15 Abr

Capítulo 284: El nuevo vecino

– ¡Pero papá! ¡Qué estái haciendo ahí, parado sobre el sillón!
– ¡Silencio, Mati hueón! ¡Cállate, o baja la voz! Mira que estoy espiando al vecino.
– ¿A cuál? ¿Al caballero grandote que llegó a vivir a la casa de al frente?
– ¿Caballero? ¡Ja! Perdóname Matías, pero ese viejo de caballero no tiene nada.
– ¿Ah no?
– No. Es un degenerado. Y me tinca que es colipato, para variar.
– Pero papá, ¿Cuántas veces dijimos que íbamos a parar con ese tipo de lenguaje? Estamos en el siglo XXI, no puedes llegar y ofender a…
– ¡Me da lo mismo! Ese nuevo vecino es un desvirtuado, un desatinado, un viejo cochino, ¿Y pa’ más cacha tú, mi hijo, sangre de mi sangre, lo querí defender? Bueno, de seguro erí de los mismos po.
– Pero papá, ¿Qué onda? Primera vez que te veo así, tan molesto, tan irritado, ¿Estás bien? ¿Querí que llamemos a los pacos, o algo así?
– ¿Y qué van a hacer los pacos, tonto hueón? ¡Si el nuevo vecino no tiene remedio! ¡Es una persona sin ley, sin respeto, sin moral, sin decencia!
– Chuta, si tú lo dices, debe ser cuático entonces.
– ¡Sí po! Fíjate que llegó recién hace una semana, ¡Y ya me tiene perturbado!
– ¡Pero qué te hizo! Cuenta la hueá luego.
– ¿Que qué me hizo? ¿Querí saber lo que me hizo?
– ¡Sí po hombre, si eso te estoy preguntando!
– ¡Me mostró la pichula, Mati hueón! ¡Me mostró todo lo que es la pichula ese enfermo culia’o!
– No. No te creo.
– Mati, créeme, yo estaba tranquilamente aquí, en mi living, en mi casa, echado en mi sillón, tomándome una pilsen, rascándome las bolas, cuando de pronto sentí la extraña necesidad de mirar pa’l lado, hacia el ventanal. Inocentemente giro la cabeza, ¿Y qué veo? Al nuevo vecino, de pie tras su ventana, mirándome quizás desde hace cuánto rato.
– ¿Y lo saludaste, o algo?
– ¡Pero claro! Tímidamente alcé mi mano, así como diciéndole “hola vecino” y la hueá, y el hueón me siguió contemplando, sin moverse, apenas pestañeando, como si estuviese congelado, y de pronto, ¡Paf! Se quitó el cinturón, se bajó los pantalones y, sin ninguna provocación de mi parte, me enseñó su corneta. Su corneta colorina, larga y arrugada, tal como me la imaginaba.
– Qué asco, viejo.
– ¡No, y eso no es lo peor! Inmediatamente después, y a sabiendas de que había dañado mi honra, se echó escupito en la mano derecha…
– Viejo, no.
– Puso sus ojos en blanco.
– Ya, para.
– Echó la cabeza pa’ atrás.
– ¡Basta, si ya entendí!
– ¡Y se empezó a macaquear ese cochino! ¡A manfinflear a todo ritmo ahí, tras su ventana! ¡Como si estuviese en un escenario, haciendo un show! ¡Y yo, su único espectador, sufriendo al verlo echándose el forrito pa’elante y pa’ atrás! ¡Impávido y sonrojado ante cada contacto visual que me regalaba!
– Viejo, qué fuerte, ¿Y por qué no llamaste a los pacos? ¿O a mí, por último, pa’ ir a pararle los carros!
– Puta, durante la primera media hora pensé en denunciarlo, pero cuando al fin se fue cortado, y procedió a limpiarse el quesillo con sus cortinas, ya era muy tarde y lo dejé pasar.
– A ver, a ver, chanta la moto… ¿Me estás diciendo que lo estuviste mirando por más de media hora?
– ¿Qué hueá, Mati? ¿Me vai a juzgar ahora? ¡Te dije que quedé en shock! ¿Entiendes lo que es eso? ¡Quedé negro, petrificado, sin palabras! Y lo mismo al día siguiente, y al siguiente, ¡Si recién me vine a acostumbrar a la hueá por ahí el jueves! Pero aún así, desatinado el hueón, na’ que ver lo que hace.
– Viejo, déjame ver si entiendo: El vecino se pajea todos los días frente a la ventana…
– Sí.
– Con el fin de que tú lo mires.
– Claro.
– ¡Y tú, el muy hueón, estái todo el rato pendiente de él!
– ¡No todo el rato po! No seái pánfilo tampoco, si igual tengo vida. Y no puedo estar pendiente de él el día entero, si total sé que se aparece recién tipín cinco de la tarde… cinco y cuarto, a más tardar.
– Viejo, y disculpa la pregunta obvia, pero… ¿Pa’ qué lo mirái?
– ¿Cómo que pa’ qué lo miro? ¿Y pa’ qué más va a ser? ¡Pa’ ver hasta dónde llega po, Mati hueón! ¡Pa’ ver si tiene límites ese indecente!
– No sé ah, me parece un poco raro todo esto.
– ¿Qué? ¿Acaso no me creí? ¡Puta que erí mal hijo, Mati hueón! Pero yo, que soy vivaracho y sabía que tu desconfianza saldría a flote, me adelanté a los hechos y lo grabé, ¿Querí verlo en acción?
– ¡No! ¡Por favor no!
– ¡Mira, aquí está! Ayer, sin que se diera cuenta, saqué mi celular, lo enfoqué piolita, y apreté rec, ¿Qué me decí? ¿Lo estái viendo?
– Si papá, la cagó, pero no quiero mirar más, la verdad, me están dando ganas de vomitar ya.
– ¡Pero fíjate! ¡Fíjate en cómo se sobajea! ¿Cachái cómo me mira? ¿Lo ves? ¿Qué crees que signifique esa mirada? ¿Será amor, o son películas mías no más?
– Papá, no sé, pero puta… te lo tengo que preguntar, ¿Por qué la grabación está tan movida?
– No sé a qué te refieres, Mati hueón.
– ¡Y mira! Se ve tu reflejo en tu ventana, ¿Por qué estái sin pantalones también viejo? No me digái que…
– ¡Ya, me aburriste! Voh lo único que sabí hacer es juzgarme! ¡Y vírate de acá será mejor! Mira que ya van a ser las cinco, y…
– ¡Pero papá!
– ¡Deja de juzgarme, te dije! Si quiero ver hasta dónde llega no más, ¿Es pecado acaso ser tan curioso? Y échame escupito en la mano será mejor, que ando con el hocico seco, y respóndeme po, ¿Es pecado eso? ¿Ah?

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