09 May

Capítulo 28: La Chubi (o “La hija del tío Pato”)

Mi viejo y el tío Pato fueron amigos desde el colegio, se vestían de forma idéntica, escuchaban música similar y pinchaban con las mismas minas. Quienes los observaban creían que eran hermanos, jamás se separaban e, incluso, posaron abrazados en la foto de Cuarto Medio. Su relación llegó al punto de ponerse de acuerdo para embarazar a sus esposas al mismo tiempo, así que producto de esa tontera nací yo y, un par de meses más tarde, nació la hija del tío Pato.

Según el tío, su bebé era una cosa chica y redonda que fácilmente se ponía roja con el calor, azul con el frío, amarilla cuando vomitaba y café mientras dormía, por lo mismo la apodó como “la Chubi” y la pobre cabra así se quedó. Desde siempre quisieron emparejarnos, nos tomaban miles de fotos juntos y cantaban “¡Son pololos, son pololos!” Cada vez que intentábamos conversar o jugar, aunque la verdad es que la cabra chica no era para nada de mi gusto, me pasaba pidiendo que le diera un beso y, como yo no le hacía caso, me robaba los tazos y las láminas de mis álbumes Salo, pero el tío Pato insistía con la hueá, “¡Ya po Mati! ¿Cuándo le vai a pedir pololeo a la Chubi?” Me decía, por lo bajo, tres veces a la semana, y yo ahí tenía que hacerme el hueón no más, ¿Cómo le iba a pedir pololeo si me cargaban sus ojos grandes, esas piernas interminables y aquellos frenillos enormes? Pero el tiempo pasó, nos comenzamos a ver menos, las juntas entre familias se realizaban sólo para ocasiones muy especiales, las responsabilidades de la vida adulta empezaron a complicar a los viejos, el tío Pato se separó de su señora, la Chubi se fue a vivir con su madre, al año siguiente mis padres también se separaron, el tío Pato comenzó a ponerle bueno con mi vieja, mi viejo le juró odio eterno a su amigo de infancia y la Chubi, ya con 16 años, se había transformado en una mina más rica que la chucha.

– Matías, tenemos que hablar – me dijo el tío Pato cuando se fue a vivir a la casa de mi madre – ¿Te acuerdas que un par de veces te dijimos que podría ser buena idea la opción de que, tal vez quizás, pololearas con mi hija?
– ¿Un par de veces? Tío Pato, me hueviaban con eso siempre, sobre todo usted, recuerde que me obligaba a decirle “suegro”.
– ¡Exageras Matías, no era para tanto! La cosa es que la Chubi vendrá bien seguido a esta casa, le haremos una pequeña pieza al lado de la tuya, y bueno… tú sabes…
– ¿Qué yo sé qué, tío Pato?
– A ver… en pocas palabras: si se lo poní a mi niñita, te corto las huevas y hago que te las comas por el hoyo, ¡Ahora la Chubi es tu hermana! ¡Así que sin mirarla con otros ojos, no seas enfermo, esa hueá se llama incesto! ¿Supongo que no quieres tener hijos con cola de chancho, o sí?
– ¿Qué hueá está hablando tío Pato?
– Tú tienes los genes de tu padre cabrito, y no quiero que a mi niñita le pase nada, mira que está 0 kilómetros, ¡Hazme caso mocoso, cuando se trata de mi angelito hablo en serio!

Y estaba difícil la cosa. La Chubi comenzó a quedarse los fines de semana bajo mi mismo techo y yo no era siquiera capaz de evitar mirarle el culo cada vez que se paseaba en calzones por fuera de mi pieza. Ella se sabía rica y, peor aún, también sabía que me tenía caliente, pero como le debía cierto respeto al tío Pato me aguanté y me aguanté, hasta que no di más y dejé escapar al “hijo de tigre” que llevo dentro. Pesqué a la Chubi en una de las tantas visitas nocturnas que realizó a mi pieza, le planté un beso tímido y ella respondió el tierno gesto sacando un condón del bolsillo de su pijama y poniéndomelo con la boca. La verdad es que yo tenía cierta experiencia en las artes amatorias, si tampoco era hueón del todo, pero la Chubi se las sabía por libro, me tomó como si fuese su juguete y me hizo unas hueás que jamás me han vuelto a hacer en mi perra vida.

