18 Feb

Capítulo 277: La Anestesia

“A ésa le dicen la Anestesia”, me advirtieron mis amigos, “un puro polvo con ella, y te quedarán las hue’as adormecida por, mínimo, dos días y medio”. Imposible no tentarme con tamaña descripción; la nueva chica del barrio era mucho más guapa que el promedio de mis vecinas y, gracias a que no había vaciado mis bolas desde hace ya varias semanas, me encontraba con la calentura y la necesidad del contacto cuerpo a cuerpo al máximo, situación que, usualmente, me brinda un repentino exceso de autoconfianza, y la valentía suficiente como para llegar y plantarme frente a cualquier damisela que despierte mi interés, cortejarla en modo galán y, si se alinean los planetas, dejarle caer mi humanidad sin ningún ruego de por medio.

La Anestesia resultó ser mucho más asequible de lo que me imaginé. Me acerqué a su humanidad con un pucho enterrado en la boca y la mala excusa de pedirle fuego, mirando descuidadamente hacia otro lado para fingir que no tenía dobles intenciones.

– ¿Así que querí que te prenda el pucho? – Me preguntó, sosteniendo un encendedor entre sus finos dedos.
– Sí, sólo eso, quiero encender mi cigarro y nada más.
– Bueno, pero primero vas a tener que apagarlo, porque lo tení prendido desde que te decidiste a venir a hablarme, ahueona’o.

Si bien una chica normal hubiese aprovechado tal descuido para hacer burla de mi torpeza, la Anestesia era otra onda, ella era distinta, tenía un aire algo místico, serio y misterioso, que la alejaba bastante del estereotipo de la mujer dicharachera, risueña y prendida con el cual me relaciono usualmente. Me contó, luego de un par de tragos, que se dedicaba a atender una librería en pleno centro de la capital, y yo, con tal de sorprenderla, le dije cara de palo que era escritor, pese a que mis letras doctas son despreciadas por los sectores más conservadores de la sociedad. No sé si fue mi blablá o el exceso de piscolas, pero en cierto momento la Anestesia, sin mediar más palabras, me tomó de la mano y me llevó hasta una de las tantas habitaciones desocupadas que había en el lugar, y se recostó boca arriba sobre la enorme cama que estaba por convertirse en nuestro nido de amor, sin quitarse la ropa y mirándome en todo momento con una intensa cara de deseo.

– ¡Ya mierda! Anda dándote vuelta, comadre, ¡Porque te voy a hacer arar! – le dije, con mi tono más sensual.
– ¡Espera! Antes de que me lo chantes, tengo que decirte algo – murmuró, mientras yo desabotonaba mis pantalones torpemente.
– Después conversamos po, socia, ¿Por qué no nos empelotamos rapidito, mejor? Mira que, si la hacemos muy larga, vamos a volver al carrete y no va a quedar nada pa’ tomar po, y no es la idea, ¿Cierto?
– Es que… es que yo no me puedo quitar la ropa, ¿Me seguí? Lo que pasa… es que yo soy sumisa, ¿Cachái?
– Ya, ¿Y qué tiene? Yo soy católico, se supone, pero igual puedo afilar antes del matrimonio, no importa eso ahora.
– No, tonto, no me estás entendiendo… yo soy sumisa, ¿Ya? Y ahora, sólo por esta noche, tú te convertirás en mi amo, ¿Está bien?
– Pucha, ¿Y qué tengo que hacer? La verdad es que quiero ponerla no más, con eso soy feliz.
– ¡Lo que te pido es que me domines, mi amo! Estoy bajo tu control, ¡Ahora dómame! Háceme pico.
– Ya, pero… ¿Te vas a mover más que sea? Mira que pareces muerta ahí, tirada, con las piernas abiertas, sin hacer nada.
– ¡Castígame, mi señor! Tómame, soy tu presa, moldéame como gustes, yo sólo me dejaré querer… sólo me dejaré…

Y, efectivamente, la Anestesia se entregó a mí por completo, y ahí se quedó, tirada en la cama, impávida, mientras yo la despojaba de sus prendas dificultosamente.

– Eso, mi amo, hazme lo que quieras.
– Pero oye, no sé, ¿Podí abrir los ojos al menos? La dura que siento que me estoy comiendo a un maniquí, y es pa´l pico.
– ¡Tómame, mi amo! ¡Arrúllame, ahógame, aplástame! ¡Soy toda tuya!
– Puta, ¿Y pa’ mí qué? ¿Ni una chupadita?
– ¿Es eso lo que deseas, mi amo?
– ¡No! O sea, demás, pero no es eso a lo que me refiero… lo que pasa es que, a riesgo de sonar hueco, no te quiero obligar a hacer algo que no quieras hacer po.
– A ver, a ver, hagamos una pausa, esto no está funcionando… ¿Cuál me dijiste que era tu nombre?
– Matías.
– Matías, esto no está fluyendo. Mira, el juego que te estoy proponiendo no es nada del otro mundo: tú me dominas, y yo me dejo dominar. Todo está consentido, todo está dentro de lo que yo quiero, tranquilo.
– Ya, ¿Y?
– Y si en algún momento estamos demasiado encendidos, y considero que sobrepasaste mis límites, diré la palabra clave, que será… ¡Rojo! Sí, ésa será la palabra que te indicará que ya no puedo más… aunque, así como vamos, dudo que la emplee…
– Y pucha, ¿A mí me tocará pasarlo bien en algún momento? Es que así no se me va a parar.
– Paciencia, mi amo, tú sólo castígame duro, y yo te daré algunos incentivos… como, por ejemplo, éste…

Y dicho esto, la Anestesia se dio la media vuelta, hundió su rostro entre las almohadas, al punto de morder una de ellas, paró su desnuda retaguardia al máximo frente a mí y, balbuceando enardecida, me hizo saber su deseo.

– ¡Dame duro, mi amo! ¡Pégame, pégame con todo lo que tengas!
– Pero cómo… ¿Estás segura?
– ¡Dale! Deja fluir tu lado más salvaje, ¡Pégame, mi maestro! Sigue tus instintos más primitivos.

Envalentonado como nunca, tomé una gran bocanada de aire, me dije “¡Ya mierda! ¡Qué tanta hueá!”, agarré un poco de vuelo y, rememorando mi fugaz paso por una escuela de fútbol, le puse una patá’ en la raja que le dejó la cabeza enterrada entre el colchón y la cabecera. “¡Rojo, conchetumare! ¡Rojo, rojo, bruto culia’o!” Fueron las últimas palabras que oí de la boca de la Anestesia, justo antes de que se pusiera de pie y, gruñendo enajenada, me devolviera la mano con un par de sendas patadas en mis siempre acumuladas bolas.

Dos días y medio las tuve adormecidas, tal como mis amigos me habían prometido.

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