10 Abr

Capítulo 283: La circular vida del Chupa Teta

Con mi viejo no nos pegábamos un carrete bueno desde hace meses, y por lo mismo nos emocionamos tanto cuando el Chupa Teta, mi primo más trastornado, nos invitó a su cumpleaños número 35, una oportunidad única para que nos pusiéramos al día luego de años sin tomarnos siquiera un cortito de pilsen juntos, y todo porque a la polola del Chupa Teta se le ocurrió chantarle un crío poco después de que éste cumpliera los 24, a ver si con eso se le pasaba lo bueno pal hueveo, y vaya que le resultó bien el plan, porque el mismísimo día en el que nació su retoño, el Chupa Teta anunció su retiro de las pistas hasta nuevo aviso. Y éste, su cumpleaños número 35, era precisamente su nuevo aviso.

El Chupa Teta es el hijo único de mi tía Filomena, la hermana mayor de mi papá, quien lo alimentó con leche materna hasta los 10 años con el noble fin de que el cabro creciera fuerte y sanito, y de ahí viene su apodo tan particular… bueno, de ahí, y del hecho de que lo sorprendieron chupándole las tetas a más de una compañerita híper desarrollada en los baños de su antiguo colegio. Y es que el Chupa Teta siempre fue un pendejo demasiado agrandado para su edad: según cuenta la leyenda, su primera piscola se la zampó poco después de cumplir los 11, el mismo día en el que se descartuchó, cometió su primer robo y se inició en los jales; a los 13 ya era un borracho reconocido en el barrio, se dejó un bigote de cafiche para parecer mayor, y se consiguió una pega como portero de toples con el fin de costearse sus vicios; a los 15, una patrulla de carabineros se preocupaba exclusivamente de frenar sus fechorías: que no se le fuera a ocurrir nuevamente cagar en la vía pública, o pelarle las pastillas al viejo esquizofrénico que vivía en el pasaje de al frente para después traficarlas, o ir a pedir cachas fiadas a los burdeles favoritos de los pacos, para luego hacer perro muerto y dejar a las bataclanas pagando. Y así, el Chupa Teta rápidamente se convirtió en un hueón de temer, el portador de un espíritu indomable que ni siquiera las fuerzas de la ley podían controlar, un malandra de primera, un pinganilla despreciado por medio mundo, aunque ampliamente admirado por ciertos miembros de su familia, quienes celebrábamos sus ocurrencias rancias y lo invitábamos a asados pantagruélicos con el sólo fin de que nos pusiera al día con sus nuevas aventuras. Pero todo se acabó, como dije anteriormente, el día en el que nació el Pepón, el tierno hijo del Chupa Teta, un mocoso que lo llevó del infierno al paraíso de un solo salto gracias a sus ojos celestiales y su semblante angelical. El Chupa Teta se retiró de las pistas sin realizar siquiera una despedida, cambió sus vestimentas tujas por camisitas celestes y pantalones piqué, se casó con la madre de su bebé en una fiesta sencilla y sin copete, y cortó de golpe a todas aquellas amistades que le recordaban al hueón turbio que algún día fue.

La invitación a su cumpleaños era más bien escueta: sólo aparecía el motivo de la celebración, la fecha, su dirección, y la frase “Se ruega llegar a las 20 horas, puntual. No traer alcohol” destacada al centro de la tarjeta, con negrita y subrayada. Con mi viejo, ciegamente esperanzados en que ese mensaje significaba algo así como “lleguen temprano, porque el hueveo dará para largo, y no traigan copete, cabros… ¡Miren que acá tengo de sobra!”, Partimos rumbo a la celebración con las tremendas pintas, bien descansaditos y con una sed descomunal, pensando en la cara que pondría el Chupa Teta al ver nuevamente a sus viejos camaradas de juerga, y especulando cuánto tardaríamos en estar arriba de la pelota los tres, bailando con la verga afuera sobre una mesa y compitiendo por quién tiraba el moquillo más lejos, como lo hacíamos en los viejos tiempos; pero nada de eso ocurrió, y en el fondo, en nuestro peores pronósticos, así calculábamos que sería, porque el Chupa Teta, el mismo que durante tantos años nos deleitó con sus ranciedades, hoy estaba convertido en un padre de familia serio, responsable y bien portado, y todos los personajes infaltables en sus cumpleaños, como sus yuntas mecheros, las cabronas y los narcos más brígidos del barrio, fueron reemplazados por sus nuevas amistados: puros viejos culia’os con pinta de oficinistas, y viejas siúticas estucadas en maquillaje acompañadas por una chorrera de cabros chicos, los cuales jugaban en su antejardín dándole un poco de vida a una fiesta que tenía más pinta de reunión de centro de madres que de cualquier otra cosa.