– Matías… – me susurró justo después de ejecutar una posición indescriptible – ¿Te gusta cuando me muevo así?
– Sí Chubi, me gusta caleta – le respondí con el aliento entrecortado, al borde del enamoramiento.
– Qué bueno… – respondió jadeante – al Max también le gusta.
– ¿Ah? ¿Perdón? – Dije interrumpiendo el polvo – ¿Que a quién le gusta?
– Al Max po Matías, mi pololo.
– ¿Pololo? – Le consulté incrédulo, al borde del llanto, sacando mi cosa entristecida desde su interior – ¿Pero cómo vas a tener pololo, si estás haciendo el amor conmigo?
– ¿Haciendo el amor? Yo no estoy “haciendo el amor” contigo, yo estoy “culiando” contigo, no te confundas.
– Pero, pero… pensé que yo te gustaba…
– ¡Pucha Matías, viste que erí hueón! Podríamos haberlo pasado súper, pero te poní mamón a la primera metida. Iré a mi pieza para terminar lo que tú no supiste hacer será mejor, ¿Tu celular Nokia tiene vibrador? ¿Sí? Me lo llevaré prestado, te lo devuelvo mañana lavadito, no te preocupes.

Aquella noche no dormí, ¡Imposible! Quería que la Chubi fuese mía a como diera lugar, y lo primero que se me ocurrió fue mentalizarme para meterla a mi cama nuevamente, pero esta vez debía ser distinto, esta vez yo sería el maestro, esta vez lograría que la Chubi olvidara a ese tal Max y se quedara a mi lado para siempre. Con ese fin partí a primera hora a la casa de mi viejo, mi intención era robarle todas las revistas “Vida Afectiva & Sexual” que guardaba bajo su cama, estudiármelas y luego aplicar lo aprendido, pero nada de eso sucedió, porque apenas me abrió la puerta para entrar a su cuchitril me sacó todo el rollo.

– Mati… hueles a mujer – me dijo enterrando su nariz en muchas, demasiadas, partes de mi cuerpo.
– ¿Qué? Pero cómo…
– ¿Hay cachado a esos hueones que catan vinos? ¿Que los huelen, los miran, los saborean? Bueno, yo soy como esos hueones, pero cato mujeres, conozco sus aromas, sus texturas, y voh Mati hueón, déjame decirte, andái pasado a marisco.
– Está bien viejo, te diré la verdad…
– ¡Silencio! Déjame a mí, a ver… a ver – susurró mientras continuaba olfateándome y, para variar, me tomó de las manos y pasó la punta de su lengua por mis dedos – Ese sabor, inconfundible…
– ¿Qué sabor?
– ¡Tranquilo! Déjame dar mi veredicto… estuviste con una joven… de tez blanca, pelo castaño, alta, ¿Me equivoco?
– Pero viejo, ¿Cómo supiste?
– ¡Silencio te dije! – Me regañó mientras cerraba los ojos y pasaba la lengua por sus labios – Lo último que comió esa cabra, antes de que te la cepillaras, fue una mitad de pan con palta… y un café…
– Viejo, esto es increíble, ¿Cómo lo haces?
– ¡Calma! Otra cosa que puedo detectar… es que está más recorrida que la chucha, por lo bajo se la han mandado a pecho unos cuatro hueones sólo este mes. Dime algo Mati, ¿Fuiste donde el flaco Lucho a servirte una chiquilla… y no me invitaste?
– ¡No viejo, nada que ver! Si la niña con la que me metí es buena cabra, linda, simpática, me dejó súper enamorado y quería consejos para dejarla rendida a mis pies.
– ¿Y se puede saber quién es?
– Te cuento, pero no le digái a nadie, me puedo meter en problemas, ¿Está bien?
– ¡Me extraña Mati hueón! ¿Cuándo te he dejado mal yo? A ver, dime po.
– Bueno viejo… la mina con la que metí es… la Chubi.
– ¿La Chubi? ¿La Chubi Chubi? ¿La hija del hueco del Pato?
– Sí viejo, esa misma…
– ¿Me estay diciendo que te afilaste a la hija del Pato?
– No me la “afilé” viejo, le hice el amor, que es algo muy distinto, mira, te explico…
– ¡Después hablamos Mati hueón! ¡Voy al tiro a agarrar pal hueveo a ese saco de hueas! ¡Jajajaja! ¡Grande campeón, me alegraste el día!
– ¡Viejo no! ¡Por la chucha no!

Salí corriendo tras él, pero sus deseos de hueviar al tío Pato le brindaron una velocidad sobrehumana. Y ni les cuento como lo huevió, me basta con decirles que esa misma tarde me tuve que ir a vivir con mi viejo por un buen tiempo, a la Chubi la mandaron a un internado de niñas ubicado en algún lugar recóndito del sur, y el tío Pato… puta, el tío Pato empezó a contarme cada vez que se tiraba a mi vieja, “para que sepas qué se siente que se lo metan a un ser querido”, me dijo.

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