22 Mar

Capítulo 281: Vírgenes

María Magdalena se llamaba, su madre era una monja retirada, y su padre fue mi profesor de Religión. Hija única, portadora de una divina figura angelical; carita de santa, y ciertamente inasequible para un vil pinganilla como yo. Por su comportamiento intachable, era la favorita de todos los profesores, pinturita infaltable en cada actividad latera organizada por la pastoral del liceo y, cómo no, el sueño erótico de los jotes más calientes de cuarto medio, quienes anhelaban arrebatarle su virginidad como quien busca excavar en una mina de oro, aunque a sabiendas de que jamás alcanzarían tal objetivo. Y es que la María Magdalena resguardaba su flor con obstinada convicción, y en más de una ocasión confesó frente a todos que estaba reservando su pureza para el matrimonio, y que de ahí para adelante sólo copularía con su esposo con el sagrado fin de procrear, “si total el sexo, chiquillos, no se trata de obtener placer”, nos predicaba alzando sus manos al cielo, “sigan mi ejemplo, lo primordial es traer bendiciones al mundo, tal como lo ordena nuestro santo señor Jesucristo, amén”, y se persignaba colocando los ojos blancos, así como los colocaba yo cuando cada noche me macaqueaba pensando en ella.

Por esas vueltas de la vida, cuando cursábamos segundo medio nos tocó hacer juntos el último trabajo de Religión del año. Su padre, quien nos dio la tarea de construir un pesebre con palitos de helados, me dijo que podía ir a su casa en algún momento de la noche para avanzar en tal labor, “con mi señora iremos a una fiesta navideña a eso de las siete”, me aseguró, “y como sé que voh erí más pajarón que la cresta, y que no seríai capaz de tocarle ni un pelo a mi niñita, más que nada porque no te la podí, te dejaré ir a visitarla sin ningún problema, ¿Te tinca? Y quién sabe… en una de esas mi Magdalenita logra que la palabra de Dios cale profundo en tu corazón, para que así dejes la manfinfla de una vez por todas y te enrieles, mocoso pecador”. Y cómo iba a decirle que no, si, pese a que sabía que ni siquiera un besito le lograría sacar a aquella esquiva compañerita, la idea de pasar el rato junto a ella se me hacía igualmente motivante.

Sin ningún tipo de expectativa llegué hasta la casa de la María Magdalena. Día jueves, diecinueve de diciembre, nueve de la noche en punto. Tal como su padre me lo había prometido, la María se encontraba completamente sola en casa, hecho que confirmé cuando ésta me abrió la puerta principal con su cabellera despeinada, a pata pelada, vistiendo sólo una diminuta camisa de dormir transparente, y con uno de sus morenos hombros al descubierto.

– ¿María?
– ¿Qué sucede, Mati? Te pusiste colorado, ¿Estás bien?
– ¡Sí, claro! Lo que pasa es que me calen… ¡O sea! Me sorprendí un poco, nada más.
– ¿Sí? ¿Y eso por qué?
– Es que ves algo distinta… te ves así como… así como salvaje.
– ¡Nada que ver! Sólo me relajé un poco, y listo. Lo que pasa es que a veces, cuando mis papis no están, saco a flote algunas partes de mi personalidad que mantengo ocultas… y bueno, hoy es una de esas veces.
– Soy un afortunado, entonces.
– Puede que sí, puede que no… eso sólo Diosito lo sabe…

La casa de la María Magdalena parecía más una iglesia que cualquier otra cosa: las paredes estaban tapizadas con imágenes bíblicas, y en cada cuarto había una mini estatua de yeso con la figura de Jesús. “La más grande está en mi pieza”, me dijo la María Magdalena, cuando me quedé perplejo observando la belleza aria del Cristo que estaba en el living, “¿Quieres ir a verla?”, “¡Ya po!”, Le respondí sin dudar, más por maldad que por curiosidad.

– ¿Sabes? – Le dije, contemplando al atlético Jesús que reposaba sobre su armario – Después de todo, tú y yo no somos tan diferentes.
– ¿A qué te refieres, Matías?
– Por ejemplo, tú tienes tu pieza llena de figuritas religiosas, y yo tengo la mía plagada de figuritas de La Guerra de las Galaxias, ¿Cachái?
– Ya, ¿Y qué más?
– A ver… mira, sobre la cama tienes un poster de Jesús, y yo, sobre la mía, tengo un par de Axl Roses. Y déjame decirte que no hay mucha diferencia entre ambos: los dos tienen el pelo largo, son rubios, de ojitos de colores… Tu Jesús es más hippie, nada más.
– Matías, corrígeme si estoy equivocada, pero… ¿Estás intentando demostrar que tenemos mucho en común con el único fin de cortejarme?
– Pucha, sí. Me pillaste.
– Pues lo siento mucho, lindo, así no me convencerás jamás. Efectivamente, amaría conocer a mi alma gemela, pero tú estás muy lejos de serlo.
– ¿Cómo dices eso? ¡Claro que soy tu alma gemela! Sólo escúchame: ambos estamos en el mismo curso, ¿Coincidencia?
– Claro que sí.
– Ambos tenemos el pelo negro, ¿Me dirás que es simple casualidad?
– No es suficiente, Matías.
– Bueno, entonces… los dos somos chilenos, ¿Qué dices de eso? Y vivimos en Santiago, y hablamos el mismo idioma, y estamos vírgenes, y ambos cagamos sentados, y…
– Espera, detente ahí, ¿Qué dijiste?
– Eso po, que los dos cagamos sentados, ¿Viste? ¡Si somos el uno para el otro!
– No, tonto, me refiero a lo otro, ¿En serio eres virgen?
– ¿Yo? ¡Pero claro! Cartucho al máximo, al igual que tú, ¿Qué tal?
– ¡Pero si todos los del curso ya se han acostado con, mínimo, dos minas! ¿En serio tú no?
– ¡Sí, en serio! Aunque, por la forma en la que me lo preguntas, me está dando más vergüenza que orgullo, la verdad…
– No tienes de qué avergonzarte, lindo. Ante mis ojos, eres una especie en extinción. Alguien único, prácticamente.
– ¿Tú creí?
– Claro que lo creo – respondió la María Magdalena, dirigiéndose hacia el Cristo de su armario y girándolo hacia la pared, de forma que no apuntara sus ojos hacia nosotros – pero ya lo vamos a remediar – agregó, arrancando todos los cuadros y posters religiosos que colgaban de sus paredes, empujándome hacia su cama mientras me bajaba los pantalones y, con los ojos en blanco, me agarraba la corneta a dos manos para persignarse con ella.