– Oye, Chupa Teta, ¿Qué significa esta hueá? – Le consultó mi viejo al cumpleañero, apenas lo divisó tomándose un tecito y sirviéndose un trocito de torta en su patio.
– ¡Tío! ¡Y Matías! Qué rico que vinieron, pasen, pasen, sírvanse un quequito, ¿O prefieren unas piezas de sushi? Les tengo limonada también, ¡Pónganse cómodos, que hoy lo vamos a pasar caballo!
– Sobrino, no me cambies el tema por las rechuchas, ¿Me puedes explicar qué significa esta mierda? ¿Dónde están las putas, la droga, el copete? ¿Y qué son estas hueás? ¿Canapés? ¿Querí que nos caguemos de hambre, hueón? ¿Eso es lo que querí?
– Caramba, tío, veo que no ha cambiado para nada… Y eso que yo lo invité a mi fiesta porque me imaginé que, luego de tantos años de mala vida, usted ya habría sentado cabeza. ¿Y tú, Matías? Me imagino que ya maduraste, ¿O no? Que estudiaste una carrera, que formaste una familia… ¿Viniste con tu esposa? ¿Con tus niños? Porque, con 30 años, de seguro ya tienes una linda familia, ¿O me equivoco?
– Te equivocas. – respondí – Vine porque pensé que el hueveo estaría bueno no más.
– Caramba, caramba, qué decepción… ¡Pero qué le vamos a hacer! No por eso no vamos a celebrar, ¿Ya saludaron a mi niñito? ¿Al Pepón? De seguro lo vieron jugando en la entrada, junto a sus amiguitos.
– Quizás. – dijo mi viejo – Vimos a un montón de pendejos metiendo boche ahí, pero eran todos iguales, así que…
– Está grande mi Pepón, ¡Ya va a pasar a séptimo! Es el mejor de su clase, inteligente, buen deportista, todo un campeón, ¡Igualito a su padre!
– ¡Sale, hueón! Si voh a esa edad erai un borracho culia’o.
– No sé de qué me habla tío, creo que me está confundiendo con el Mati.
– No, yo me acuerdo bien: el Mati siempre fue el hueón de la familia, y voh… el borracho culia’o.
– Usted está equivocado.
– ¿Sí?
– ¡Pero claro! Si yo fui un perdido, según usted, ¿Cómo se explica entonces que el Pepón sea un niño ejemplar? ¡Mírelo! ¡Pero mírelo! Si es tan educado, tan buen cabro, tan sano, tan correcto…
– ¿Hasta qué hora vai a estar hablando de ese pendejo? Como que nos estamos aburriendo ya, ¿Y en serio no tení ni una chelita pa’ atendernos? Porque te juro que soy capaz de tomar colonia si de aquí a 10 minutos más no estoy cura’o.
– Lo siento tío, en esta casa le hicimos la cruz al trago desde hace mucho. Además, la once-comida por mi cumpleaños ya está terminando. Llegaron muy tarde.
– Pero hueón, no van a ser ni las diez de la noche…
– ¿Las diez ya? ¡Oh, qué terrible! Hace años que no trasnochaba tanto.
– Ya hueón, si nos querí echar dinos no más, no tení pa’ qué ponerle tanto color.
– ¿Echarlos? Pero si ustedes, sean como sean, forman parte de mi familia, de mi vida… pero en serio tengo la costumbre de estar durmiendo a las ocho de la noche, para así levantarme a las cuatro de la mañana y salir a producir, al igual que todos mis amigos, ¿Los ven? Si ya todos se quedaron dormidos en los sillones, y algunos en las piezas… pobrecitos, deben estar tan cansados, los hice trasnochar también…

Y era cierto. De un momento a otro, todos los adultos presentes yacían en diferentes partes del hogar del Chupa Teta, desparramados roncando como si les hubieran quitado la energía vital de pronto, mientras sus hijos seguían revoloteando por ahí, jugando a la pinta y gritando como locos.

