para no verme tan pendejo, ¿Te acordái?
– Pero Matías, se nota que no cachái nada de la vida…
– ¿Por qué lo dices?
– Por el mechoneo po Mati hueón, ¿Para qué te vai a comprar hueás nuevas, si llegarán los pailones de segundo y te harán tira todo?
– Pero viejo…
– Mati, los primeros días tení que ir con ropa vieja, gastada, esa que no te quieres poner nunca más.
– Ya viejo, te la compro, pero igual necesito una mochila.
– ¡Es lo mismo po Mati hueón, igual te la mancharán con huevos y harina! Lleva los cuadernos en bolsas plásticas no más, todos los universitarios hacen lo mismo.
– ¿Seguro viejo?
– ¡Seguro po hombre! ¡Si yo sé de lo que hablo! Mañana ponte tu ropa más fea, esa polera de Metallica que tienes manchada con cloro y esos pantalones que tienen un hoyo justo en las huevas. Y si no te mechonean el primer día lo harán el segundo, y si no es en el segundo será al otro día, la hueá es que tienen que lograr el “factor sorpresa”.
– Bueno viejo, te haré caso…
– Y Matías, para que veas que soy buen padre, ven a la casa que tengo un saco lleno de ropa vieja, sucia y hecha mierda que me regaló un amigo que trabaja en el Hogar de Cristo… ahora es toda tuya… ¡Todo sea por mi hijo!

Estuve dos semanas asistiendo a clases vestido como mendigo y llevando mis cosas en bolsas de supermercado. Ninguna mina se acercó a hablarme, no me invitaron al carrete mechón y mis compañeros echaron a correr la idea de que yo era vago, ladrón y que sufría del mal de Diógenes. Nunca me mechonearon, pero me regalaron una canasta familiar.

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