17 Feb

Capítulo 276: Belleza

Hasta donde sabía, mi viejo llevaba planeando desde hace mucho una salida a acampar junto al club de amigos con el cual se reúne cada noche en el clandestino del flaco Lucho, y, a principios de febrero, al fin la lograron concretar. Luego de un sin número de rifas falsas y completadas bailables, juntaron lo suficiente como para arrendar un destartalado autobús escolar, llenarlo con bolsas de arroz, latas de atún, charqui y garrafas de tinto, y así, con todo lo necesario para ser felices, partieron con rumbo al sur, haciendo paradas de vez en cuando para contemplar las maravillas de la naturaleza, darse el lujo de cagar al aire libre y, luego de cada atardecer, zamparse unos tontos bigoteados para no dormir a saltos.

Hoy en la mañana, más temprano que de costumbre, mi viejo me escribió pidiéndome plata para comprarme un recuerdo.

– ¿Y cómo estái po viejo? ¿Cómo lo hay pasado? – Le pregunté, luego de realizarle el depósito.
– Mati hueón, no me vas a creer, pero este viaje me ha cambiado…
– ¿En serio?
– La dura, pajarón. Figúrate que no me había dado cuenta de que estaba medio depresivo, tristón, con las bolas lacias… tanto tiempo chupando encerrado ya me estaba haciendo mal, y ahora, que me he hecho uno con la naturaleza, me voy dando cuenta de que ya no soy el mismo… que me he convertido en una versión mejorada de mí mismo…
– Ya, está bien, pero, ¿Me estái hueviando?
– ¡No, Mati hueón! Y que esto quede entre nosotros, porque fíjate que… hasta menos rancio me estoy sintiendo.
– Ya…
– ¡Si es verdad! Y bueno, entiendo que no me creas, total… tú no has experimentado lo que he experimentado yo contemplando estos paisajes.
– ¿Tan bonitos son, viejo?
– Hermosos, Mati hueón, más despampanantes que un hoyo recién depilado. He visto cascadas que no te imaginái, montañas de un verde que sólo has visto en tus sueños, lagos de otro mundo, pajaritos que en su lomo cargan todos los colores del arcoíris…
– Buena viejo, le pusiste.
– Y, es más, ahora mismo estoy solo, sentado sobre una enorme roca, mirando de frente el río más bello que he visto en mi vida.
– ¿La pulenta, viejo?
– Te juro… sus aguas son cristalinas, de vez en cuando un pececito se asoma a la superficie para sentir sobre sus escamas la cálida caricia del sol, y de biombo tiene un imponente volcán que me ayuda a recordar lo insignificantes que somos frente a la creación de dios.
– Viejo, qué fuerte, en serio me conmoviste… ¿Te puedo pedir algo?
– Sí, claro, dime.
– Mándame una foto de esa cosa tan maravillosa, por favor.
– ¿Tú decí?
– Sí viejo, pa’ mandarla a ampliar, luego enmarcarla y colgarla en el living, mínimo.
– Está bien, ahí te va…
– Oye, pero… pero viejo…
– ¿Sí, Mati?
– ¿Me acabas de mandar una foto de…?
– Sí, de mi corneta.
– ¿Y pa’ qué chucha quiero una foto de tu corneta, viejo?
– No sé po, si tú me la pediste.
– ¡Papá, me refería a que me mandarai una foto del paisaje!
– ¡Habla claro entonces po Mati hueón! Yo pensé que la queríai pa’ venerarla, pa’ tenerla de referente, pa’ prenderle velitas…
– ¡No viejo! Hueón cochino no más…
– ¿Y entonces?
– ¿Y entonces qué?
– ¿No la vai a mandar a enmarcar? Si mi diuca es más imponente que las Torres del Paine po.
– ¡Cómo se te ocurre, papá por la cresta!
– Puta el hueón raro éste, ¿Quién te entiende a voh? Se nota que no sabí na’ de belleza, Mati hueón, ¡No sabí na’ de na’!

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