– Entonces – pregunté, desanimado – ¿Nos vamos no más?
– ¡No pue primo! ¿Cómo se te ocurre? Tomen asiento por aquí, coman un poquito de asado, sírvanse un juguito, miren que yo… que yo…
– ¿Tú qué, Chupa Teta?
– Yo…
– Mati, ¿Qué le pasa a este hueón? – Me preguntó mi viejo, extrañado.
– Se quedó dormido parece. Igual tenía pinta de cansado.
– Puta que está caga’o el pobre… ¿Y bueno? ¿Qué hacemos? ¿Le dibujamos una pichula en la cara? ¿O mejor le metemos un condón con leche condensada por la raja?
– No viejo, no creo que sea buena idea. Mira, está su hijo por ahí, con sus amigos. Y nos están mirando.
– ¿Y qué miran tanto esos mocosos hueones? ¿Pensarán que nos vamos a robar algo?
– Viejo, te acabái de echar al bolsillo el celular del Chupa Teta, o sea…
– Ya, pero no la alumbrí po, Mati hueón, quédate piola.
– Mira, vienen para acá. ¿Y si nos quieren invitar a jugar con ellos?
– Si tienen Play, demás. Si es a la escondida, como los maricuecas, no.
– Ya, cállate viejo, que se están acercando, y tienen todos pinta de niñitos buenos, ¡Así que no se te vaya a ocurrir hablar a garabato limpio delante de ellos! ¿Me escuchaste?

Y dicho y hecho: tal como un grupo de gatitos perdidos, los niños de la fiesta, comandados por el hijo del Chupa Teta, se acercaron a nosotros y, luego de examinarnos durante un rato, y susurrar algunas palabras que no alcanzamos a escuchar, decidieron alzar la voz.

– Así que usted es el tío de mi papá – preguntó el Pepón.
– Sí, yo soy – respondió mi viejo, evitando hablar demás.
– Y tú eres el Matías, ¿Cierto?
– Sí, – respondí – y qué gusto conocerte al fin, Pepón, tú padre nos habló muy bien de ti. Nos contó que eras un niño muy inteligente, ¿Es verdad? A ver, ¿Te sabes la tabla del 9? Yo tengo un secreto para aprendérsela rapidito, mira, trae un lápiz y un papel.
– He escuchado historias sobre ustedes – continuó el Pepón, sin tomarme en cuenta – ¿Son ciertas todas ellas?
– No sé qué te habrá contado mi primo, así que…
– ¿Es cierto que una vez fueron los dos a Puerto Varas, y que tu viejo, de puro saco huea, se mató a cachas con unos travestis, porque creía que eran alemanas?
– Pero… ¡Pero Pepón! – Respondí, llevándome la mano a la boca, impactado – ¡Cómo sabes eso! Y esas palabras, jovencito, ¿Quién te enseñó a hablar así?
– Y tío, ¿Es cierto que una vez metió la pichula dentro de una marraqueta, le echo mayo, y se la puso en la boca a un amigo suyo que estaba durmiendo?
– ¡Ja! Sí, es cierta esa hueá – respondió mi padre, rememorando aquella vieja hazaña.
– ¡Oh, la zorra! – Continuó el Pepón – Y Mati, una vez escuché que una hueona te dibujó un corazón en el pecho con la sangre de su regla, ¿Fue pulenta esa hueá?
– Pero Pepón, ¿De dónde sacaste esas cosas? Y en serio, ¡Quién te enseñó a hablar así! ¿Tu papá sabe de esto?
– A ver, a ver, vamos chantando la moto. Primero, no me digan más ese sobrenombre tan hueón, “Pepón”, ¿Qué es esa hueá? Llámame por mi chapa de la calle no más.
– ¿Sí? ¿Y cuál es ésa?
– El Chupa Zorra.
– No, no te diremos así.
– Y segundo, ¿Qué te preocupái por hueás, Mati hueón? Si mi viejo es entero de perquin, lorea: ¡Chupa Teta maricón, despabila! ¿Viste? Si ni despierta el hueón, que chupe el pico, ni ahí con él, pavo culia’o.
– ¡Pero Pepón! ¿Es esa forma de hablarle a tu padre? ¡Quiero que te disculpes con él! ¡Apenas despierte, le pides perdón!
– ¡Ya, dale color, Mati maraco! ¿Por qué no se sacan un copete mejor, el par de hueones? Que acá con los cabros tenemos la tremenda sed, y esta hueona de mi polola no me da calugazos si no está curá’, ¿Cierto, guacha culiá’? ¿Cierto que te falta vodka? Si es entera de borracha mi amor, y yo quiero puro pescarla a calugazos po, ¿Y qué pasa?

De pronto, todos esos niñitos inocentes se volvieron pendejos infernales ante nuestros ojos; pendejos que fingían ser angelitos terrenales ante la mirada de sus padres, pero que, en realidad, eran más viciosos y tránsfugos que nosotros mismos.