De ahí para adelante, todo fue celestial. Con anterioridad ya había estado cerca de ponerla – con resultados desastrosos, ciertamente -, pero esta vez el acto amatorio se concretó con creces. Tal como mi viejo me lo había adelantado muchas veces, el acto de meterla era similar a envolver la diuca con un bistec calentado en el microondas y lubricado con leche condensada: suave, cremoso, cálido y muy, pero muy resbaloso, y pese a que la María Magdalena estaba cero kilómetros, tal como yo, no dijo ni pio cuando, de un solo golpe y sin aviso, se la dejé caer.

Siete minutos exactos duré (con cinco minutos de previa, y peinado de alfombra incluido) antes de caer rendido hacia un lado de la cama, aluciando con fuegos artificiales, arcoíris y estrellas, listo para fumarme un pucho y llorar de emoción como el buen debutante que era. La María Magdalena, por su parte, se puso de pie como si nada, comenzó a vestirse raudamente, y sólo giró la cabeza para decirme “estuvo simpático. Gracias”.

– ¿Y bueno? – Le pregunté, al notar su indiferencia – ¿No hablaremos nada? ¿No me dirás qué te pareció? ¿O qué sientes al dar este gran paso?
– Ay Matías, qué lata esto, en serio…
– ¿A qué te refieres? ¿Qué te da lata? No entiendo. Acabamos de perder la virginidad juntos, y debería ser un momento emocionante, ¿No vas a escribirlo en tu diario de vida, o algo así? Porque yo sí lo haré.
– Pucha Mati… hay algo que deberías saber.
– No digas nada, ya sé: te sientes culpable por haberle fallado a diosito… ¡Pero quédate tranquila! Si no hicimos nada grave, todo lo contrario, esto es súper natural, y…
– ¡Matías, cálmate! Eso no tiene nada que ver.
– ¿No?
– No, pajarón… lo que pasa… es que yo ya lo había hecho antes…
– ¿Cómo? ¿Entonces no eras virgen? ¿Todo fue una mentira?
– O sea, ¡Obvio! ¿Te imaginái el escándalo armaría mi papá si yo vendiera una parada diferente? Me obligaría a meterme a monja, mínimo, a ver si con eso me crece un himen nuevo.
– Pucha… ¿Y fue hace mucho tiempo?
– O sea, mi primera vez, sí po… pero cuando te dije “ya lo había hecho antes”, me refería a eso, a “antes”.
– ¿Cómo? ¿A antes de qué?
– A antes de que llegaras tú po, obvio.
– ¿Qué?
– Ay Matías, supongo que no le vas a dar color. Pucha, mira, mis viejos salieron a las siete, tú me dijiste que llegarías a nueve y, para no aburrirme, le dije al Pico de Oro, del cuarto C, que viniera a verme a las ocho.
– ¿El Pico de Oro? ¿Ese culia’o rucio que tiene como tres cabros chicos tirados por ahí?
– Sí, ése mismo, ¡Si es tan lindo!
– O sea, en realidad no era que tú estuvieses súper lubricada, sino que el moquillo del Pico de Oro seguía en ti…
– Sí, puede ser.
– Y el sonido que producía al pegarte las puñalás’ de carne, ése parecido a caminar con las chalas mojadas… ¿Era el de mi diuca sumergiéndose y macerando el quesillo del Pico de Oro?
– Claro, tiene lógica.
– Y el sabor saladito que sentí cuando te besé ahí abajo, era en realidad…
– Sí, me imagino que sí…
– Mierda… ahora entiendo porqué el pendejo que me saqué de la lengua era rubio, siendo que tú eres morena.
– Sí, y Matías.
– Dime, María Magdalena.
– Yo que tú me dejo de hablar, y me voy a mi casa pa’ ducharme. No seái cochino po.

Nueve meses después, la María Magdalena tuvo su primer hijo. Intentó convencer a sus padres de que se trataba de un milagro del espíritu santo, sobre todo porque el cabro le salió rucio, tal como las estatuas y cuadros de Jesús que decoraban su hogar, pero estos no cayeron en su trampa y, en la más absurda de las decisiones, la mandaron a vivir donde su abuelita de Osorno, convencidos de que así se ahorrarían la vergüenza de tener una hija fornicaria. El Pico de Oro, como era de esperarse, jamás reconoció al crío. Típico del Pico de Oro, en todo caso.

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