– ¿Así que tení polola, pendejo? – Le preguntó mi viejo al Pepón – ¡Buena! No saliste na’ hueco como mi hijo, entonces.
– ¡Tres pololas tengo! ¿Y qué hueá? Si yo soy el Chupa Zorra, el más legal y pulento de por acá. Ella es la Britney, allá atrás está la Madonna, y esta otra es la Shania, y todas vinieron porque les prometí copete cuando se quedaran raja estos ancianos culia’os. Si siempre hacen la misma estos vejestorios: organizan vaciles, y no se pueden el culo después de las diez de la noche. Y ahí es donde empezamos el mambo nosotros po, ¿O no cabros? ¿O no?

Todos los mocosos, sosteniendo cuchillos, pitos y encendedores entre sus diminutas manos, clamaron “¡Sí po, hermano! ¿Y qué pasa?”, Casi al unísono, mientras ponían reguetón con un celular de última generación y encendían sus caños llenando de humo el lugar.

– Así que puta, Mati, tío, ustedes que son de mi familia, – continuó diciéndonos el Pepón – me van a tener que hacer una gauchá’, ¿Estamos?
– ¿Una gauchá’?
– Sí. Necesitamos que nos vayan a buscar copete.
– ¡Estos mocosos son bien hueones! – Clamó mi papá, alzando la voz por primera vez – ¿Y ustedes creen, chiquillos de mierda, que el trago crece en los árboles? Que la hueá es llegar, encargar ¿Y nada más? Están caga’os del Mate, pendejos hueones, vayan a lavarse la raja será mejor.
– Aquí está la vaquita que hicimos con los cabros. – repuso el Pepón, lanzando un turro de billetes sobre la mesa – Iríamos nosotros mismos, pero la vieja maraca de la botillería no nos vende na’. Le falta pico parece.
– ¿Y esa… y esa plata? – Consultó mi viejo, sacando la voz apenas.
– Na’ po, es lo que hicimos con la venta de los computadores que nos pelamos del colegio, y con lo que le sacamos a nuestros viejos de las billeteras. Hay casi dos gambitas ahí, así que queremos harto pisco, vodka, ron y tequila, y un paquete de suflitos, ¿Está bien?
– Pepón, ¿Cómo se te ocurre? – Dije yo.
– ¡Yo voy! – Dijo mi viejo – ¡Todo sea por la familia! – Y tomó los billetes que el Pepón puso sobre la mesa, y partió a buscar el encargo.

Como me rehusé a ser cómplice de tal brutalidad, me quedé cuidando a los niños. ¡Sí, niños! Porque, pese a todo, pese a lo rancios y mal criados que resultaron ser, de igual forma eran niños, y merecían vivir su niñez como correspondía, y así se los hice saber en un discurso eterno y sentido, palabras que me brotaron desde el fondo del corazón y que, al borde de las lágrimas, entregué como un regalo, como una enseñanza, como un testimonio de vida:

– …Y Pepón, para ir terminando, tú eres sangre de mi sangre, ¡Parte de mi familia! De mi historia, de mi vida; y chicos, ustedes, todos ustedes, también tienen familiares que los quieren. No sean así, por favor, ¿Qué pretenden hacer con sus vidas, con su futuro, con sus sueños? Díganme algo, ¿No les importa su salud, su bienestar? Hay un momento en la vida para probar de todo, y créanme lo que les digo niños, aún ese momento no ha llegado… ¡Miren sus cuerpecitos! No están preparados para tanta distorsión, ¡Ustedes deberían estar jugando! No carreteando… y créanme, pequeños amigos, algún día agradecerán mis…
– ¡Ya, cállate hueón oh! ¡Cierra tu cagá’ de hocico un rato! – Me gritó el Pepón, pegándome un paipe maletero – Ha pasado media hora, y el viejo culia’o de tu taita aún no vuelve. Te digo al tiro que, si nos cagó, te vamos a sacar la chucha a ti, y te vamos a robar todo, ¿Estái ví’o?
– Puta.. entonces róbenme al tiro no más, porque ese hueón los cagó desde el momento en el que le pasaron la plata.
– Te cocinaste entonces, embarao conchetumare, como que me llamo el Chupa Zorra te lo digo:
te cocinaste…

¿Si me dolieron las pataditas, combos y rasguñones que me propinaron una pila de pendejos alzados? Sí, tal vez… pero más les dolerá a ellos cuando los acuse con sus papás y los castiguen bien castigados, ¡Cabros culia’os, ya verán! Miren que si por algo me hice conocido por mis ex compañeros de colegio, fue por llorón, sapo y soplón. Ya verán.

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